26 de enero de 2013

Lo que no tiene fin

PRESENTAMOS ayer con Ernesto Baltar, en La Central de Madrid, su primer libro, Ciudades en fragmento (editorial Impronta). Es un gran libro de género mestizo. Debería bastarnos esto, pero leyendo las solapas sabemos que Ernesto Baltar es un escritor joven (1977), licenciado en filosofía, traductor y editor de textos para las editoriales que le contratan. Su juventud avalora su obra, hace que pensemos en el prometedor camino que le queda por recorrer. Pero lo cierto es que podría no volver a escribir, y este libro habría hecho su jornada. Baltar lo ha escrito durante los últimos siete años, que sepamos. Es un libro de género impreciso: es, seguro, un libro de ciudades (no de viajes: el autor aparece casi siempre instalado en ellas, sin transiciones), pero a menudo es también el diario que lleva en esas ciudades, personal, sentimental, inteligente, divagatorio, informativo y útil, tanto como desinteresado y secreto. Es, igualmente, un libro de "meditaciones filosóficas", nos dice en algún momento, como meditaciones eran las del reverendo Izaak Walton, pescador de caña. Roma, Londres, Madrid, principalmente, pero también el eco de París, de Berlín, de Nápoles o de Nueva York, entre otras. La originalidad de un libro es el tono, y el de este es combinar muchas cosas conocidas, muchos autores sabidos, muchas imágenes. No descubre nada nuevo y sin embargo todo resulta nuevo, porque es suyo. Tanto como lo que quiere contar es importante en este libro el saber cómo no quiere contarlo: nunca hay que ser pedantes, parece recordarse a cada paso. Tiene presente para ello a los maestros de la antirretórica, Stendhal y sus viajes por Italia en primer lugar, y Dickens para Londres, y Galdós para Madrid, y Walter Benjamin para casi todo (adivinamos muchas veces la falsilla del Libro de los Pasajes, modelo de todos los libros completos e inconclusos), y Pla para las pequeñas cosas, Samuel Pepys y el doctor Johnson para los pliegues maliciosos o Gómez de la Serna para las asociaciones bizarras. Es un libro que, como ciertas iglesias cristianas que se han levantadado sobre mezquitas que se levantaron sobre templos romanos que se levantaron sobre aras iberas, se presta a muchas interpretaciones, cuya suma nos dará la naturaleza de su autor: un joven curioso, de modales moderados, de pensamiento libre, vagamente distante, tan cultivado como discreto. Otra regla de oro, que cumple a rajatabla: jamás alardear de nada, pero menos aún de ser un hombre culto: tras don Quijote y su paso por el castillo de los duques, no hay nada tan plebeyo como un escudo de armas. "No sé, quizá todo se basa en el deseo de estar lejos, muy lejos", nos dirá recordando a Baudelaire, paña añadir en otro pasaje, con cierta sorna, al confesarnos su pasión por las ciudades: "coches, ruido, polución, como a mí me gusta". Parece estar repitiendo las palabras de Sócrates, diciéndole a Fedro: "Y el caso es que los campos y los árboles no pueden enseñarme nada; pero sí, en cambio, los hombres de la ciudad". ¿Pueden no decirle nada a alguien los árboles, los campos? Se refiere Sócrates a la primera condición del filósofo, que es la atención, y nadie más atento que un viajero, que un urbanita, donde todo parece estar erizado de pasiones humanas. Pero no menos atención pide de nosotros el campo. Cada cual tiene oído para lo suyo, y ha de serle fiel a eso, y seguir el dictado de su corazón, sea para oír el ruiseñor de Keats o los estrafalarios personajes de la ciudad que cruzan por este libro, con los que su autor pega la hebra.
Baltar ha escrito un libro completo, pero por suerte para nosotros, sus lectores, inconcluso. Le quedan muchas ciudades desconocidas que contar, mucho que contar de las que ya conoce. Pues ese, sí, es el secreto de toda ciudad, indescifrable por más que viviéramos en ella mil años. Contar ese secreto es la más noble de todas las tareas, porque no tiene fin.


6 comentarios:

  1. De Madrid, sin ir más lejos, sin necesidad de tomar el tren o el avión porque el metro es suficiente para llegar a la Gran Vía desde cualquier punto de la ciudad, queda una gran historia pendiente de escribir. La historia que vivieron, cada uno a su manera, pero todos con parecida zozobra, cuando la guerra civil fue una abducción inevitable. Corresponsales extranjeros, espías, brigadistas e intrigantes varios alojados en el Hotel Gran Vía y sobre todo en el hoy demolido Florida; viandantes obligados por su quehacer y paseantes curiosos por conocer los últimos cráteres conseguidos por Varela; aventureros, prostitutas recién enviudadas y canallas de toda índole. Y la sombra siempre presente sobre todos ellos, de la silueta icónica de la Telefónica de Barea, cada vez más estrecha y más agujereada por la tenaz metralla franquista.

