5 de mayo de 2014

Nueva linterna mágica

EL mito, la poesía, la música, tienen un poder especial sobre nosotr*s, algo encantatorio, no por vago menos profundo. Es decir, llegan donde no llega la razón.  ¿Quién no se recuerda, de muy niño, fascinado por algún objeto prodigioso? Si conocía alguna vez la dicha  de poseerlo (un día de reyes, por ejemplo), experimentaba algo muy parecido a la alegría en estado puro, un sentimiento tan violento e intenso que amenazaba con hacer saltar por los aires el pequeño corazón que lo albergaba.

Un día, pasados los años, el adulto encuentra aquel objeto, o uno parecido que le recuerda al suyo, y al tiempo que siente un íntimo estremecimiento, muy parecido a la réplica que sigue a un terremoto, se pinta en su semblante una pequeña sonrisa: “¿Cómo pude desear con tanta vehemencia algo tan  insignificante?”. Pero lo cierto es que no era insignificante.

Entenderá de qué se habla aquí quien haya sentido fascinación alguna vez por las linternas mágicas o cualquier otro artilugio relacionado con la vida naciendo de la  noche. Algo de esto ha vuelto a suceder. El azar le ha llevado a uno a una de esas modestas galerías (Slowtrack) dedicadas a artistas muy jóvenes, es decir, a gentes que tienen aún muy cerca la infancia y por ello son todo desinterés, curiosidad y asombro. Allí una muchacha, Akané Watanabé (me dicen que japonesa en París, y veintiún años), ha metido en un cuarto completamente oscuro toda la caverna de Platón. Ha “pintado” a punta de cúter la Odisea, un friso de papel de cinco metros de largo y unos treinta centímetros de ancho que nos envuelve. Están recogidos en él los episodios más conocidos de ese libro. A esos trabajos de filigrana se les llamó dechados en el siglo XIX. El resto lo hace la luz de una mínima linterna con la que cada cual proyecta en la pared, al modo de las sombras chinescas, esos “dibujos”. Odiseo, Circe, Penélope, oscilan vacilantes a nuestro alrededor, se agrandan y empequeñecen a medida que se les acerca esa llama. Y algo tan elemental y conocido, vuelve a resultarnos prodigioso. Dirán: “¿y qué tiene que ver eso con nuestra vida? ¿Qué quedará de ello cuando dejemos esa cueva y toda esa ilusión se desvanezca?”. ¿Qué? Lo que dura una sonrisa para nosotros mismos y saber, de modo vago, pero profundo, que esas sombras son más firmes que todo lo que creemos firme. Que en la niñez está la solución de casi todo.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 4 de mayo de 2014]
Akané Watanabé, Trails

6 comentarios:

  1. Precioso juego reflexivo, Andrés. Servidor también cree que en la niñez se escribió el guión de nuestras vidas y nosotros solo nos hemos limitado a seguirlo, casi siempre al pie de la letra, por más que nos obstinemos en pensar que somos los únicos autores del argumento, protagonistas absolutos de todo lo que nos ocurre. Y los que así nos convencemos llegamos a otros conclusiones inmediatas, más cercanas a la humildad que al determinismo, pero también con larga proyección futura.

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  2. Efectivamente. "La alegría en estado puro" era lo que sentía el día de Reyes al ver sobre la mesa los regalos que nos habían dejado. Intentar volver a esa alegría no produce mas que una amarga nostalgia.

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  3. "Pero nuestros destinos y nuestras voluntades se manifiestan casi siempre a destiempo". (Andrè Maurois. Climas. José Janés. Septiembre 1956

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  4. “En la niñez está la solución de casi todo.” Y sin casi, unos cuantos años antes.

    Pero nada tiene marcha atrás. Igual de grandes son las cadenas del ser y del no ser: una sola parecen; y así no se puede ser libre: ni en España ni en el resto del extranjero.

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  5. Han sido niños hasta hace poco pero un artista no puede quitarse de encima el niño que fue , y si no lo lleva lo tiene que buscar . El problema es cuando estos artistas llegan a la treintena y no han conseguido consolidarse ( profesionalmente hablando ) . A muchos se les plantea la situación de seguir luchando por ser artista o afrontar tener una familia , el tiempo pasa , del arte viven cada vez menos gente, y al final se pierden potenciales grandes artistas .

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  6. Un Charles Foster Kane cualquiera podría exclamar, y con razón, ¡Rosebud!, pero al margen de infancias perdidas, recuperadas o idealizadas, brindo por un toque objetivamente realista y quien sabe si también sentimental: la infancia, escribió en alguna ocasión Andrés Trapiello, es la edad que más dura porque va siempre con uno o porque uno la lleva siempre consigo (no se si tanto monta o no: cito de memoria).

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