9 de mayo de 2011

Vagabundo sueño

Probable y afortunadamente la Ley propuesta por el alcalde de Madrid para toda España no prosperará nunca: perseguir a los vagabundos, retirarles de las calles, como hacen con los perros sueltos, y confinarles en albergues de concentración. El solo hecho de que se le haya ocurrido tal enormidad debiera bastar para hacerle perder no ya las próximas elecciones, sino la consideración que hemos de tener a todo ser humano, aunque justamente por eso, porque haya en él algo humano, podamos verle pedir perdón algún día no ya a los mendigos, indigentes y vagabundos, sino... al género humano, a todos nosotros. Pues si no hubiera vagabundos, aunque no voten, habría que inventarlos.

No quiere decir uno con ello, ni mucho menos, claro, que haya que favorecer o mantener las desigualdades, desdichas e injusticias que lanzan a tantas gentes a vagar solas por las calles. Al contrario, sólo al verlos nos recuerdan ellos las desigualdades, desdichas e injusticias que los sujetan a esa triste vida de errabundaje.

No sabemos si fue este alcalde de Madrid o el anterior, otra alhaja, quien retiró a los mendigos que hasta hace bien pocos años pasaban las noches en la Plaza de París, acaso la más famosa de España por salir a diario en todos los telediarios, con el Tribunal Supremo a un lado y la Audiencia Nacional enfrente. En invierno hacían unas fogatas y permanecían alrededor de ellas hasta que el cansancio y el vino barato los llevaban a meterse debajo de unas destartaladas casamatas hechas con cartones. Los vecinos les traían algo caliente de comer, ropa, mantas, a veces conversación. Se quedaban con ellos un rato, y se iban. Se hacían dos o tres fogatas de esas en toda la plaza y hasta los guardias se acercaban de vez en cuando y se calentaban en ellas, como había hecho Napoleón en los vivacs del terrorífico invierno ruso. Aquel concejo de mendigos ha sido el mayor alegato que ha visto uno jamás contra la injusticia y este sistema nuestro, allí, en medio de los tribunales más altos del Estado, incapaces estos de llevar algún consuelo o remediar tantas injusticias. En las noches más crudas y heladoras a veces llegaban quienes se ofrecían a llevárselos a los refugios, pero muchos querían quedarse allí, libres hasta el final, y alguno hubo que murió de frío sobre un banco una de esas noches, como si hubiese querido inmolarse de ese modo para recordarle al mundo la magnitud de la tragedia que lo había llevado a aquella vida. 

Hace años que tiene uno delante la fotografía del conde Tolstoi, vestido de vagabundo, como uno más de los mújiks que recorrían los caminos de Rusia. Se la hicieron cuando trataba de huir de la regalada y asfixiante vida familiar. Quería llevar otra más evangélica, acorde con sus ideas. Aquellos miles de mújiks fueron la semilla de la revolución. El alcalde de Madrid los habría deportado. La revolución resultó un fracaso, cierto, pero no por ello fueron injustas las razones que la desataron. Quieren quitar de nuestra vista los mendigos porque quieren ocultar las causas por las que hay tantos, sin comprender que su libertad de vagar por el mundo, sagrada, es la nuestra, y que no hay ni un solo sueño sin ella ni nadie más libre que soñando. Así de vagabundos somos todos.

       [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 8 de mayo de 2011]

2 comentarios:

  1. Quieren barrer a los mendigos de la ciudad para aparentar normalidad, para no perder puntos en futuras candidaturas olímpicas, para ganar todavía más votos en el barrio Salamanca, para que el consumo no pare.

    Algunos políticos dicen:

    Everything its fine...keep shopping

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  2. Creo que el anterior alcalde de Madrid también se dedicó a sustituir los antiguos bancos de piedra y de madera, en que uno podía tenderse a lo ancho a dormir la siesta o pasar la noche, por otros divididos por un espolón metálico o de asiento individual. Todo ello para evitar que los vagamundos se echasen a dormir y a soñar.

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