25 de enero de 2013

La parada

JMBONET, que nos había mandado el primer tranvía hace meses, nos envió al poco tiempo este segundo del mismo pintor, el simbolista praguense Jakub Schikaneder. Pero este se quedó varado aquí hasta que hoy, conducido por una mano misteriosa, salió de su cochera y empezó a circular por su ciudad, que es el presente.
En este almanaque deberían detenerse los trenes y tranvías, haciendo en él una parada. Porque esto y no otra cosa es un almanaque, una parada, un apeadero, a menudo vacío. Cuánta poesía hay en esos apeaderos de tren de villorrios perdidos, cuánta poesía en las paradas de tranvía, en ese su circular de unos y otros por los raíles con la infinita nostalgia de los caminos libres.


9 comentarios:

  1. Acabamos con los tranvías porque dificultaban el tránsito de los coches, que era lo moderno (como los escaléxtrics madrileños de Atocha y 4 Caminos), y en las ciudades quedaron vías en desuso que finalmente fueron retiradas. Pero ahora hay que volver al tranvía, y cada vez más habrá que regresar a él, porque el tráfico de coches es imposible y el automóvil privado va a pasar a la historia. Me dan envidia las ciudades que conservaron sus viejos tranvías, como Lisboa. Subes en uno y en cualquier momento podría aparecer (mira ese señor con gafas), ¿por qué no?, el mismísimo Fernando en cualquiera de sus pessoas (personas).

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  2. Cuánta poesía hay hoy en sus palabras. El comentario adecuado cuando poco se les puede añadir(al menos por mi parte) es "sin comentarios", aunque más de uno caerá en la tentación de replicarle con una cita literaria sobre tranvías mucho más poética que la suya.

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  3. JAKUB SCHIKANEDER, pintor simbolista praguense, (1855—1924).

    FRANZ KAFKA, escritor praguense, (1883—1924).

    Unos meses antes que el pintor, el 3 de junio, murió el escritor.

    Parecido aire respirarían por las mismas calles... Esperarían en las mismas paradas de algún tranvía…

    ***

    "Permanezco de pie en la plataforma del tranvía, completamente inseguro respecto a mi situación en este mundo, en esta ciudad, en mi familia. Ni siquiera podría precisar las pretensiones que estaría en condiciones de alegar con derecho. Me es absolutamente imposible defender que esté aquí de pie, agarrado al asidero, que me deje llevar por este vagón, que la gente evite el tranvía o pase de largo en silencio o que descanse frente a la ventana. Nadie lo reclama de mí, es cierto, pero eso es indiferente.

    El tranvía se aproxima a una parada; una muchacha se acerca al peldaño, dispuesta a subir. Aparece ante mí con tal claridad que me parece haberla tocado. Está vestida de negro, los pliegues de la falda apenas se mueven, la blusa, que acaba en cuello de punta de redecilla blanco, se ciñe al cuerpo, la palma de la mano izquierda se apoya en la pared, el paraguas, en la mano derecha, permanece apoyado en el segundo escalón. Posee un rostro moreno; la nariz, débilmente aplastada en los laterales, termina en una forma redondeada y ancha. Tiene pelo castaño abundante y algunos cabellos cubren la mejilla derecha.

    Su oreja pequeña queda pegada a la cabeza; no obstante, como estoy cerca, puedo ver la parte trasera del lóbulo y la sombra en la raíz. En aquel instante me pregunté: ¿cómo es posible que no quede maravillada ante sí misma, que permanezca con la boca cerrada y no diga nada que exprese su asombro?".

    EL PASAJERO, relato breve de FRANZ KAFKA, incluído en CONTEMPLACIÓN.

    Uno de sus primeros relatos cortos. Sí. Contemplar y no asombrarse parece imposible.

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  4. ¿Falsos plátanos? ¿Igualmente falso el niño que se adelanta?, ¿falso-cesto, falsa-farola, falso-tranvía…? También “simbolista” Kafka, paisano del pintor y tan "santo" como Emily Dickinson. A veces descoloca, pero otras muchas bien que acierta.

    «6 DE NOVIEMBRE.
    Como un camino en otoño: lo acabas de barrer, y ya está de nuevo cubierto de hojas muertas.

    "EL NOMBRE secreto de Dios es 'ajin' [‘nada’]. (...) La realidad es un relampagueo supremo, delante del cual hay que cerrar los ojos". (Zohar). Nuestro arte consiste en ser deslumbrados por la verdad: la mueca del rostro que retrocede, ésa es la única verdad.

    SOLO ASPIRO a ser corneja y desaparecer entre las piedras.

