24 de mayo de 2011

Esta mano es de Vighi

Cuando a él mismo le llegó la hora de morirse, supo, sin embargo, ponerse serio durante un instante, nada, unas frases. Para no desentonar con su vida, con su obra, para no deslucir su vida con su obra.
En el volumen de sus poemas figura uno bellísimo, becqueriano y con ecos machadianos, en el que, sin saber su circunstancia, sería difícil adivinar el trasfondo.
Se titula “Fiebre de Abril” y se publicó por vez primera el 20 de enero de 1962 en las páginas de Abc, junto a esta nota de la redacción, que Juan Manuel Bonet acaba de exhumar en una de esas incursiones suyas por internet que tanto se parecen al trabajo de los zahoríes:

“En la primavera pasada, el ilustre poeta e ingeniero que acaba de fallecer, Francisco Vighi, envió al director de Abc unos versos acompañados de una tarjeta manuscrita, de escritura vacilante, oblicua, confusa, claudicante. La tarjeta decía: Estoy enfermo desde septiembre, pero en Primavera se acumula otra enfermedad que acaba conmigo. Esta Fiebre de Abril, traducida en verso, te la mando por si pudiera publicarse un día como recuerdo de mi colaboración en Abc, que empezó hace treinta años. Por ejemplo el día que me vaya.” Y después de su firma decía: “A la hora en que ya no se tiran faroles”. (Paco Vighi había sido con sus viejos y alegres amigos [entre ellos el entonces director de Abc, Luis Calvo, al que van dirigidos el poema y la carta], jugador afortunado de partidas de póker inacabables). Estos versos del último Abril de Paco Vighi, destinados por el poeta a aparecer en nuestras columnas el día de su “ida”, bellísimos e impresionantes, en Abc aparecen, como él quería, cuando el jovial Paco Vighi se ha esfumado para siempre, más allá de nuestro sabroso panorama madrileño. Helos aquí:

Oigo una voz… –Dejadle que descanse.
¡Ha dicho en paz! Silencio, náuseas, sombras.
Soledad y dolor; angustia y fiebre.
¡Nadie apaga la sed que me sofoca!

¿Hay en el muro un lago
o el agua del espejo se desborda?
Ya las quejas naufragan en mis labios,
Navegan zapatillas en la alfombra.

La persiana destila luz de acuario.
Nadie espanta esa mosca
Que me mide el talento y en mi frente
Hinca el talón de alambre de sus botas.

Ya no sé si es Otoño o Primavera,
Si brotan lirios o se arrastran hojas,
Si está blanca la sierra o si la nieve
Florece en los almendros de la loma.

Musas viejas recitan en mi oído
Fétidos versos, y me dicen…­ –Copia.
Cuelga inerte la mano
Trabada por los flecos de la colcha
Y no podré signarme
Cuando se una mi ocaso con mi aurora.”.

Al preparar la edición de sus poemas, hace años, imaginé que este hacía referencia a un causón sin trascendencia o, tal vez, a uno cualquiera de esos sueños fantasmagóricos y tenebrosos que suelen atravesar la razón de los poetas, sin dejar apenas rastro. Pero no: la Muerte, frente a él, ya le estaba mirando a los ojos,  como en una partida de poker.

1 comentario:

  1. Qué maravilla de entrada, más aún que el poema. Gracias por este blog estupendo, por compartir los hallazgos y el asombro, y por alegrarnos así la vida.

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