29 de febrero de 2012

Profesiones y oficios (3)

VENÍAN los lañadores no sé de dónde, de muy lejos en todo caso, hombres solitarios, sin afeitar y con ropas remendadas. A mí me parecían viejísimos y de aspecto lobuno. La gente les traía de las casas lebrillos, vasijas y platos averiados que precisaban de lañas, se los dejaban y se iban descuidados. Aquellos hombres viajaban con su taller a cuestas y trabajaban en la misma calle, sentados en el suelo, en cualquier sitio, en verano a la sombra, en los portales si llovía, con la pieza que iban a reparar entre las piernas y un martillo en la mano que manejaban con tanta delicadeza como precisión. Le daban unos golpecitos a un tiempo suaves y firmes, sin temor a quebrar la cerámica, unos toques que podían recordar al martillo que usan los médicos para buscar reflejos en la rodilla de un paciente. Sonaban muy bien aquellas notas en el barro, como si llevasen el ritmo de una canción que les rondara el corazón.
Me recuerdo de niño mirándoles trabajar hasta que ya no tenían más cosas que componer. Entonces metían sus herramientas y lañas en un saco, se lo echaban al hombro y se iban a otra parte de la ciudad buscando recomponer el mundo.
Otras veces aparecían los paragüeros, y componían los paraguas que llegaban a sus manos como grandes murciélagos con los brazos y piernas rotos, y, más a menudo, los afiladores que solían venir de Galicia arrastrando aquel bonito artilugio suyo, tan dadaísta, precedidos por el arpegio característico de su silbato o chiflo. La gente acudía con cuchillos, hachas, navajas y tijeras y el hombre empezaba a mover con el pie la enorme rueda que a su vez movía aquella muela de la que salía una cascada de centellas que nosotros tratábamos de apresar en el aire como luciérnagas. Cuando terminaba su trabajo en aquel lugar, plegaba su máquina davinciana y se iba haciendo sonar su caramillo y le seguíamos como si fuese una versión proletaria del flautista de Hamelín.


Afiladores

18 comentarios:

  1. El trabajo artesanal se está perdiendo y es una verdadera lástima. Cada vez que veo a alguien haciendo algo con sus manos, sea pintar, coser, cocinar o arreglar algo en casa me maravilla la paciencia, el tiempo que se dedica a hacerlo. Las manos son mágicas: escriben, tocan un piano y hasta nos curan de los males. Debería prestarse más atención a las manos. Magnífica entrada, Sr. Trapiello, como siempre.

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  2. La cultura del usar y tirar nos ha dejado huérfanos de esas profesiones. En mi pueblo todavía aparece cada dos meses el afilador, yo corro a llevarle los cuchillos más por nostalgia que por necesidad del acero.
    Preciosa entrada.

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  3. Qué curioso el llamar silbato y flauta a lo que un día descubrí precisamente por usted que se llama caramillo. Y me gustó.
    Saludos

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    1. Busqué esa palabra en mi memoria, como tan a menudo nos sucede, y como no la encontré en unos minutos, seguí mi camino. Gracias por recórdarnosla a todos. En internet he encontrado ahora, sin embargo, la palabra que se usaba en León, llegada directamente de Galicia: chiflo y chiflar, esta, como verbo, con sus matices preciosos de chiflado y de chiflar, en un caso, de tener la cabeza agujereada y en la otra en el sentido de tener sorbido el seso por algo o por alguien. Corro a ponerlas donde tenían que haber estado desde el principio.

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    2. Buenas. Llego tarde. La chifla es una de las herramientas utilizadas para rebajar el canto de las pieles para encuadernar, a fin de facilitar su doblado sobre el canto del cartón de la tapa y el borde del lomo. Además, facilita la confección de las cofias y las gracias del libro. El chiflado es el resultado, el canto de la piel rebajado (una banda de unos dos centímetros ). Chiflar es, lógicamente, rebajar la piel

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  4. El caramillo es ahora la banda sonora del camioncito de congelados. Pero al oírlo, quién no ve al afilador. Saludos

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  5. Pues lo mismo, al paso que va el carrito del lechero, quizá reaparezcan algunas de estas profesiones, porque no está el tiempo ni para tirar paraguas... Aunque con lo que está lloviendo... ¿Existen aún los zahoríes?

