5 de febrero de 2014

Trabajar para ser pobre (A propósito del Greco y el Rastro) (2)


En 1936, al estallar la guerra civil, la historia del Greco, como pintor genial desdeñado durante tres siglos y rehabilitado hacía tres décadas, era conocida por todos. En veinte o treinta años El Greco se había convertido en un artista muy popular, aunque no tanto por sus valores estéticos (no se pasa de Murillo al Greco de la noche a la mañana), como por el aumento exponencial de su cotización. A la gente le gusta el cuento del patito feo porque acaba en cisne, y el plomo que se convierte en oro, quiero decir que las personas, desesperadas por no hallarle un sentido a la vida, nos perecemos por los relatos con final feliz, y el oro se tiene a menudo por un buen final. Cervantes nos lo recordó a propósito de la herencia de don Quijote y cómo ésta les consoló a sus deudos, y Stendhal ironizó sobre todo ello de un modo sutil e insuperable poniendo al pie de su novela “To the happy few”. En fin, se hubiera creído que la Historia estaba diciendo con respecto al Greco: bien está lo que bien acaba, y así, por su valor mítico, hay que entender que el Greco y unos cuadros suyos protagonicen uno de los relatos de guerra del ya célebre A sangre y fuego, de Chaves Nogales, y la obra de teatro de Buero Vallejo, también ambientada en la guerra civil, Misión al pueblo desierto. Con todo esto se quiere significar que el Greco, que había dormido en el olvido tres siglos, pasaba de puntillas por la Historia, para aposentarse definitivamente en la mitología.

A esa mitología contribuyó, qué duda cabe, Manuel Bartolomé Cossío. La mayor parte de las leyendas sobre El Greco tuvieron un origen real en casos que él documenta o en hallazgos de los que fue testigo. El de este cuadro o paisaje de Toledo, por ejemplo: él fue quien lo dio a conocer, atribuyéndolo de manera inequívoca al Greco.

A Cossío debemos también no sólo uno de los grandes libros que se hayan escrito o se vayan a escribir sobre el Greco, sino el tono sumamente cordial con el que hablaba de su pintura. Al margen de su lenta gestación, entre quince y veinte años, fue el primero que se hizo eco de una sensibilidad nueva respecto a ese pintor menospreciado y olvidado, y al mismo tiempo sirvió para amplificarla y consolidarla, con la complicidad entusiasta de algunos artistas escogidos como Zuloaga, Rusiñol o Beruete y casi todos los escritores del 98 (ver la magnífica y extensa semblanza que de Cossío escribió en los años sesenta Julio Caro Baroja, publicada en sus Semblanzas ideales).
                                                                             (Continuará mañana)


Manuel B. Cossío, El Greco. Victoriano Suárez, Madrid, 1908. Tomo I, edición en tela. Tomo I, edición rústica. 

3 comentarios:

  1. Del libro de Caro Baroja; "Para mí, por otra parte, y considerándolo como , los hombres de la generación de Cossío y de otras posteriores que descollaron en la vida intelectual y artística, dentro de cauces parecidos, fueron hombres de una ingenuidad enorme, en un país de gente astuta, ya que no inteligente. Se dieron cuenta de muchas y lacerías, pero juzgaron que había fórmulas generales o particulares para sanar de ellas. Creyeron en la Pedagogía, en la Ciencia, en el Arte. Creyeron incluso en la virtud de los cambios políticos. Conocieron a España con buenos ojos. Acaso conocieron menos a los españoles o a cantidad de ellos".

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    1. "Para mí, por otra parte, y considerándolo como ELOGIO, los hombres de la generación de Cossío (...) Se dieron cuenta de muchas LACRAS y lacerías, pero juzgaron que había fórmulas generales o particulares para sanar de ellas."

      De LACERÍA, el DRAEL sólo recoge esta acepción:

      "1. f. Conjunto de lazos, especialmente en labores de adorno."

      Eso es todo. A ver el Cobarruvias:

      "LACERÍA. Vale tanto como miseria, mezquindad, desarrapamiento, pobreza exterior, trabajo, necessidad. Dixose de "lacer, laceri et lacerus, lacera, lacerum", por la cosa despedaçada, handrajosa y maltratada; pero llamamos comúnmeste [sic] lacerado al avariento que, teniendo con qué poderse tratar bien, anda roto y mal vestido, y lo que ha de gastar para sí o para otro, lo despedaza y desmenuza haciéndolo çaticos (*); y lacerar las cosas es gastarlas o darlas con esta escaseza. Algunos quieren se aya dicho de Lázaro, mendigo; cada uno tomará lo que le pareciere más a propósito.

      (*) ÇATICO. Vale pedaço; vocablo español antiguo. Diçe un proverbio: «Del pan de mi compadre, buen çatico a mi ahijado», quando uno haze liberalidad de la hazienda agena, como el que es combidado, y llama a su muchacho y le da lo que está en la mesa con liberalidad. Otro proverbio diçe: «Romero ahito saca çatico», el pobre rehacio y porfiado que, no embargante le ayan despedido se está quedo, quando no sea por caridad le dan por su importunidad limosna. El hito vale fixo y quedo sin mudarse de un lugar. El padre Guadix dize que este nombre es arábigo, del verbo «çadaq» que vale mendigar. Otros entienden ser hebreo, «çatico quasi» catico, de «caton, parvum» porque lo que el pobre pide es un bocado de pan y las migajas que caen de la mesa del rico”.

      Y también en el Tesoro:

      “LACRA. La cosa que en sí es digna de lágrimas, por la compasión que haze, «a lacryma»”.

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  2. Me alegra leer estas cosas y haber conocido la figura de Manuel B. Cossio , si conozco la obra del pintor Pancho Cossio y es que salvo excepción todo el arte pasado fue mejor . Por cierto se ha censurado una muestra artística en el Ayto de Salamanaca ya que salían las jetas o rostros de Rajoy , Barcenas y la benjamina .

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