10 de julio de 2012

Un retrato poco circulado de G.A. Bécquer

                                                                                          Para Eloy Sánchez Rosillo
NOS referíamos ayer al retrato que hizo de él Eusebio Blasco, pero antes acaso sea necesario contextualizarlo. En el libro de Montesinos Bécquer, biografía e imagen se dice que “Bécquer no es el hombre oscuro, negro, retrógrado que nos ha pintado el nada claro amigo suyo Eusebio Blasco”, quien conoció al poeta en 1866 en la tertulia del Café Suizo" y compartió con él la redacción de La Ilustración de MadridSegún Montesinos “a Blasco, por enemistades políticas, le dolió la gloria del poeta".
Cuestión primordial de un retrato es el parecido, difícil si se trata del físico, más peliguado aún si cabe si hablamos de retratos morales, como nos decía Blasco que quería los suyos.
Aquí va, por su interés, el que este hizo, homenaje a uno de los poetas de vida más desdichada y obra más feliz, sin entrar en las apreciaciones del semblancista, discutibles unas, malévolas otras, ciertas seguramente la mayoría.

"Muerto Bécquer, sus biógrafos han dicho cuanto era posible decir de este hombre sin biografía.
¿Puede tenerla quien nació, vivió, escribió, sintió y murió?
¿Qué es una biografía?
Una colección de detalles de tal o cual persona. En la vida de Bécquer no hay nada de particular; está todo en sus obras.
Le conocí por el año 66. Era él entonces censor de novelas. ¡Censor de novelas!
Cargo inventado por la reacción. Allí donde el novelista hubiera dicho algo que pudiera ofender a la religión o a las buenas costumbres, el censor lo tachaba, para que la Monarquía, Dios y el Gobierno no se dieran por ofendidos.
¡Cómo debía reír de esta tiranía a que un ministro amigo le destinaba, el poeta que no conocía ni rey ni amo!
Su mundo era el ideal. Amaba, y lo decía en líneas cortas, que durante su vida apenas fueron leídas, y que después de su muerte impuso al público lector Ramón Correa, íntimo amigo del poeta.
Porque, en honor de la verdad, ninguno de los que tomábamos el café cotidianamente con Bécquer en el Suizo Viejo (Bernardo Rico, el dibujante Vallejo, Ángel Avilés, Inza, Luis Rivera, Roberto Robert, etc.), ninguno, repito, creíamos ni podíamos sospechar que al año de muerto nuestro amigo sus versos recorrerían el mundo y él figuraría en la inmortalidad al lados de los melancólicos poetas alemanes.
Era un hombre negro. Moreno hasta la exageración, sombrío hasta la grosería, soñando despierto, viviendo modestamente del sueldo de doce mil reales que su amigo González Brabo le dio como censor de los demás, Gustavo Adolfo Bécquer fue durante su vida víctima de la prosa de su existencia.
Vivía en la calle de las Huertas, en un tristísimo cuarto bajo que yo alquilé cuando él lo dejó, y que parecía destinado a engendrar la tristeza en el ánimo de sus habitantes. Allí perdí yo seres queridos, allí pasó él grandes amarguras, allí debió decir:

             Dejé la luz a un lado, y en el borde
             De la revuelta cama me senté...

porque el cuarto bajo aquel parecía una cárcel.
Su conversación, como su persona, era triste. Todo lo veía bajo un prisma distinto de los demás mortales. En cuanto tenía un puñado de duros, se iba a Toledo o al monasterio de Veruela... no vivía a gusto sino en lugares aisalados y melancólicos; había algo de trapense en aquel hombre a quien Gonzalez Brabo admiraba mucho. Pretendía de conservador, sin duda porque el lujo, la fastuosidad de que hacen alarde estos partidos se acomodaba mejor con su temperamento de artista. Hay pocos hombres que sepan sentir la democracia vestidos de limpio, y Bécquer era uno de ellos.
No es un secreto para nadie que el poeta estuvo ciegamente enamorado de una hermosura que no debo nombrar porque existe todavía y tiene ya legal y legítimo dueño. Muy hermosa criatura, pero sin seso. Un admirable busto como el de la fábula, y muy incapaz de comprender las delicadezas del hombre que quiso vivir para ella. A él no le importaba; sabía que era ignorante, vulgar, prosaica,

             ... pero
             es tan hermosa!