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  2. De ÍTALO CALVINO dos fragmentos de "Las ciudades invisibles" (Ediciones Minotauro, Barcelona 1983). Leídos de vez en cuando en un instituto (nocturno).

    [...] DICE EL GRAN KAN: ―Todo es inútil si el último fondeadero no puede ser sino la ciudad infernal, y allí en el fondo es donde, en una espiral cada vez más estrecha, nos sorbe la corriente.

    Y Polo: ―El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

    "(...) L’inferno dei viventi non è qualcosa che sarà; se ce n’è uno, è quello che è già qui, l’inferno che abitiamo tutti i giorni, che formiamo stando insieme. Due modi ci sono per non soffrirne. Il primo riesce facile a molti: accettare l’inferno e diventarne parte fino al punto di non vederlo più. Il secondo è rischioso ed esige attenzione e apprendimento continui: cercare e saper riconoscere chi e cosa, in mezzo all’inferno, non è inferno, e farlo durare, e dargli spazio."

    ***

    [...] NO ES FELIZ la vida en Raissa. Por las calles la gente camina torciéndose [o retorciéndose, Aurora] las manos, impreca a los niños que lloran, se apoya en los parapetos del río con las sienes entre lo puños, por la mañana despierta de un mal sueño y empieza otro. En los talleres donde uno se aplasta en todo momento los dedos con el martillo o se pincha con la aguja, o en las columnas de números torcidas de los negociantes y los banqueros, o delante de las filas de vasos sobre el estaño de las tabernas, menos mal que las cabezas agachadas te ahorran miradas torvas. Dentro de las casas es peor, y no hay que entrar para saberlo: en verano las ventanas aturden con peleas y platos rotos.

    Y sin embargo, en Raissa hay a cada momento un niño que desde una ventana ríe [o sonríe] a un perro que ha saltado sobre un cobertizo para morder un pedazo de polenta que ha dejado caer un albañil que desde lo alto del andamio exclama: ―¡Prenda mía, déjame probar! ―a una joven posadera que levanta un plato de estofado bajo la pérgola, contenta de servir al paragüero que celebra un buen negocio, una sombrilla de encaje blanco comprada por una gran dama para pavonearse en las carreras, enamorada de un oficial que le ha sonreído al saltar el último seto, feliz él pero más feliz todavía su caballo que volaba sobre los obstáculos viendo volar en el cielo a un francolín, pájaro feliz por haber sido liberado de la jaula por un pintor feliz de haberlo pintado pluma por pluma salpicado de rojo y amarillo en la miniatura de aquel libro en que el filósofo dice: "También en Raissa, ciudad triste, corre un hilo invisible que enlaza por un instante un ser viviente a otro y se destruye, luego vuelve a tenderse entre puntos en movimiento dibujando nuevas, rápidas figuras de modo que a cada segundo la ciudad infeliz contiene una ciudad feliz que ni siquiera sabe que existe".

    (...) EPPURE, a Raissa, a ogni momento c'è un bambino che da una finestra ride a un cane che è saltato su una tettoia per mordere un pezzo di polenta caduto a un muratore che dall'alto dell'impalcatura ha esclamato: -Gioia mia, lasciami intingere!- a una giovane ostessa che solleva un piatto di ragù sotto la pergola, (...) un francolino, felice uccello liberato dalla gabbia da un pittore felice d'averlo dipinto piuma per piuma (...): "Anche a Raissa, città triste, corre un filo invisibile che allaccia un essere vivente a un altro per un attimo e si disfa, poi torna a tendersi tra punti in movimento disegnando nuove rapide figure cosicchè in ogni secondo la città infelice contiene una città felice che nemmeno sa d'esistere".

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  3. "Es un gran libro de género mestizo" y abundando en lo que nos cuenta AT se podría decir que es un libro palimsepto.

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  4. Visto quien es resulta interesante aunque el apellido Baltar parece un handicap . Creo que está mas avalorada la firma de un escritor de 60 que uno de 40 , craso error ya que la exigencia de cada firma depende del receptor y bueno el nivel lector de España es precario ( como todo ) y la imagen vende . Sinceramente no creo haya un mirlo blanco por descubrir más allá de suposiciones o curiosidad pero artistas de relumbrón para nada , ojalá saliera alguien y triunfara .
    Chao

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  5. Costello, el único handicap verdadero es ser tonto, pero seguro que con el apoyo de todos puedes vencerlo. Mucho ánimo.

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