9 de febrero de 2014

Trabajar para ser pobre (A propósito del Greco y el Rastro) (y 6)


El dibujo, una hoja de 24x20 centímetros, representa este mismo paisaje del Metropolitan, y que es el mismo lo atestigua la torre de la catedral a la izquierda del Alcázar, tal y como la pintó el Greco. Este la puso ahí, porque de haberla representado en su emplazamiento real, desviada y a la derecha, no habría cabido en el cuadro. Por otro lado el conjunto de edificios que aparecen en el cuadro en el margen izquierdo y que no responden a ningún edificio conocido de la época, tampoco figuran en el dibujo, y al igual que hiciera el Greco, en el dibujo están exageradas la altura del Alcázar y la pendiente que conduce a él, y desviado el curso del río. Lo demás es todo igual, aunque esbozado de una manera postcézanniana, si puede decirse así. De no estar dibujado en un papel de hilo, con su verjura, y con una tinta que se ha oxidado y desvaído hasta parecer vinagre, podría haber pasado por el esquicio de un Vázquez Díaz, de un Moreno Villa o de un Maroto, pintores que yo creo han imitado en sus paisajes, entre otros artistas modernos, el estilo de este paisaje del Greco.

¿Es bonito el dibujo? Como tantas otras cosas. Si el dibujo fuese de “alguien”, desde luego; siendo de “nadie”, quiero decir, de un anónimo, menos. Así que hice lo que suele hacerse en estos casos con las obras de autores desconocidos: buscarle una paternidad. Llamé a Alfonso Pérez Sánchez, el antiguo director del Prado y uno de los especialistas más reconocidos en pintura española del siglo XVII.

Desde que Pérez Sánchez y yo habíamos intentado una combinación como jurados de los premios Príncipe de Asturias en 1996 para intentar darle el de las Artes a nuestro amigo Gaya (con ninguna fortuna, conviene recordar), nos habíamos visto en algún sitio, por ahí, conferencias, presentaciones, pero no en su casa.

Estaba bastante repuesto del ictus que lo había dejado en una silla de ruedas, pero llevaba en aquel momento una vida normal, aunque sin salir a la calle, dedicado a sus estudios.

Pérez Sánchez, aparte de ser un especialista en pintura del XVII, era aún más si cabe, un experto y coleccionista de dibujos de esa época, y también un gran aficionado al dibujo y la pintura española contemporánea (la suerte le había sonreído también a él, llevándole a un lote de dibujos y obras de Moreno Villa, que compró en el Rastro en los sesenta a un viejo que había sido bedel de CSIC, organismo al que se había incorporado después de la guerra el Centro de Estudios Históricos en el que había trabajado Moreno Villa en cuyo despacho quedaron, cuando este abandonó Madrid en noviembre de 1936, parte de su biblioteca y algunos de sus cuadros y dibujos: a esto me refería antes con lo del cesto de cerezas).

Se quedó intrigadísimo con el dibujo que le llevé. Me preguntó, como es natural, la procedencia. El lugar en el que las cosas se manifiestan o revelan  son determinantes a menudo para conocer su naturaleza. Como cualquiera puede comprender, no era lo mismo haber encontrado ese dibujo en la testamentaría del Greco que haberlo comprado a unos gitanos del Rastro. A la semana siguiente, por cierto, le pregunté al gitano de dónde procedía el lote, y su respuesta evasiva tampoco nos sacó de dudas.

“El papel es bueno”, corroboró Pérez Sánchez, “y el precio también”. Quería decir que nadie falsifica un dibujo del siglo XVII para venderlo por diez euros. Pero del dibujo le resultaba imposible concluir nada: demasiado esquemático. Según él lo mismo podía ser del pintor, que de su hijo o de un secretario, de la condesa de Añover, por ejemplo, que hubiera querido adjuntarlo en el inventario, como a veces sucede. El hecho de que incluyera la torre de la catedral en el emplazamiento ficticio que le dio el Greco, pero no las casas de la izquierda, le parecía un hecho relevante, pero del que no podrían derivarse deducciones fiables. El estudio comparativo con otros dibujos tampoco podía ser concluyente, porque apenas se conservan dibujos del Greco. Algunos trazos eran sumamente habilidosos y sueltos, y otros en cambio muy torpes. Pérez Sánchez me recordó lo que decía Palomino del Greco: “Lo que hizo bien, ninguno lo hizo mejor, y lo que hizo mal ninguno lo hizo peor”.

