30 de mayo de 2011

Infierno/paraíso, tan espinoso asunto

Como acaso recuerden algunos, hace años se publicó cierto libro del poeta Gil de Biedma. En un primer momento sus amigos y partidarios arremetieron sin consideración contra los pocos que manifestaron la perplejidad que les causaba ver cómo Gil de Biedma alardeaba a un tiempo de pederasta y de efusiones sentimentales escuchando La Internacional. Mirando hacia otra parte, arbitraron como argumento este: fue un gran poeta. Que lo fuera, no debería estorbarnos algunas preguntas: por qué Gil de Biedma prostituía a menores de edad, por qué no sentía ningún remordimiento de ello, por qué quiso contarlo y por qué sólo se atrevió a hacerlo cuando ya estaba muerto. Naturalmente no tiene uno la respuesta de ninguna de esas cuestiones, pero sí una sospecha. ¿Descargo de conciencia? Quién sabe. Tal vez lo contara pensando que el tiempo absolvería su conducta, prestigiando su malditismo. Al fin y al cabo, debió de calcular, lo canalla en literatura suele tener muy buena prensa. 

Póstumos son también estos Diarios  que acaban de ver la luz (Pre-Textos), no tan distintos de los de G. de B.,  del también poeta Juan Bernier, quien se define a sí mismo como pedófilo. Digamos, de entrada, que se trata de un libro único en lo bueno y en lo malo. Bernier (1911-1989), andaluz, soldado en el ejército de Franco durante la guerra civil e integrante del grupo poético Cántico, lo pulió y reescribió toda su vida, convencido de que también sería su gran obra, su leyenda, confesión de lo que llamó unas veces “el vicio” y otras “este deseo oscuro”. Se centra sobre todo en los primeros y tenebrosos años cuarenta en una Córdoba levítica, y prácticamente no habla de otra cosa que del espinoso asunto: la búsqueda compulsiva y lujuriosa de limpiabotas, mozos de estación, chaperos, mendigos, aprendices. La edad es determinante: entre once y quince años, y aunque alguna vez se trate de un chico de buena familia, se ve que la miseria también es decisiva: son contactos venales, aunque muchas de sus víctimas, si le creemos, lo hacen por gusto. Bernier no duda contar los actos más execrables de los que puede ser víctima a su vez (las páginas dedicadas a la cárcel, a donde fue conducido unos días por pederasta, son estremecedoras) y encontrar cierta poesía pasoliniana en los jardines, urinarios, estaciones, tabernas de mala muerte y burdeles provincianos donde le llevaban sus pasos, o en las iglesias donde trataba de ahogar sus remordimientos. Porque, a diferencia de Biedma, vivía su “sodomía estéticosensual” con angustia, aunque, al igual que él, a su relato le mueva un exhibicionismo parecido.

Ningún libro en la literatura española podría comparársele y sólo lo humaniza el tono hasta cierto punto estoico y triste en el que están contadas esas historias, la búsqueda de la verdad que se le escapa una y otra vez: ¿Por qué a mí? Eso, junto al convencimiento  más o menos fantasioso de que esos chicos persiguen lo mismo que él: aunque sea pagando no duda en llamarlo amor, mientras parece estar diciéndose: “También fui niño, también me corrompieron y por ello vivo este infierno/paraíso; ¿quién se atreverá a lanzar la primera piedra? ¿La Ley?”.      
     
 [ Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 29 de mayo de 2011]































(Fotos: Luis Cernuda)

3 comentarios:

  1. Al leer la reseña que se hacía en Babelia del libro de Bernier, me llamó poderosamente la atención que Ángel L. Prieto de Paula se referiera a ese "impulso" del poeta denominándolo "efebofilia". Reparó uno entonces en esa absolución que a veces las palabras le otorgan a los pecados de los elegidos. Si se está en el olimpo como Bernier y Biedma, se pasa por "efebofílico". Si se está en el purgatorio de la gloria, la calificación se queda entre dos aguas y se acude al termino "menorero". Si no se cuenta con ningún mérito artístico, nos hallamos sencillamente ante un "pederasta". Extraña redención la del arte por la vicaria mano de cierta crítica monaguilla.

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  2. Y en El Cultural, Luis Antonio de Villena dice (y se queda tan ancho):
    «Sólo las almas grandes y generosas pueden leer un texto como este, tan vivaz, tan hondo y tan fácilmente condenable, si eso es lo que se busca. Pero Bernier ni pretendió aplauso ni condena, sólo comprensión, y la merece porque no se entrega a su pasión sin honestidad y sin análisis. Una obra de gran calibre, muy poco española.»

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  3. Para DR. Efectivamente, las palabras redimen o condenan. Pero también sirven para precisar. El "pedófilo" siente atracción por niños (digamos que hasta los 12 años); el "efebófilo" hacia preadolescentes y adolescentes (a partir de los 12 años hasta los 15 o 16, más o menos). A menudo, el efebófilo no es exclusivamente homosexual, sino que puede sentirse atraído por adolescentes de ambos sexos, cuando aún la separación varón/hembra no está demasiado pronunciada en sus caracteres secundarios. Y precisamente el libro de Bernier, que he leído con gran interés, en algún momento habla de su deseo de casarse, siempre que pudiera hacerlo con una jovencita y no con una mujer de parecida edad a la suya. Así que puede que la reseña a la que se refiere no trate de absolver al escritor, sino de precisar su verdadera inclinación erótica. Solamente después cada uno podrá juzgar.

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