23 de julio de 2012

Elogio de los trabajos serviles

BAROJA pasó largas temporadas en Itzea, lo que le permitía labrar personalmente un pequeño huerto. Pero confesaba que encontraba poco ecuánime el tratamiento que daban los aldeanos a esa labor que, después de tres o cuatro horas, lo reventaba físicamente: “¿Qué, don Pío, pasando el rato?”. Cuando era al revés, cuando el novelista veía a algún aldeano cavando su huerto, este le respondía indefectiblemente con un lamento: “Este sí que es un trabajo duro, don Pío”.

Algunas personas dedicadas a trabajos intelectuales sienten la necesidad de dar descanso de vez en cuando a su cabeza y poner sus manos a trabajar, unos en un motor, otros encuadernando libros o restaurando muebles, otros, como don Pío, trabajando en la huerta, y otros, en fin, en recurrentes chapucerías domésticas que los tienen entretenidos. Son ocupaciones por lo general que requieren ciertas habilidades manuales y una buena dosis de intuición  y creatividad que las distinguen de los trabajos puramente serviles, mecánicos y aburridos. Salvo excepciones, un hombre cuidará del jardín, cortará el césped, arreglará un enchufe o un grifo y cepillará una puerta, pero en lo posible se escaqueará de hacer la colada, planchar la ropa o barrer y fregar los suelos, y no tanto porque los trabajos mencionados en primer término sean más entretenidos que los segundos, sino porque aquellos sólo son necesarios muy de tarde en tarde, y los segundos hay que hacerlos a diario. Dicho de otro modo, un hombre se prestará a hacer la compra semanal en el supermercado, pero lo probable es que su mujer cocine todos los días.

Por razones que no vienen al caso, se ha pasado uno la vida haciendo trabajos serviles, unas veces por gusto y otras, las más, obligado por las circunstancias: cuando se vive en medio del campo o aprende uno a arreglárselas como Robinsón o estará condenado a vivir como Cromañón. Sin embargo, el no estar en absoluto dotado para la mecánica le ha dejado a uno en esa ingrata tierra de nadie que es el “ensayo y error”, luchando contra los elementos y desesperándose al ver cómo siguen perdiendo agua las llaves de paso o saltando los plomos con una obstinación poco solidaria. Cierto que la experiencia nos ha enseñado algunas pobres cosas, pero sobre todo una, que encuentro excepcional: a tener paciencia y a saber que a diferencia de los trabajos intelectuales, muchos de los cuales no parecen tener fin jamás, los trabajos serviles todos son finitos, por vastos que parezcan: barrer unas escaleras o la obra del Escorial. Y la paciencia en los trabajos serviles le ha llevado a uno a oír durante más de tres horas, mientras bregaba con zarzas rabiosas y cenizos pestilentes, a un pájaro carpintero, su percutido sonsonete en el tronco de un olivo. Pocas veces ha estado uno mejor acompañado, sin importarle que su tarea se prolongara y recordando más que la divisa de la regla de San Benito, ora et labora, reza y trabaja, esta otra de pensar mientras se trabaja, y trabajar pensando, quiero decir que sólo los trabajos serviles le permiten a uno, por ejemplo, cantar mientras trabaja, como hacen los pintores de brocha gorda o tantos pájaros: ¡lo que no daría uno ahora poder cantar mientras escribe esto!
        [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 22 de julio de 2012]

9 comentarios:

  1. Por mi enfermedad en los oídos me he visto obligado a acostumbrarme a renunciar al silencio. Creía que sería una tarea imposible, que enfrascarme en la lectura de un escrito profundo o incluso escribir, siempre bajo la música de fondo de una ópera (o incluso de la murga de la tv)me impediría alcanzar la concentración que siempre había necesitado, en ausencia del menor ruido. Pero no ha sido así, la terapia de la resignación me está dando buenos resultados y el cerebro se me ha adaptado a la antipática realidad, permitiéndome la zambullida en los quehaceres profesionales con la inestimable compañía de sonidos buscados, de pronto imprescindibles para neutralizar los que fabrica el cerebro.
    De lo que la mente es capaz de soportar para que su dueño sobreviva doy fe. Y espero no tragarme mis palabras.