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  6. Gracias Andrés por traernos esos recuerdos de otra época, ni mejor ni peor simplemente distinta, me acuerdo de esos hojalateros o componedores, lo de lañadores creo que era poco utilizado en nuestra zona, que se ponían en la parte alta de la calle Ronda o de la calle La Cuesta y mientras un componente de la familia iba a voces anunciando su presencia el “maestro” componía cuchillos, tijeras, paraguas y aquellas cazuelas de porcelana roja que desportilladas en su fondo ya perdían el caldo, y las arreglaban con un remache de plomo, y no es que no fuera venenoso el plomo de entonces sólo que como no lo sabíamos éramos más felices. Repito, muchas gracias, total sólo han pasado 50 años

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  7. Na Costa da Morte se le llamaba y llama "chifro". Se les llamaba pero ya no se les llama "sarilleiros" a los lañadores, a mí me lo contó mi abuela, y ya ella se quejaba de que no había de eso. Lo que sí vi con mis propios ojos fue al "afiador", ya montado en bicicleta, eso sí, y moviendo la rueda de afilar aprovechando el pedal y la cadena. Cuando oíamos chifrar nos poníamos como locos a buscar qué había para afilar, y el último afiador que vi resulta que arreglaba paraguas también.
    El oficio que a mí me gustaba era el de "paneiro", que traía en unos fardos enormes, que cargaba directamente al hombro, colchas rameadas, sábanas , manteles bordados, ¡"panos da cabeza"!, y lo que a mí me tenía fascinada, ¡joyas! desenrollaba una manta de joyas (la primera que vi en mi vida y no sabía que se llamaban así)y servidora no perdía ripio, de las medallas y anillos de sello y las esclavas para grabar el nombre. El señor que se dedicaba al oficio, tenía en un dedo un anillo que muchos años después supe porque lo leí en uno de los libros más extraordinariamente bonitos que existen, que se llamaban "tumbagas".Era enorme, y con una piedra roja. No necesito ni cerrar los ojos para verlos, al anillo, al señor y al fardo abierto en el suelo de la cocina, incluso alcanzo a ver a la niña que ni pestañeaba por si se perdía algo...
    Gracias Sr. Trapiello para darnos pie (y tan bueno) a contar todo esto.

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  8. un maravilloso texto, sí, recuerdo la chifla, en mi pueblo segoviano, y el de la chifla, que era el encargado de soplarla, para que salieran las vacas de las casas como sonámbulas, o para anunciar que había venido la Marta, con pescado y frutas en la plaza del sol, aquel pregonero, qué cantarina voz, ni Garzón.
    saludos

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  9. Paraguas como grandes murciélagos... No menos antiguo ni bello ni necesario el oficio de poeta. Gracias.

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  10. Muy guapas las tres entradas sobre profesiones y oficios. Enhorabuena.

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  11. Un oficio muy honrado y necesario fue el de sustanciero, personaje provisto de un hueso de jamón que iba por las casas introduciendo el mismo en las ollas para dar sabor al caldo
    Saludos

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  12. Recuerdo cuando era un niño ver llegar un carromato de gitanos que recogian ropa vieja, a cambio te regalaban animales y figuras hechos con globos, es una artesania que se llama globoflexia y también la ejecutan los magos. El oficio supongo es globoflexico, aunque igual tiene otra denominación. El afilador también tapaba agujeros de las cazuelas y su instrumento músical se podria llamar zampaña, entre otros nombres
    Chao, LOM

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  13. Ojalá este almanaque se convierta en libro y podamos releer estas entradas maravillosas.Muchas gracias.

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  14. A propósito de chiflo o chifla y oficios manuales, chifla es la herramienta con la que los encuadernadores rebajan la piel con la que cubren el libro. Estarían bien unas líneas de AT sobre la encuadernación.

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  15. Dos cosas. Una: decir, como Ana, que "el trabajo artesanal se está perdiendo" después de leer una entrada como ésta, es de juzgado de guardia. Escribir (como el arte en general, el arte que de veras lo es) es el mayor de los trabajos artesanales. Se están perdiendo las (o, mejor, ciertas) artesanías manuales, lo cual es lástima, pero no es todo.

    Y dos: leí hace ya tiempo, no recuerdo dónde (podría haber sido en un texto del propio AT) que alguien, la primera vez que vio creo que en Sevilla una bicicleta, dijo: "¡er afilaó, que s'ha vuerto loco!". Se non è vero..., por lo menos es divertido.

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