    UNA JAULA salió en busca de un pájaro». (A Emily Dickinson en cambio, los pájaros aún la consuelan).

    «TE HAS ATAVIADO de manera ridícula para este mundo». (Tampoco es el caso de la de blanco).

    «EL BIEN es, en cierto modo, desconsolador.

    EL DEBER escolar eres tú. No se ve un alumno por ninguna parte.

    NUESTRA SALVACIÓN es la muerte, pero no ésta.

    SALE la pálida luna mientras cabalgamos por el bosque.

    COMENZÓ, entre los bosques, una competencia de carrera. Era todo un pulular de animales. Procuré poner un poco de orden.

    LA DESGRACIA de don Quijote no es su imaginación sino Sancho Panza.

    20 DE OCTUBRE. En cama. Existen dos pecados capitales en el hombre, en los cuales se originan todos los demás: impaciencia e indolencia. La impaciencia hizo que lo expulsaran del paraíso, al que no vuelve por culpa de la indolencia. Pero quizá no existe más que un solo pecado capital: la impaciencia. Por causa de la impaciencia, lo expulsaron; por causa de la impaciencia no vuelve.

    NADIE, en esta tierra, produce más que su posibilidad de vida espirtual; no tiene mucha importancia que, según las apariencias, se trabaje para alimentarse, vestirse, etc; el hecho es que con cada bocado visible, se recibe también un bocado invisible; con cada vestido visible, también un vestido invisible y así sucesivamente. Ésta es la justificación de cada uno. Se diría que todos los hombres apuntalan sus existencias con justificaciones "a posteriori", pero no es más que una broma de perspectiva psicológica: en realidad, cada hombre construye su vida sobre sus justificaciones. Cada cual debe poder justificar su propia vida (o la propia muerte, que es lo mismo): es una tarea de la que no puede sustraerse».

    ¿Algo más de acuerdo Emily Dickinson quizá con estas últimas citas de Kafka?

    «NO ES NECESARIO que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies.

    EL ARTE vuela en torno de la verdad, pero con la decidida intención de no quemarse. Su habilidad cosiste en encontrar un lugar en la vacía oscuridad, donde la luz, sin que nadie se diera cuenta antes, se pueda recibir muy intensa».

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  5. GUSTAV JANOUCH, Conversaciones con Kafka. Destino, 1997

    (...) [K. se refiere a un compañero de oficina, muy preocupado por su futuro, con el que acaba de mantener una charla desagradable:]

    –No es impertinente –susurró Kafka, mirándome con sus ojos oscuros y tristes–. Sólo está asustado. Por eso se vuelve injusto. La preocupación por el pan de cada día corrompe el carácter. Así es la vida.

    Pero yo farfullé:

    –¡No, gracias! A mí me daría vergüenza llevar una vida así.

    –Pero es que la mayoría de la gente no vive –replicó Kafka con extraordinaria tranquilidad–. Sólo se adhiere a la vida como los corales a los escollos. Y eso que las personas somos mucho más miserables que esos seres primitivos. No poseemos un firme escollo de roca que desafíe el oleaje, y también nos falta una coraza de cal propia. Únicamente desprendemos una bilis corrosiva que nos vuelve aún más débiles y solitarios porque nos separa de los demás. Así que, ¿qué podemos hacer?

    Franz Kafka extendió los brazos y los dejó caer son desamparo como un par de alas paralizadas.

    –¿Tenemos que quejarnos al mar por haberles dado vida a seres tan imperfectos? Con eso no haríamos más que quejarnos contra nosotros mismos, ya que también nosotros somos unos pobres corales. Así pues, no nos resta más que armarnos de paciencia y esforzarnos por tragar en silencio toda esa bilis corrosiva que nos revuelve las tripas. Es lo único que podemos hacer para no tener que avergonzarnos de las personas o de nosotros mismos.

    (...) –La guerra nos ha trasladado a un laberinto de espejos deformadores. Vamos tropezando de una perspectiva ficticia a otra, víctimas confusas de falsos profetas y charlatanes que con sus recetas baratas para la felicidad no hacen sino taparnos los ojos y los oídos, de modo que por culpa de los espejos vamos cayendo de una mazmorra a otra como a través de trampillas abiertas.

    Para ser sincero, he de confesar que en aquel momento no logré asimilar lo que Kafka me había dicho. Pero tampoco quise pasar por ser alguien de pocas entendederas, así que me refugié detrás de la siguiente pregunta:

    –¿Qué nos ha llevado a esta situación? ¿Y qué es lo que nos mantiene en ella? De un modo u otro hemos tenido que emprender el camino a través de la sala de espejos por propia voluntad. ¿Qué nos ha inducido a hacerlo?

