7 de diciembre de 2012

Pródigo Velázquez

LA noticia debería haber venido en la primera plana de los periódicos. ¿Hubo acaso una mejor? Sin embargo sólo el que llegara a la página 39 pudo encontrársela: el retrato de don Sebastián García de la Huerta, conocido como El inquisidor, de Diego Velázquez, ha reaparecido. Lo poco que se nos dice de él es confuso, casi policiaco: los propietarios de la obra, sudamericanos o residentes en Sudamérica que se mantienen en el anonimato, contactaron con la restauradora del Prado, Carmen Garrido, especialista en Velázquez, y le cuentan que tienen en su poder la pintura. Se sabía, nos recuerdan, que había dos retratos similares inventariados, de uno de los cuales se pierde la pista en la Guerra Civil. ¿Es este el que acaba de aparecer, el de la guerra? ¿El otro? Nada se nos aclara. Sólo que los propietarios llevaron a la señora Garrido hasta Munich, donde se encuentra en la actualidad la obra, para que pudiese verla personalmente, tras de lo cual la experta ha declarado que para ella la autoría de Velázquez no ofrece la menor duda. La vida, pues, ha sacrificado hoy sus mejores corderos y nos ha invitado a todos al convite para celebrar el regreso del velázquez pródigo. Las razones por las cuales ha tardado tanto tiempo en volver a la casa del padre, quiero decir, a la casa de todos, serán seguramente misteriosas y novelescas, pero sólo hay motivos de alegría. ¿Y el retrato? Hablamos de un inquisidor. Por su oficio sería seguramente un hombre intransigente y crispado, pero Velázquez nos da el rostro de un hombre melancólico, flemático, comprensivo al que, como les sucede a tantos de los personajes que retrató, le sacó lo que tenía de común con todos nosotros, tal y como ya había hecho antes y seguiría haciendo otras veces con sus amigos bufones o sus amigos los borrachos y mendigos o su amigo el rey, o dicho de otro modo, lo que todos tenemos de borrachos, bufones, mendigos, reyes.


9 comentarios:

  1. Ahora falta saber si el Museo del Prado, que ha sufrido un importante recorte presupuestario, va a poder comprar este cuadro, que se hace imprescindible en su colección, y, si no, que alguna gran empresa española pueda adquirirlo, para posteriormente donarlo en dación de pago de impuestos.

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  2. Creo recordar que el artículo decía que la obra está en Munich, no en Berlín, pero no sé si soy yo el que se confunde. Saludos

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    1. En efecto. A Munich lo que es de Muncih. Lo corrijo. Debió de ser un contagio de la novelería del caso... Gracias. Saludos

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  3. ¿y si por su oficio -lo de la lana y la fama cardadas- sería seguramente crispado e intransigente, que llevaría a Velázquez a pintarlo flemático y comprensivo, acaso una íntima convicción de que llegado el caso seríamos también todos inquisidores?

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  4. "Velázquez, Cervantes pintando; Cervantes, Velázquez escribiendo".

    Si tal resumen fuera acertado ya se habría hecho, más o menos así, 1599 o 1660 veces.

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  5. ILUSTRACIÓN LITERARIA para la entrada de hoy. Autos de Fe de 21 de mayo y 8 de octubre de 1559 en Valladolid, terrible doncella para más de uno aquel año (solo cuarenta más tarde Velázquez nacía en Sevilla). El autor de este buen fragmento quizá consultó la "Historia de los heterodoxos españoles" de don Marcelino: Libro IV, Capítulo VII: El luteranismo en Valladolid y otras partes de Castilla la Vieja.— Don Carlos de Seso.— Fray Domingo de Rojas.— Los Cazallas.

    « (...) –Hermano Cipriano, aún es tiempo –dijo al fin [el padre Tablares, jesuita]–. Reducíos y afirmad vuestra fe en la Iglesia.

