2 de diciembre de 2013

Con casi nada (un arrebato)

¿QUÉ sería de nosotr*s sin el olor callejero a castañas asadas? ¿Qué sería de ti, lector, lectora, de mí, de nosotros, escritores, periodistas, poetas, ánimas vagas y mal aprovechadas sin ese momento mágico en el que un día, caminando por la calle y por  primera vez en este otoño, nos asalta inesperadamente el desleído, inasible, vagabundo olor de unas castañas asadas? Digámoslo de una vez: el día en que falte ese olor de nuestras ciudades y de nuestras vidas será mejor tentarse la ropa, porque es probable que hayan empezado ya a resucitar los primeros muertos, en pleno fin del mundo.

Y qué gusto para el escritor de  periódicos apartar de su escritorio todos los temas de actualidad, así, con el brazo extendido, barriéndolos de una sola vez, con suavidad pero con decisión, hasta arrinconarlos en un extremo de la mesa, limpia al fin después de tantos meses, con las vetas de la madera a la vista, rizadas olas de un mar sereno. Pocos temas, sin embargo, habrán traído más descrédito a un escritor de periódicos que este de la llegada del otoño, de las castañas y de la castañera, ninguno le habrán hecho tan sospechoso de casticismo, de cursilería, de acabamiento. Cierto. Pero no está hablando uno ahora del otoño, de las castañas, de las castañeras. Tampoco sería grave. Así que pasen cinco años, que decía Lorca, nos costará recordar el noventa y nueve por ciento de los afanes de este día, los rostros que hoy nos son familiares por verlos a diario en los periódicos y la televisión nos parecerán extraños, y las músicas, novelas y películas que hoy tenemos por inmortales se habrán borrado para siempre de nuestro recuerdo. Y aun siendo eternos el otoño, las castañas y la castañera, uno ni siquiera está hablando de ellos sino de algo aún más inconcreto y sutil, uno está hablando del olor a castañas asadas, el tul de los olores como si dijéramos, ese olor que se mueve en el aire como el visillo que se hincha delicada, pasajeramente ante el empuje perezoso e inconstante de la brisa.

Esto sucede cada año, esto acaba de ocurrirle a uno hace unos minutos en la concurridísima plaza de Callao, hoy por hoy la más medieval de España: saltimbanquis, musicantes, pícaros, malabares, guardias, mimos y en el cielo nocturno de un Madrid sepultado estos días en su propia basura, pequeños, magos,  mecánicos colibríes que alguien lanza al cielo para que desciendan lenta y majestuosamente como centellas de viva luz azul. Y allí, circulando entre la multitud, por primera vez en este otoño, una hebra de olor a castañas asadas que nadie sabe de dónde viene. Es lo más parecido a una balada de las nieves de antaño, a la silenciosa sinfonía de la gloria. Vienen con él recuerdos remotísimos de infancia, pero no sólo de nuestra infancia, sino de todas las infancias del mundo, recuerdos universales de la vida de todos. Llegan sin una sola muesca, intonsos como el libro de los sueños. Y entonces entra uno en su casa, y se posa en su escritorio como lo harían esos pájaros de fuego azul, y henchido de gratitud, aparta de su mesa toda la actualidad marchita, y da testimonio de ese bendito olor en un arrebato de gratitud, pues tod*s, empezando por ti, por mí, tenemos derecho a ser eternos sin dejar esta vida, con casi nada.
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de diciembre de 2013]

11 comentarios:

  1. Leyendo esta poesía hecha prosa me vienen a la memoria esas obras maestras en las que el pintor genial ha descubierto en un objeto vulgar y cotidiano belleza incomprensible y nos la transmite desde el óleo produciendo asombro. Concretaría mi asociación en una estampa que desde mis tiempos de estudiante de arte no ha dejado de impresionarme. Me refiero a la habitación inhóspita, fea y desangelada de Arles en la que Van Gogh encontró esa inspiración que solo se posa sobre el talento. Hoy esa cama y esa mesa son el olor y sabor de unas castañas que nos excitan la sensibilidad.
    Vengo a este blog a aprender el arte de la escritura y hoy la clase ha sido magistral, señor Trapiello.
    Enhorabuena y gracias por este anticipado regalo de Navidad.

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  2. Con sensibilidad y talento. Con casi todo. Gracias. Victoria

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  3. Según mi madre, acaba de cumplir 89, nací con el olor de las castañas. Cada año cuando huelo el "testimonio de ese bendito olor" me acuerdo de aquel lejano 1956 y pienso que quizás mereció la pena.

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  4. He leído que los olores de la infancia los recordamos tan bien, y nos evocan tantas sensaciones, porque, a diferencia de los otros sentidos, el olfato está directamente conectado con el hipocampo, que es la zona cerebral que alberga la memoria a largo plazo. Supongo que esto resulta un tanto prosaico, aunque detrás de lo poético está siempre lo prosaico (por ejemplo, una flor no es sino un órgano reproductor de los vegetales y tiene esa forma y olor para atraer insectos que trasladen el polen). Pero bueno, el hecho de que el cielo y el azul no existan no debe impedirnos disfrutar de un atardecer. En cuento a mi memoria olfativa infantil, tengo grabado el olor de las hojas de morera. Cuando mis hijas han tenido gusanos de seda subí a la máquina del tiempo.

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  5. No hay mejor manera de empezar la semana.

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  6. Una coincidencia preciosa la del arrebato.
    Aprovecho para recomendar una pieza

    http://www.youtube.com/watch?v=Gvmfu2jKF9o&feature=youtu.be

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  7. La vieja locomotora . No me parece bien que el Ayuntamiento de Madrid exija un nivel artístico a los artistas callejeros , no están mendigando sino que trabajan para entretener y dar alegría .
    Yo pensaba podría ser Van G . el pintor que más tangenciaba con la Poesía pero he llegado a la conclusión de que la poética más importante es la que genera Pieter Breugel el viejo , si os fijáis el cuadro de los dos monos es todo un poema .

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  8. Se asombra el niño
    de sus dedos tan negros
    por las castañas.

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    1. También asombro y nostalgia algo metafísica en este haiku de Issa:

      ¡Qué grande, qué hermosa,
      La castaña
      A la que no pude llegar!

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  9. Del desventurado Kobayashi Issa (1763-1827), en una página argentina un haiku con castaña literalmente traducido así:

    “Qué bella y enorme
    Era esa castaña
    Fuera de alcance”

    http://www.poeticas.com.ar/Antologias/Maestros_del_Haiku/frame.html

    Retocado un poco:

    Bonita y grande:
    no podía ser mía
    esa castaña.


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  10. "(...) de la llegada del otoño, de las castañas y de la castañera, ninguno le habrán hecho tan sospechoso de casticismo, de cursilería, de acabamiento".
    Regreso, vuelvo a leerle y pienso en el único paso que hay del casticismo a lo kitsch, más que a lo cursi, cuando el acabamiento surge de lo que se ha perdido -tal vez la inocencia (¿cursilería?)- de la primera imagen.
    Me explico. En mi vida existen dos olores auténticamente castizos. Uno es el de las castañas asadas y el otro el de las gallinejas.
    Y supongo que el deterioro es debido a que el último se adivina ya hasta en las puertas de las hamburgueserías multinacionales- ¿será el sebo?- y que el primero, inexistente, llegó a formar parte, en figurita, del Belén que todas las fiestas se armaba en mi casa.

    Otoño e Invierno.

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