El dibujo está en nuestra casa, enmarcado por Divina Ulecia en un marco original del XVII que nos costó treinta veces más que el dibujo, y aunque resulta abusivo asegurar que sea del Greco, lo cierto es que cuando lo presentamos a alguna visita a quien llama la atención, y entre nosotros mismos, nos referimos a él como “el dibujo del Greco”.

El “Retrato de Toledo” es una pintura extraña que sólo se entiende desde la modernidad del siglo XX, concretamente desde el expresionismo, pero no a la manera en que se entenderían las vistas de la Villa Médicis de Velázquez como un claro antecedente del impresionismo. Todo lo que en estas es naturalidad y serenidad, es originalidad y perturbación en aquél. Cielo y suelo en él son bien extraños. Hay algo inquietante en esa luna velada por nubes fantasmagóricas y apocalípticas, y algo más inquietante aún en esos verdes color hiel y “crueles tonos”, “distintos y desunidos” a los que se refirió con suficiencia el tratadista Francisco Pacheco, contemporáneo del Greco, o “la desazón de los colores”, a la que se refirió el Padre Sánchez. El conjunto nos sobrecoge, desde luego, aunque a mi modo de ver más por la personalidad del pintor que se trasluce en el cuadro, que por este, una especie de aquelarre toledano. Claro que esta opinión podrá verse descatalogada dentro de otros trescientos años, y aun muchos menos, porque en esto del arte las leyendas viajan en todas las direcciones a una gran velocidad.

Para terminar sólo dos cosas más. La primera: Pacheco saliendo al paso a los que creían que esos “tonos crueles” y los “colores distintos y desunidos” habían sido una “valentía” del Greco, algo deliberado suyo y sostenido contra viento y marea, como una genialidad, dice que no lo creía en absoluto, porque precisamente esa manera de pintar le había hecho fracasar. “A esto le llamo yo trabajar para ser pobre”, sentenció Pacheco con desdén y sarcasmo. Creo que en el origen de la admiración de Cossío y los del 98 por la pintura del Greco estaba precisamente eso, el modo en que este mantuvo firme su visión del mundo, sin importarle trabajar para ser pobre. Aunque esto fuese también una leyenda, porque el Greco, a despecho de lo que dijo Pacheco, se hizo relativamente rico con su trabajo y llevó una vida espléndida y refinada: “Ganó muchos ducados, más los gastaba en demasiada ostentación de su casa, hasta tener músicos asalariados, para cuando comía gozar de toda delicia”, nos dirá de él Jusepe Martínez, poniendo en entredicho esa idea de un Greco ascético y partidario del flagelo.

Y la última: la gente a la que solemos mostrarles este dibujo, copia, esbozo o lo que sea, suele poner cara de incredulidad o escepticismo, sin duda porque nuestra casa no debe de parecerles a tono o a la altura de una obra original del Greco. Y llevan razón. Aunque nadie podrá negarnos jamás que el Rastro es generoso con quienes lo frecuentan, regalándonos sus historias, por ejemplo esta que acabo de contar, con la que acaso el “Retrato de Toledo” esté más emparentado de lo que jamás llegue a averiguarse.
                                                                                                  (Las Viñas, agosto de 2013)


Dibujo. Escuela española, s. XVII.

8 comentarios:

  1. Por solo 20 € (desde 50), esta misma madrugada un gitano del Rastro me ha vendido la lista de las letras que cantando se cruzaron los duques una larga noche de juerga en Marivent. No hace mucho, según él.

    Mía tú si soy güen gitano
    Que t’ entrego cuatro riales
    E cuatro y medio que gano.

    Soy más gitana qu’ er gayo;
    Náide me lo contradiga;
    Er gachó que me camele
    Ha de pasá faitiguillas.

    Ben acá, mala gitana,
    T’ has güerto como er dinero;
    Que anda e duana en duana
    jasta que l’ echan er seyo.