    Los hombres silbaban. Cipriano entreabrió sus párpados hinchados y esbozó una tímida sonrisa. Tenía la boca seca y la mente borrosa. Levantó la cabeza y miró a lo alto:

    –C... creo –dijo– en la Santa Iglesia de Cristo y de los Apóstoles.

    El padre Tablares aproximó los labios a su mejilla y le dio la paz en el rostro:

    –Hermano –suplicó–, decid Romana, solamente eso, os lo pido por la bendita Pasión de Nuestro Señor.

    La gente se impacientaba. Sonaban silbidos e imprecaciones. Cipriano, con la nuca apoyada en el palo, miraba reconocido al padre Tablares. Por nada del mundo quería pecar de engreimiento. El verdugo les miraba impaciente, la tea en la mano derecha, mientras el escribano, pluma en ristre, esperaba al pie del palo la confesión del reo. Cipriano volvió a cerrar los ojos, a pedir una seña de Nuestro Señor. Sintió el latido doloroso en el párpado y murmuró humildemente, como excusándose por su obstinación:

    –Si la Romana es la Apostólica, creo en ella con toda mi alma, padre –musitó.

    La cólera del pueblo exigiendo la hoguera, la buena disposición del verdugo para complacerle, apremiaban al padre Tablares que, en un impulso paternal, levantó la mano derecha y acarició la mejilla del reo:

    –Hijo, hijo, ¿por qué has de poner condiciones en esta hora? –dijo.

    La angustia crecía en el pecho de Cipriano. Buscó una nueva fórmula que no le traicionara, que expresara sus sentimientos y, al propio tiempo, diera satisfacción al jesuita; unas tiernas palabras ambiguas:

    –Creo en Nuestro Señor Jesucristo y en la Iglesia que lo representa –dijo con un hilo de voz.

    El padre Tablares bajó la cabeza desalentado. No había más tiempo. Los espectadores pedían a gritos el sacrificio: voceaban, brincaban, alzaban los brazos. Los silbatos de los niños aturdían. El humo hacía llorar los ojos. Una mujer gruesa comía buñuelos junto a Minervina. El padre Tablares, consciente de su fracaso, descendió lentamente la escalerilla, vio a Minervina sollozando junto al verdugo y a éste mirándole a él atentamente. Entonces hizo la seña, un leve ademán con la mano derecha señalando la carga de leña, sobre el burrajo. El verdugo arrimó la tea a la incendaja y el fuego floreció de pronto como una amapola, despabiló, humeó, rodeó a Cipriano rugiendo, lo desbordó. La multitud prorrumpió en gritos de júbilo cuando se produjo la deflagración y enormes llamas envolvieron al reo. “Señor, acógeme” –murmuró éste. Sintió un dolor intensísimo, como si le arrancaran la piel a tiras, en las caras internas de los muslos, en todo su cuerpo, con una intensidad especial en las yemas de los dedos. Apretó los párpados en silencio, sin mover un músculo, resignadamente. El pueblo, sobrecogido por su entereza, pero en el fondo decepcionado, había enmudecido. Entonces rompió el silencio el desgarrado sollozo de Minervina. La cabeza de Cipriano había caído de lado y las puntas de las llamas se cebaban en sus ojos enfermos. »


    MIGUEL DELIBES, "El hereje". Destino, Barcelona 1998.


