27 de mayo de 2011

Entrando en fuego

EL ejemplar está dedicado a quien iba a ser su suegro, cuando ni siquiera podía sospechar que su autor, que lo llevaría a Pombo como oficiante, llegaría a ser uno de sus mejores amigos. El azar propició, acaso, tales coincidencias, de la misma manera que otros hechos vinieron trabados por una sutil fatalidad. Al cabo de los años ese ejemplar, dedicado por Gómez de la Serna a Julio Arroyo, del que Ramón había sido compañero bachiller en Palencia, encuadernado por la hija de aquél, Julia, que a su vez sería mujer del también palentino Francisco Vighi, ha llegado hasta ti. Es tan raro ese libro (Segovia, 1905), que nunca antes lo habías visto. Si hubieras dudado de su existencia, nadie te hubiera podido rebatir, tan inencontrable era. Hoy tu octogenario amigo Francisco Vighi lo ha puesto en tus manos, y te ha dicho: “En las tuyas estará bien”. Él es la excepción a la regla que rige ese mundo a veces desquiciado de deudos y herederos: se puede ser hijo de alguien. Lo prueba el amor que siente por su padre, por su madre, “la marquesa”, aquella mujer que veíamos vender en el Rastro pequeñas y escogidas antigüedades, el amor que ha sentido por los Versos viejos y los Nuevos versos viejos, el deseo de difundirlos sin poner estorbos a quien los ama como él. La vida ha traído ese raro ejemplar al lado de tus libros, como un día el azar lo llevó junto a los de Paco Vighi, y sabes de una manera oscura que su viaje acaso no habrá terminado aquí, y en la palabra acaso te quedas meditando.
En cuanto al libro, que ahora has leído por primera vez, el primero de su autor, es, claro, un balbuceo, pero también algo muy firme. De hecho se diría que todo Gómez de la Serna está en sus páginas como la espiga en un solo grano de trigo. Algunas son tanto más admirables por cuanto las sabes de un muchacho de diecisiete años, los que tenía su autor cuando las publicó. Pertenecen estas a un capitulillo dedicado a los jarrones, que parece anunciar a Breton, a Benjamin. “Un niño ha cogido entre sus piernas dos grandes jarrones y va sacando trapos, papeles, pedazos de porcelana, biscuí…” nos dice.  La madre le ordena al niño que deje todas esas cosas, que fue poniendo allí la abuela, ya muerta. “Y en su decir, en su expresión, se ha notado una querencia honda, quizá indefinida para ella misma; un apego respetuoso, religioso, por aquellos objetos que se fueron amontonando en los jarrones por descuido, por capricho: en aquellos retazos de tela, de objetos, con dejadez, yo he admirado este amor por las cosas colocadas en variedad dentro de los jarrones y que parece referirse a su alma oculta, desconocida, característica… Y he visto en esta escena de vida el alma española, tradicional: amorosa del conjunto de ideas, de conocimientos inútiles, sin belleza, sin vida, que guardan en sus ajarronados corazones, en que descansan variadas…”, etc.
Este etc. es mío. Gómez de la Serna nunca comprendió, y así lo escribió de manera explícita, ningún etc. En ningún libro. Toda su obra es un correctivo de los etcéteras.





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