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  2. ¿Qué haces el tiempo libre? me pregunta un amigo. Soy corredor de bolsa en el Supermercado. Después de pensar esto se me fundieron los plomos.

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  3. Lo que en realidad cansa en los trabajos no es la actividad en sí misma, sino tener que hacerla a un determinado ritmo, superior a aquél con que la haríamos si no estuviéramos obligados a ello. Por ejemplo, a una cajera de supermercado lo que le fatiga es tener que atender a los clientes con estrés, contra-reloj, para que no se formen colas. Y lo mismo puede decirse de un operario de cadena de montaje, o de un médico de la Seguridad Social.

    Lo que fatiga es la tensión, la aceleración.

    En cambio, las actividades de ocio, como el bricolage o el senderismo, son "ocio" (y no trabajo) porque no se nos exige hacerlas a un ritmo preestablecido. Por eso puede decirse que "El verdadero descanso es trabajar sin prisa".

    AITOR SUÁREZ

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    1. El comentario de Zumo da pie a plantearse en qué estriba la servidumbre de los trabajos. Podríamos hacer una primera distinción evidente y tradicional entre trabajos mayoritariamente manuales y fundamentalmente mecánicos y repetitivos y aquellos que requieren poner en juego nuestra mayor o menor potencia intelectual para la resolución de situaciones o problemas nuevos.
      Una segunda aproximación nos plantearía lo dicho por Zumo sobre el cumplimiento obligatorio de determinado ritmo de trabajo que ocasionaría el desgaste y el cansancio por la tensión y la aceleración acumuladas durante el horario laboral.
      La diferencia fundamental entre ocio y trabajo es la remuneración que uno percibe por el segundo, como consecuencia de que ha vendido su tiempo a quien le contrata y por consiguiente dicho tiempo ya no le pertenece a él sino a quien le paga y es este el que tiene derecho a establecer el ritmo que estime conveniente para sus intereses. Caso de no poder o querer cumplir satisfactoriamente con dicho ritmo, el que ha comprado dicho tiempo puede dejar de hacerlo y despedir al contratado para buscar otro que sí lo cumpla o bien el que ha vendido dicho tiempo puede dejar de hacerlo e irse.
      Desde este punto de vista la servidumbre no estaría tanto en el carácter manual o intelectual del trabajo desarrollado sino en a quién pertenece el tiempo durante el que se desarrolla. Consideración que creo necesaria en estos avanzados tiempos en que la técnica ha liberado en gran medida al hombre del esfuerzo físico que antes se requería para determinadas labores.
      La diferencia fundamental entre un monje benedictino y un trabajador moderno estribaría pues en que el primero sigue siendo dueño de su tiempo y el segundo ha vendido una parte importante del mismo por un salario. El segundo sólo podrá cantar en el trabajo si el ritmo impuesto por quien ha comprado su tiempo se lo permite o si ha desarrollado tanto su adaptación al mismo que el cuerpo realiza automáticamente la tarea rutinaria que se le encomienda mientras deja libre a la mente para su propia vida.

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    2. En realidad, no creo que nadie sea dueño de su tiempo, como tampoco el rico sabe liberarse de la dependencia hacia el dinero.
      De un modo u otro todos tenemos el tiempo comprometido en diferentes menesteres: los que parecen saber eludir las cadenas del trabajo suelen espiritualizar su existencia de muy diversas maneras,creándose obligaciones mayores.El benedictino auténtico entregará a sus creencias los mejores momentos vitales, sin reparar en legislaciones laborales. Y el artista, el creador, vivirá siempre angustiado por la insuficiencia del tiempo, abandonado muchas veces al largo insomnio.

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  4. uno de los días más felices de mi vida fue hace veinte años cuando, con la manos ennegrecidas tras cuatro horas y cuarenta minutos, conseguí al fin cambiar la rueda del coche que había pinchado. ¡Pero no lo he vuelto a hacer, ni a intentar, o sea que no debe ser verdad!
    saludos

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  5. No le falta razón . Cantando se alegran los corazones , prohibir cantar en los bares fue un atentado cultural .
    Chao

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  6. ¡Lo que no daría uno ahora por poder cantar mientras escribe esto!
    Y mientras el mar va inundando las sentinas y nos vamos a pique. Podríamos entonar el hermoso y viejo "Cerca de ti Señor" siguiendo a la orquesta del Titanic

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