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  6. El 29 de Julio de1634, festividad de San Pedro Apóstol, que cayó en jueves, se reunieron a las seis de la tarde una serie de caballeros en la posada del licenciado don Juan Dionisio Fernández, sita en la Villa de Madrid, en la calle de Valverde.
    Estos caballeros eran, además del citado Juan Dionisio, inquisidor del Reino de Toledo, Don Juan Santacruz alguacil mayor de la inquisición toledana, Luis Malo, familiar de la Inquisición de Madrid, y otros muchos familiares del Santo Oficio que allí se congregaron.
    Estando todos, montaron a caballo y Luís Malo cogió el estandarte de la Congregación de la Inquisición en Madrid, se pusieron en orden y precedidos por trompetas y atabales iniciaron una marcha por las calles de Madrid, yendo al frente de ellos una acémila revestida con un manto de terciopelo rojo y cargada con una caja en la que había pintadas llamas de fuego. Dicha caja llevaba los libros que Sebastián de Huerta, el retratado por Velázquez, como Secretario del Rey y del Consejo General de la Santa Inquisición había mandado quemar públicamente. En el preceptivo pregón que en su recorrido era dicho con voces altas y claras se hacía además mención a la desconocida autoría de los libros condenados, desconociéndose tanto autores, como lugar y fecha de impresión. Vendrían a ser algo así como los comentarios anónimos que en nuestros días circulan por la red.
    Todos tenían en común su ataque a la Compañía de Jesús, institución con gran poder en aquellos días.
    Así llegaron de esta guisa, tras pasar por varias calles, Fuencarral, Puerta del Sol, Calle Mayor hasta la Plaza de San Salvador, llamada también de la Villa. Tras hacer una gran hoguera con leña reunida para la ocasión y dicho de nuevo el pregón para que quedara para todos manifiesto y notorio, un verdugo bajó la caja de la acémila y fue echando a la hoguera los libros que en ella había y acabó por echar hasta la misma caja.
    Tal auto de los hechos relatados por Juan de Mendoza, canónigo de la Catedral de León y Secretario del Santo Oficio de Toledo, hubo de remitirse al retratado por Velásquez, como Secretario del Consejo General de la Inquisición. Un trámite más en su fecundo trabajo.

    En el blog de Gil Bera también se recoge la aparición de este retrato e inteligentemente se pone el acento en la mano del retratado, como rasgo muy significativo de la personalidad institucional de Sebastián de Huerta. Es la mano ejecutora en el engranaje jerárquico y de poder representada como entidad propia y significativa, independiente de la propia personalidad del retratado. El burócrata, el amanuense, el escriba dedicado a aplicar mecánicamente lo que su oficio requiere. Santo Oficio impermeable al dolor, la mutilación, imbuido por su inexorable labor al margen de lo que la personalidad del retratado, “melancólico, flemático, comprensivo”, pudiera pensar sobre lo que su mano firmaba y escribía.
    De igual modo se manejan actualmente los directivos, los gerentes, los burócratas, excelentes personas, acogedoras y amables en sus ámbitos domésticos, pero fríos ejecutores de sus deberes profesionales. Y la máquina sigue triturando impasible.

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  7. Excelente la novela de Delibes , la inquisición ya venia de finales del XII contra los cataros que después de darlo todo en las cruzadas fueron perseguidos por renunciar a los bienes materiales y a los pecados capitales ( pecados que eran carta de presentación del papa de Roma y sus lacayos ) .
    Al hilo de Cervantes es justo haga una breve semblanza de Eulalio Ferrer ( Santander 1921 - Mexico 2009 ) .
    Eulalio fue el capitán más joven del ejercito republicano ( 19 a. ) y acabó con sus huesos en un campo de concentración . En el campo cambió un paquete de cigarrillos por un ejemplar del Quijote que aparte de almohada le proporcionó esperanza y aliento .
    Eulalio llegó a Mexico con el Quijote como única posesión , triunfó en los negocios y como lingüista , fue de los últimos mecenas . Tuvo una disposición vital y amor por el Quijote como no se conoce y llegó a coleccionar 800 piezas artísticas referentes al personaje universal . Eulalio patrocinó el Museo Iconografico del Quijote de Guanajuato , al que donó su colección privada y que es el más importante del mundo al respecto .
    Chao

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  8. La clave está en la barriga , a más tripa más respeto y menos escrupulos. Nadie miraba a la cara a quien lucia tamaña orondez y los niños les temian ya que personificaban al ogro que evocaba sus peores pesadillas
    saludos

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