2 de mayo de 2011

Huérfanos de mujer

Nada da tanta pereza como una conversación sobre lugares comunes. Por ejemplo: hombres y mujeres hablando con lugares comunes de hombres y mujeres: “Vosotras tal/nosotros cual, vosotros cual/nosotras tal”. Uno de los principales problemas que han tenido y tienen  tantas mujeres será acaso el de su invisibilidad, el de que fuera o al margen de sus papeles tradicionales apenas se las vea, se las oiga, se las considere. Y uno de los principales problemas de los varones es el mismo, pero al revés, incapaces de ver, oír o considerar a las mujeres como no sea cuando han de hacerse cargo de los niños, de los enfermos o de la casa. “Es ella la primera que no quiere verme por la cocina o planchando, sabiendo lo desastre que soy”, oímos a tantos con falsa resignación, casi cínicos. O bien al contrario: “Soy yo la que no quiero verlo por allí”, y la mujer se esponja como una gallina, orgullosa de que se tenga en cuenta su voz, aunque sólo sea en ese lugar de los trabajos serviles.

Acabamos de ver en la televisión una escena común. Hasta la locutora advirtió lo anacrónico en ella: entre los cuarenta representantes de las finanzas, empresas y negocios que acudieron a la llamada del presidente de gobierno para una reunión al más alto nivel, sólo había una mujer.  Naturalmente, si se les preguntara a esos señores, responderían, acaso con el mismo asombro y falsa resignación, que todos ellos son partidarios acérrimos de la igualdad de la mujer. Teniendo en cuenta lo mal que están gestionando el país, ni siquiera recurren al cinismo del gatopardesco príncipe de Salina: contar con mujeres hechas a su medida, para que todo siga igual. O sea, que además tampoco deben de ser muy inteligentes.

Más que sus trajes caros o sus corbatas,  intercambiables y aburridas, llamaban la atención sus rostros. Los de algunos causaban espanto. Si se tuviera que rodar una película con el Infierno del Dante se les podría escoger y no precisamente de extras. Al ser viejos bastantes de ellos, sus facciones estaban ya muy hechas, en unos era la soberbia la que primaba, en otros la turbiedad, en otros la dureza, su fosilización, miradas astutas, arteras, rictus de desprecio, de engreímiento, de vanidad... Incluso cuando sacaron riendo a algunos, no se traslucía nada tranquilizador de esa risa. Al contrario. Banqueros, hombres de empresa, especuladores, agiotistas que por cómo hablaban o dejaban ver los tirantes al ponerse la chaqueta o cerraban la puerta del coche, daban la impresión no de estar allí convocados por el presidente del gobierno, sino de ser ellos quienes lo habían llamado para leerle la cartilla y decirle las cosas que tenía que hacer con el fin de que sus negocios marcharan a su plena satisfacción, tal y como harían con su cochero, su cocinero, su palafrenero o su zapatero. Sin embargo uno sólo pensaba viéndoles: ¿cómo podrán vivir sin mujeres al lado a las que preguntar, con las que discutir en el mismo plano de igualdad? ¿No se aburrirán de sí mismos, de sus conversaciones, de sus lugares comunes? Fue entonces cuando advertimos algo extraño: bajo tanto aplomo, se traslucía el pánico. Asustados como niños, su orfandad de la mujer causaba una pena infinita.

         [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de mayo de 2011]


1 comentario:

  1. ¡Qué bien!Gracias al BLOG podré leer todos los lunes su artículo semanal sin tener que esperar a Los desvanes.Gracias.

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