5 de mayo de 2011

Elegía atravesada

























LLAMÓ un periodista de El Mundo hace tres díasTraía la noticia de que la última fábrica de máquinas de escribir que quedaba sobre la tierra, la Godrej&Boyce, en Mumbai, India, acababa de cerrar sus puertas. Vino buscando una elegía. Le dije que no sentía ninguna nostalgia, que había sido un invento útil pero rígido, incómodo y pesado, mucho menos versátil que el lapicero, por ejemplo, o el bolígrafo o la estilográfica. Y qué tormento hasta lograr ver una página mecanografiada sin errores, qué calvario. Cada pifia mecanográfica se fosilizaba en la página de inmediato, y acababa calcificando también la palabra en la que se había incrustado y al rato la cuartilla, perdida su flexibilidad, se convertía en lápida mortuoria. Sólo recuerdo con nostalgia de aquellos años el fascinante papel carbón, que multiplicaba, arrancándolos de la noche, universos prodigiosos. El papel carbón tenía algo de rimbaudiano y maldito. En todos los años de agonía y arrumbamiento de la máquina de escribir no hle pensado ni un minuto en ninguna de las muchas que tuve, percutibles y luego eléctricas. El periodista, muy joven, decepcionado, trataba de arrancarle a uno unas lágrimas en el cortejo fúnebre. Advertí que, desilusionado, me tomaba por un cínico. “¿Pero no acompañaba con su traqueteo característico y el vaivén de su carro la cadencia de la creación literaria, el flujo y reflujo de la marea de la inspiración?”. Él jamás había utilizado una máquina de escribir, confesó, pero le habrán enseñado a hablar de esa manera en alguna escuela de letras, en la que seguramente habrá escrito también relatos a lo Hammett sobre una vieja Remington. Confesión por confesión, le dije: “La máquina de escribir era como el braguero de la literatura”. No sé de dónde le pudo venir a uno esta imagen tan extravagante. Hubiera querido decir corsé, pero la primera palabra que salió fue esa otra. Para no dejar en el aire una falsa impresión y que pensara que yo también había asistido a una madraza de letras, le dije, en tono más vacilante, que por irse, la máquina de escribir se ha ido sin haberle dado tiempo a nuestra lengua en más de un siglo a crear una palabra original para ella, haberla llamado mecanografo (como llana), por ejemplo, o el maquinógrafo o el grafomec o el mecagraf.
La foto que acompaña este pequeño escrito, de una máquina de escribir bastarda, la hice en el Rastro hace cuatro o cinco meses, y nunca llegué a entender con qué objeto alguien había cubierto con un pequeño trapo las teclas, acaso como se hacía con los cascos de los caballos cuando se quería apagar el estrépito de sus pasos sobre la tierra, al llegar la noche, cuando su dueño, un poeta sin duda (lo prueban las heridas que tiene su teclado), empezara a contarnos su sigilo.

1 comentario:

  1. un "mecagraf" (menos mal que a nadie, poetito o no, se le ocurrio llamar al bicho asi) OULIPISTA....fe!

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