    –Nuestra codicia y vanidad sobrehumanas, la "hybris" de nuestra voluntad de poder. Luchamos por valores que no son tales, mientras destruimos descuidadamente ciertas cosas a las que está ligada nuestra existencia humana. Esta confusión nos lanza al estiércol y nos aniquila.

    (...) –Vivimos en una época tan poseída por los demonios que pronto sólo podremos realizar la bondad y la justicia en la más profunda clandestinidad, como si con ello estuviéramos violando la ley.

    No me gustaba el tono de Kafka, así que dije:

    –En ese caso estamos metidos en un horno de fuego ardiente, como en la Biblia.

    –Sí –asintió Kafka–, es un milagro que aún sigamos vivos.

    Yo negué con la cabeza.

    –No, doctor, todo eso es muy normal. Yo no creo en el fin del mundo.

    Kafka sonrió.

    –Ése es su deber. Usted es joven. Una juventud que no crea en el mañana se traiciona a sí misma. Para vivir hay que tener fe.

    –¿Fe en qué?

    –En la existencia de una conexión inteligente entre todas las cosas e instantes. En la eternidad de la vida entendida como un todo. En lo que tenemos más cerca y en lo que está más lejos.

    (...) Mi amigo Ernst Lederer escribía sus poesías con tinta azul muy clara sobre decorativas hojas de papel hecho a mano.

    Se lo conté a Kafka, quien hizo el siguiente comentario.

    –Está bien. Todos los magos siguen su propio ceremonial. Haydn, por ejemplo, sólo componía con una peluca esmeradamente empolvada. Y es que escribir es una manera de invocar a los espíritus.

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  6. Recuerdo mucho el trolebús . Al hilo de la foto voy a poner un fragmento de un poema de Tomas Tranströmer
    Cuando bajo a la calle tras la cita de amor
    soplaba la nieve en el aire
    el invierno había llegado .
    mientras hacían el amor
    la noche brilló blanca .
    él caminó rápido y alegre
    toda la ciudad inclinada .
    transeúntes sonrientes ,
    todos reían tras los cuellos alzados
    ¡¡ era libre ¡¡

    Saludos

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  7. “¿Cuántas injusticias no se comenten en nombre de la justicia? ¿Cuánto embrutecimiento no navega bajo la bandera de la ilustración? ¿Cuántas veces la decadencia no se encubre bajo la máscara de la prosperidad? Cada vez se ve más claro. La guerra, además de quemar y desgarrar el mundo, también lo ha iluminado. Hemos podido ver que se trata de un laberinto construido por los mismos hombres, un frío mundo mecanizado cuya comodidad y supuesta funcionalidad nos destituyen y degradan cada vez más”. FK.

    (…) Se retiró del trabajo en la compañía de seguros en 1922 y al año siguiente decidió vivir en Berlín con una estudiante hebrea polaca, Dora Dymant. Varias historias, escritas durante el tiempo que pasó con ella, fueron luego destruidas. En la primavera de 1924 Kafka estaba en avanzado estado de tuberculosis laríngea. Su doctor le prohibió hablar reduciéndolo a comunicarse mediante notas. Una de ellas decía: "Ofrecer a menudo vino a la enfermera"; y otra, escrita tras negársele una inyección de morfina: "Mátame, o si no eres un asesino". Murió el 3 de junio de 1924 y fue enterrado el 11 de junio en el Cementerio Judío de Praga.

    http://hotelkafka.com/blogs/FranzKafka/labels/biograf=C3=ADa.html

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  8. Sobrepuesto a la abrumadora tranviaria poesía me ha asaltado un recuerdo:

    El Ferrol - 1960 - , cuesta arriba el tranvia crujia y yo corría con seis años en cada pierna y siempre le ganaba.

    La carrera acababa en aquel mechinal donde, por cinco patacones, cambiaba mis tebeos que entonces aun no se llamaban así por otros viejos y desconocidos.

    Me sentía feliz saboreando mi superioridad sobre la máquina y bajaba contento porque mis padres ignorarian que iba a leer un tebeo.

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  9. En la ciudad quedaban muertos
    los railes solitarios del tranvía
    hundidos como heridas mudas de otra época.
    Y esa farola con caracol en la cima.
    Vino el tiempo y hechó ceniza
    de asfalto y cerró el recuerdo.
    Ya solo, la farola, sola
    con su caracol en la cresta
    Nadie sabe que hace ahí
    apagada, silenciosa
    Quizás espera al tranvía.

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