12 de mayo de 2014

Enmudeced, campanas


ESTOY viendo de niño aquellas carrozas aparatosas de los entierros, con un caballejo empenachado y el cochero en el pescante, recorriendo las viejas calles de mi ciudad, después de haber recogido al finado en su casa. Porque nadie que podía permitírselo moría en otro lugar que no fuese su casa. En ella se había celebrado el velorio. Así lo atestiguaba la mesita de las condolencias que se ponía en el portal, una de cuyas hojas se cerraba en señal de duelo. 

Aquella cultura de la muerte, heredada del barroco y vigente durante cuatro siglos, desapareció en unos pocos años, en parte con la invención del tanatorio, donde todo sucede de una manera aséptica, un tanto futurista. Y, sí, se hubiera podido decir que la muerte en nuestras sociedades ha pasado a ser sólo un trámite que se quiere abreviar lo más posible, de no haber existido al mismo tiempo este otro fenómeno netamente actual: el espectáculo que se organiza alrededor de los muertos ilustres,  (políticos, tanguistas, intelectuales, cualquier famoso vale) con las hipérboles montadísimas a que dan lugar, esos “se van los mejores”, “desde Adán y Eva nadie nunca jamás había...”. En fin, el regreso y triunfo del barroco en unos dilatadísimos cortejos mediáticos que dejan aquellos de León en nada. Dios nos libre del día de las alabanzas, recuerda con sorna el refranero.

Es verdad que hay temporadas que parece que nos morimos más, pero es sólo un espejismo. Sólo que ahora televisiones, periódicos y redes sociales se emplean tan a fondo en amplificar las muertes de quienes han decidido agigantar, que se diría que más que enterrarlos quieren resucitarlos y  convencernos de que hemos vivido una época de titanes, héroes fabulosos y genios inigualables, y empequeñecer de paso al resto de los mortales comunes. Y es entonces cuando a uno le vienen a la memoria las palabras de Machado, escritas a la muerte de don Francisco Giner: “Vivid, la vida sigue, los muertos mueren y las sombras pasan, lleva quien deja y vive el que ha vivido. Yunques, sonad; enmudeced, campanas!”. Las personas a quienes hemos querido y admirado siguen al morir en nosotros consolándonos con su recuerdo. Unas veces eran célebres y otras, la mayoría, eran anónimas, y vienen con nosotros por dentro, sin flashes, sin retórica y sobre todo sin ruido, porque aquello que han de decirnos, lo dirán en voz baja, tal y como habla la intimidad.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de mayo de 2014]

7 comentarios:

  1. Todo sería más simple y fácil si, llegado el momento, uno dejara -de pronto- de existir. Se esfumara, se desintegrara del mundo. Pero lo desagradable es la muerte: ese trámite engorroso. Lo peor de todo es el tránsito: la agonía, el apagamiento, el cadáver, la mortaja, el ataúd... Lo fúnebre en general. Sin esa envoltura, todo sería aceptable y llevadero. Pero con tanta parafernalia morirse inspira, sobre todo, pereza.

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  2. "A mí me gusta un rostro de agonía, / porque sé que es verdad. / Los hombres nunca fingen convulsiones, / ni simulan dolor. // Una vez que se velan los ojos -y es la muerte- / no pueden impostar / en su frente el rosario de esas gotas / que va enhebrando la sencilla angustia". (Emily Dickinson).

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    1. Allí por fin
      En su caja de muerto
      La dignidad.

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  3. Si el origen de la columna de Andrés no es la desaparición de un ser querido, se podrían poner unas gotas de humor al mal trago de la muerte.
    Coll le pregunta a Tip : "¿Como estás, hace mucho que no nos vemos?". Y escuchó esta respuesta "Me morí hace tiempo...pero ya me encuentro mucho mejor"

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  4. Para la muerte, las dos orejas y el rabo; y para el muerto, sin quererlo ni beberlo, salva de aplausos.

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  5. Yo les vi de muy niño , era un cante , daba un yuyu mu malo . Un velorio dio lugar a la muerte de Ivan ilic , casi nada . Todos sabéis que Emily D. y Walt Whitman son los poetas más leídos de la historia , sobre el velorio de Emily no tengo datos , pero si que conozco de muy buena tinta lo sucedido en el funeral del gran Walt , ya que un testigo del acontecimiento se lo confió a un francés .
    Whitman , un hombre precavido que dispuso de sus funerales , diseño su propia tumba y alquilo un gran terreno donde se hicieron las barbacoas y se sirvió desde el amanecer al anochecer , cientos de barricas de whisky , cerveza y limonada que Walt pagó antes de diñar , invitadas había 4000 personas pero el olor a multitudes , hizo que se apuntaran a la fiesta otros miles , también había grandes bandejas con sandias .
    Hubo 70 peleas y 50 detenidos , cierto que la mayoría eran bebedores pacíficos que cuando se emborrachaban se daban a la oratoria , predicaban , arengaban , muchos balbuceaban ; los oradores para captar atención se acercaban a catafalco de Walt , y sin el respeto debido muchos golpeaban el mismo para acentuar sus discursos . Al final le enterraron y la gente recordó su funeral con cariño y agradecimiento .

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  6. Acabando “El amor brujo” de Falla:

    “¡Ya está despuntando er día!
    ¡Cantad, campanas, cantad,
    que vuelve la gloria mía!”

    Con el amanecer el amor es la bruja que hace desaparecer más de un horror.

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