18 de julio de 2012

Oh, mundo

ESTE, Oh, mundo, es el título del último libro de poemas de Jaime García-Máiquez. Se ocupó de él hace unas semanas José Luis García Martín con los mayores, y merecidos, elogios, advirtiendo la ironía del poeta, que ha hecho que figure en él un nihil obstat y su imprimatur. El libro no será ni mejor ni peor por convocar a la jerarquía eclesiástica en su abono, claro, pero agradecemos que alguien se tome a chufla la beatería de unos tiempos que presumen de iconoclastas y en los que los provocadores “oficiales” acaban siendo más papistas que el papa.
Digámoslo pronto: este es un libro de poesía, cosa que se puede decir de pocos y contados libros de versos. 
En el prólogo, que también singulariza a su autor, pues hoy apenas se estilan prólogos propios en los libros de poesía, García-Máiquez nos recuerda un pasaje del Diálogo de la lengua que encandilaba a Azorín y que debería figurar tatuado en la frente de todos nosotros, como en el dintel de la Academia aquel "absténganse los que no saben geometría" : "El estilo que tengo me es natural y sin afectación alguna. Escribo como hablo; solamente tengo cuidado de usar vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y dígolo cuanto más llanamente me es posible, porque, a mi parecer, en ninguna lengua está bien la afectación". Naturalmente el autor no se acuerda de esto porque crea que Valdés estaba pensando precisamente en él, García-Máiquez, cuando lo escribió, sino para dejar constancia de un deseo, de un propósito.
Y, lo más importante, su libro se atiene a aquello que se propone, la naturalidad en el decir de un sentimiento poético que, por poético, llega de un venero misterioso, unas veces oscuro y otras claro.
Pero que no se engañen quienes crean que el decir natural es decir prosaico, ni que el decir prosaico no pueda ser un decir romántico. Prosaísmo sentimental llamó Federico de Onís a la poesía española que, nacida del simbolismo, cultivaron poetas como Fernando Fortún, González Blanco, Díez- Canedo o José del Río Sáinz. Y prosaísmo romántico podemos decir de estos poemas de García-Máiquez, a quien ha rozado el ala de la golondrina becqueriana, esa golondrina que vuela a lo largo y lo ancho de nuestra literatura como una eterna cinta de Moebius.
Lo prueba la cita que García-Máiquez ha puesto al frente de su libro, al que da título: "¡Oh, mundo! Pues que nos matas, / fuera la vida que nos diste / toda vida". ¿Reconoces, lector, el nombre del romántico que está tras estas palabras? Claro que sí: Jorge Manrique, en una de sus románticas Coplas
Y lo prueban, sobre todo, sus poemas, arrancados casi siempre a observaciones menudas (la ropa tendida en una calle popular o su propia condición de poeta) o extraordinarias (la ausencia de un ser al que arrebató de nuestro lado la muerte y al que recuerdan todos los mendrugos de pan duro). Unas veces se trata de un “tema” clásico (más en él, que es restaurador en el Museo del Prado), un bodegón, y otras, uno modernísimo, la reviviscencia de una escena evangélica, como aquella que ensoñó Unamuno en su hondísimo poema del “armador aquel de casas rústicas”.
Nos queda hablar del tono de este libro. El tono es importante siempre. Hemos de escoger bien el tono cuando queremos permanecer en silencio. El tono de García-Máiquez en este libro es lírico casi siempre, el humor, si lo hay, queda apagado, como en alguna de las rimas de Bécquer, por un sentimiento más hondo. Aparte de Bécquer, se cita a otros maestros de manera explícita: Gil de Biedma, Manuel Machado, Miguel d’Ors, su hermano Enrique García-Máiquez. El humor en la lírica es asunto de manejo delicado, y García-Máiquez es consciente de ello, limitándose a esbozar únicamente en la comisura de las palabras una leve sonrisa de encantamiento o desencanto, sin llegar jamás al cinismo o al sarcasmo.
El autor de este libro nos habla de cosas menudas, sí, pero en todas ha descubierto un universo prodigioso que sólo se ilumina, como en uno de sus más hermosos poemas (el que tiene por tema el de las ciudades nocturnas en las que cada bombilla apaga una estrella), cuando apagamos en nosotros el clásico ruido que nos tiene ensordecidos y nos sumamos a su romanticismo, tan común y tan hondo, quiero decir tan silencioso.
    [Publicado ayer en Ambos mundos]


5 comentarios:

  1. Muchas gracias, Andrés, son buenas noticias estas. Corro a buscarlo, con un abrazo para ambos.

    ResponderEliminar
  2. Qué difícil es la naturalidad y qué complicada la sencillez.
    Alcanzarlas se antoja un proceso de lenta maduración y maestría lograda tras una plena dedicación al arte. “Vino, primero, pura” escribía Juan Ramón Jiménez hablando de ese lento proceso por el que parecen haber pasado todos los grandes maestros. También Josep Plá nos hablaba de las dificultades para encontrar la palabra, el adjetivo, exacto. De lo difícil que le resultaba trasladar al papel sus impresiones reales de un paisaje apenas resumidas en un par de frases que para un lector poco atento pasarían desapercibidas. La sencillez y la naturalidad requieren escritores honestos y lectores entregados para que aflore la verdad y la belleza (¿no son la misma cosa?) escondidas e inaccesibles para quienes no se detienen en todas y cada una de las palabras.

    ResponderEliminar
  3. Yo, siempre que alguien me habla de una obra literaria, le digo lo mismo.

    -No me hables de ese libro. En lugar de hablarme, dame un trozo, un pasaje de él para que yo lo lea.

    Así que, en lugar de hablar de García-Máiquez, me limito a reproducir este poema:


    La novela lo malo es lo que exige:
    requiere un adulterio, asesinatos,
    viajes larguísimos, curiosas coincidencias,
    y un sinfín de avatares.
    Los cuentos son más cortos
    pero tienden a hacer de sus protagonistas
    insectos esquemáticos, clavarlos
    con su alfiler a un corcho y colocarles
    ingeniosas cartelas.
    En cambio, la poesía lo da todo
    sin pedir casi nada. Es increíble
    lo poco que hace falta en un poema.
    Que estemos juntos, por ejemplo,
    en una tarde tonta, igual que tantas,
    y que digas de pronto:
    "Qué suerte estar contigo", y que yo piense:
    "Oírtelo decir es un milagro".

    ResponderEliminar
  4. Acabo de leer a Maiquez en su pagina y me gustó mucho . Tiene una gran sensibilidad y un humor especial , como cuando escribe :

    Todo el mundo me dice que no vivo en el mundo
    que siempre voy soñando no se de que cosas
    lo que ocurre es que a veces me despisto un segundo

    Chao

    ResponderEliminar
  5. Estaba paseando por este salón, cuando me he topado... conmnigo. Ha sido como asustarse con un espejo roto en una casa vieja. Recuerdo (más o menos) lo que decía Miguel d'Ors en su famoso prólogo: la injustificable generosidad de Andrés Trapiello. Pues lo mimso.
    Si alguien quiere el libro que lo pida... El esfuerzo de pedirlo bien vale la gentileza de mandarlo. j

    ResponderEliminar