    Gitaniya como yo
    No la tienes de encontrar,
    Aunque se buerba gitana
    Toíta la cristiandá.

    Por interés der dinero,
    Te fuistes de la cabesa;
    Dijistes qu’ eras gitana,
    Te gorbistes montañesa.
    [¿O “mu duquesa”?]

    La noche del aguasero
    Me tapastes con tu capa
    En la esquina er mataero.

    Ben acá, mala gitana,
    ¿Qu’es lo que quieres de mí,
    Si ando pidiendo limosna
    Pa que no te farte a ti?

    La noche de los granisos
    Me tapastes con tu capa
    En la esquina er Paraíso.

    ¡Pícaros gitanos,
    Caras de carnero,
    Que al Niño Jesús
    Lo han dejado encueros!

    ―Gitano, ¿por qué vas preso?
    ―Señor, por cosa ninguna:
    Porque he cogío un ramá
    Y etrás se vino la mula.

    Caminito de Antequera
    Preso llevan á un gitano,
    Porque se encontró una capa,
    Antes de perderla el amo.

    Esta gitana está loca,
    Loca que la ban a atar;
    Que lo que sueña de noche
    Quiere que sea verdad.

    Fue mi mare una gitana
    Y mi pare un cabayero…
    D’esos que pescan cabayas
    Entre la niebe y er yelo.

    Mi moreno me ayudó
    A subir las escaleras;
    [¿A bajar aquella cuesta?]
    Vale más mi morenito
    Que toda la España entera.

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    1. Qué bueno comprobar cómo, al igual que en tiempos dieciochescos o decimonónicos y goyescos, los miembros de la monarquía española bajan de sus altezas a gustar de lo plebeyo codeándose con el pueblo más pueblo de todos: el gitano. Con ello, sin duda, la República española tendrá que seguir esperando muchos años.

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    2. Rodríguez Marín recoge más de cien cantos carcelarios. Copio siete. Que la juerga prosiga en la cárcel.

      Si acaso te preguntaren
      Nunca niegues la mentira:
      La verdá por las espardas,
      Y el escribano, qu’ escriba.

      Caena que m’ aprisionas,
      Calaboso, aquí me tienes:
      Pague mi cuerpo er delito
      Y no paescan mis bienes.

      Er pajarito en la jaula
      Se dibierte en el alambre,
      Y yo m’ estoy dibirtiendo
      Con las rejas de mi cárse.

      Ya me sacan de la cárse
      A cajitas estemplás;
      Me ponen a sacar piedras
      De las oriyas der má.

      Corrersioná e Seuta,
      Mar fin tenga é:
      Que ya me duelen – tós mis güesecitos
      E roá por é.

      Si el rey de España supiera
      Lo que a los presos les pasa,
      De cárcel en cárcel fuera,
      Echándolos a sus casas.

      A mí me ban a matá;
      Dime, prima, qué te debo,
      Que te lo boy a pagá.

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  2. "La Sagrada Familia con Santa Ana" es un cuadro precioso. El rostro de la Virgen es muy bonito y lleno de vida. Si este pintor hubiera nacido en Francia, estaríamos ante uno de los más grandes...

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  3. Bueno en Francia a su mejor pintor que dicen fue Cezanne le pasó un poco como a El Greco , ambos son de los más grandes y lo importante es que sus cuadros no cambien de ubicación .

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  4. Estupenda novela por entregas y bellamente ilustrada.
    Los personajes muy bien retratados, incluído Pérez Sánchez.
    Gracias. Victoria

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  5. Qué cosa más fascinante y que bien contada. Siempre es un placer leerle.

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  6. Magistral relato , me ha recordado a Chaves en Belmonte . Hay que escribir para compartir como hace usted , los textos adquieren más fuerza y eso se palpa , por otro lado me gustan las referencias porqué el aprendizaje colateral es clave ( me ha gustado mucho Vazquez Diaz ) y usted al fin y al cabo es un maestro del arte de escribir . Se tiene que dar cuenta que está escribiendo a un nivel que le pone muy arriba . Me da un poco pudor decir esto pero nobleza obliga y puede resultar interesante para los lectores

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