exclamaba en sus versos; porque Becquer era esclavo de la forma, artista desde la planta de los pies hasta el cabello.
¿Cómo se explica que después de esta pasión malograda y no comprendida, fuese a caer en las vulgaridades de un matrimonio absurdo? Aún vive su viudad, a la que no he de negar honradez, carácter tranquilo y cualidades de mujer de su casa.
¿Pero era esta la mujer del poeta?
¡Ah! El poeta no debiera tener nunca mujer; el matrimonio es enemigo mortal de la vida imaginativa; Bécquer fue desgraciado en sus pasiones, pero debió serlo aún más en su vida doméstica.
Imaginad a un hombre dotado de todas las altas cualidades que constituyen el genio, condenado a vivir con un ser vulgarísimo.
¿Fue despecho? ¿Deseo de contrarrestar aquella ambición y sed de ideal que le devoraba?
Lo ignoro. Sólo sé que en los últimos días de la enfermedad fui a ver a mi pobre amigo, y su interior me hizo desear que muriese pronto.
Da placer al ánimo y envidia de la vida matrimonial ese hogar pobre y limpio donde compiten en delicadeza los niños y las flores, la alegría de la felicidad íntima e ignorada... pero la casa descuidada, el cuarto en desorden, la compañera del poeta que no sabe hablaros de nada, el enfermo solo y entregado a la desesperación sorda... ¡Oh, qué triste fin, qué horrible martirio para quien nació con alas de águila y debía morir como el último de los seres pedestres!

           La luz en un vaso
           Ardía en el suelo


iluminaba el moribundo rostro de Bécquer la noche en que su alma enamorada dejó la tierra. La mujer mascullaba un sollozo en otro aposento.... sentíase en derredor del fementido y solitario lecho como un revoloteo de ángeles invisibles. 
–¡Hace bien en morir –le dije a un compañero–, porque su reino no era de este mundo!".
                        (De Mis contemporáneos, de Eusebio Blasco, 1886)
Valeriano Bécquer, retrato de G.A. Bécquer.

11 comentarios:

  1. No sé por qué, se me parece a un Cansinos de medio siglo antes...

    David Fdez

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  2. "Aún vive su viudad, a la que no he de negar honradez, carácter tranquilo y cualidades de mujer de su casa."
    No cabe duda de que este hombre era un lince. ¡No se había enterado de nada!

    "Da placer al ánimo y envidia de la vida matrimonial ese hogar pobre y limpio donde compiten en delicadeza los niños y las flores, la alegría de la felicidad íntima e ignorada... pero la casa descuidada, el cuarto en desorden, la compañera del poeta que no sabe hablaros de nada, el enfermo solo y entregado a la desesperación sorda..."
    ¿Y cómo quería Vd., Sr. Blasco, que se encontrara el cuarto en aquellas circunstancias? ¿De qué quería que le hablase la compañera del poeta, mientras su marido agonizaba? ¿De la última zarzuela estrenada?
    Eusebio Blasco, mixtificador, reconroso e injusto.

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  3. Es posible que nadie haya influido más que Bécquer en la poesía posterior. Todos los poetas lo leyeron de jóvenes, y a todos les cautivaron, en el ardor y la confusión de la adolescencia, sus rimas de amor.

    Me viene a la cabeza este párrafo de J.R. Jiménez, en el que liga Bécquer a Sevilla (pues no hay que olvidar que Bécquer, al menos de nacimiento, era sevillano):

    "Hay por Sevilla un jirón de niebla que el sol más claro no acierta a disipar. Se va de un lado a otro, pero nunca si quita; algo así como esas estrellas que se ven ante sí los ojos confusos. Es Bécquer, ¿Es Bécquer? ¡Es Bécquer!"

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  4. Mucho me temo, a tenor de las biografías que del poeta circulan por ahí, que no fue Bécquer uno de esos agraciados con los favores del sexo femenino. O repudiado o cornudo, no supo o pudo hacer llegar al alma femenina que frecuentó en las figuras de diversas mujeres la exaltación o delicadeza de su pasión. Cuentan que su último matrimonio fue un piadoso intento por parte de sus amigos para que, con la vida regular y doméstica, sanase su atolondrado y atormentado espíritu de la desidia de anteriores parejas. Uno, un poco iconoclasta, se imagina al poeta en la categoría dada por las féminas de “baboso”, es decir, empalagoso, pegajoso, exaltado en demasía. Despreciado cuando no humillado, se volcó el triste Bécquer en los poemas, y alguna inclinación a radicales soluciones románticas vieron sus amigos cuando lo casaron con la vulgar Casta, abandonada recientemente por su novio y estigmatizada por la sociedad, pero no obstante, recurso que creyeron sólido para apaciguar el atormentado y triste ánimo del poeta abandonado.
    Acaso lleve razón Eusebio Blasco en que su reino no era de este mundo.

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  5. con todo el fragmento me resulta repleto de expresividad. Parece Bécquer en él como su arpa legendario, pero más roto aún.
    saludos

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  6. bmh, ¿de dónde saca vd. eso de que "su último matrimonio (¿es que hubo uno anterior? he debido perdérmelo) fue un piadoso intento por parte de sus amigos para que, con la vida regular y doméstica, sanase su atolondrado y atormentado espíritu de la desidia de anteriores parejas."
    ¿Y de dónde saca estotro de que "lo casaron con la vulgar Casta, abandonada recientemente por su novio y estigmatizada por la sociedad"?
    De verdad, me gustaría saberlo.

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  7. Al pobre Bécquer, entre unos y otros, ni le dejaron ser reaccionario, ni haber estado enamorado de su mujer (he pensado siempre que el poema "Cuando me lo contaron sentí el frío..." se refiere a ella), ni reírse de Isabel II por ser más monárquico que ella, ni que sus "Rimas" tuvieran el orden que él dispuso. No tuvo mucha suerte ni con sus enemigos. Y sus amigos hicieron rimas para adjudicárselas a él. Y pese a todo, esa primorosa y musical limpieza de sus poemas, inmutable.

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  8. Becqueriana.

    Donde habita el olvido ya los dos. Todo está muy lejos. Cernuda en "Ocnos":

    EL MAESTRO

    LO fue mío en clase de retórica, y era bajo, rechoncho, con gafas idénticas a las que lleva Schubert en sus retratos, avanzando por los claustros a un paso corto y pausado, breviario en mano o descansada ésta en los bolsillos del manteo, el bonete derribado bien atrás sobre la cabeza grande, de pelo gris y fuerte. Casi siempre silencioso, o si emparejado con otro profesor acompasando la voz, que tenía un tanto recia y campanuda, las más de las veces solo en su celda, donde había algunos libros profanos mezclados a los religiosos, y desde la cual veía en primavera cubrirse de hoja verde y fruto oscuro un moral que escalaba la pared del patinillo lóbrego adonde abría su ventana.

    Un día intentó en clase leernos unos versos, trasluciendo su voz el entusiasmo emocionado, y debió serle duro comprender las burlas, veladas primero, descubiertas y malignas después, de los alumnos –porque admiraba la poesía y su arte, con resabio académico como es natural. Fue él quien intentó hacerme recitar alguna vez, aunque un pudor más fuerte que mi complacencia enfriaba mi elocución; él quien me hizo escribir mis primeros versos, corrigiéndolos luego y dándome como precepto estético el que en mis temas literarios hubiera siempre un asidero plástico.

    Me puso a la cabeza de la clase, distinción que ya tempranamente comencé a pagar con cierta impopularidad entre mis compañeros, y antes de los exámenes, como comprendiese mi timidez y desconfianza en mí mismo, me dijo: “Ve a la capilla y reza. Eso te dará valor”.

    Ya en la universidad, egoístamente, dejé de frecuentarlo. Una mañana de otoño áureo y hondo, en mi camino hacia la temprana clase primera, vi un pobre entierro solitario doblar la esquina, el muro de ladrillos rojos, por mí olvidado, del colegio: era el suyo. Fue el corazón quien sin aprenderlo de otros me lo dijo. Debió morir solo. No sé si pudo sostener en algo los últimos días de su vida.

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    1. ¿"Donde habita el olvido ya los dos"? Las bien conocidas palabras de Borges a un poeta menor:

      “Hermano:
      la meta es el olvido.
      Tú llegaste primero”.

      Todo se andará, pero a estos dos sevillanos parece quedarles bastante carrera por delante.

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  9. Enrique, de algún biógrafo "mixtificador, rencoroso e injusto."

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  10. Me gustó mucho el post . Todos podemos estar entrambasaguas, el caso es que ya se avistan golondrinas como predijo el genio .
    Chao

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