10 de octubre de 2012

Un libro viejo

EN la infinita bibliografía sobre la guerra civil, este libro raro, desconocido para mí al menos y encontrado hace unos días, es otro más. Su autor, "Daniel España", oficial de prisiones sobrevenido (Álvaro Portes antes de la guerra actor, y en la guerra destinado en la cárcel de San Antón, calle Hortaleza), no se molestó mucho en encontrar seudónimo para él: Daniel por la espelunca de los leones y España, frente a Rusia. Es un libro decepcionante, excepto por esa cubierta tan alemana, dibujada por alguien que parece discípulo de Ámster. En sus páginas comparecen, cómo no, y mucho, Pedro Luis de Gálvez, aunque con nada que no hubiésemos leído antes, y Muñoz Seca, con anécdotas de repertorio y una acusación directa: lo asesinan por la desidia criminal del poeta bohemio. Cuando el autor publica ese libro, Gálvez sigue con vida en la cárcel de Yeserías, abrumado por las denuncias estereofónicas que le sitúan durante la guerra al frente de una partida de facinerosos sanguinarios. Jura Daniel España en las primeras páginas por lo más sagrado que nada de lo que contará será mentira, y le creemos. Pero como en tantos testimonios parecidos sospechamos que lo importante no es lo que ha relatado, sino lo que ha quedado sin contar: no por qué alguien como él pudo sobrevivir en el Madrid revolucionario, sino cómo. Cómo sobrevivió, qué hizo para sortear la muerte durante los casi mil días que duró la guerra. La verdadera novela. Lo que llevó a la imprenta no pasa de ser la confesión patética de alguien que ha de seguir salvando su pellejo, esto que tanto aprecia el ser humano.

Cárceles rojas. Memorias de un oficial de prisiones sobre las cárceles y checas de Madrid, de  Daniel España (pseudónimo de Álvaro Portes). Librería General de Victoriano Suárez, Madrid, 1939.



6 comentarios:

  1. Sí, don Elías Canetti “Cañete”, judío sefardí nacido en Bulgaria que ayer volvió a levantar el hacha aquí. Por si apetece, págs. 43-45 de “La lengua absuelta” (Muchnik Editores, Barcelona 1980):

    EL ATENTADO

    « Mi prima Laurica y yo éramos inseparables compañeros de juegos. Ella era la hija menor de la tía Sofía, que vivía en la casa de al lado, pero tenía cuatro años más que yo. Nuestro dominio era el jardín del patio. Laurica cuidaba de que yo no saliera a la calle, de todos modos el patio era grande y allí podía moverme a mis anchas, sólo me estaba prohibido trepar al borde del pozo: un vez un niño se había caído y se había ahogado. Sabíamos muchos juegos y nos entendíamos bien, era como si la diferencia de edad entre nosotros no contara. Teníamos escondites comunes que no revelábamos a nadie, en ellos acumulábamos pequeños tesoros en común, y lo que uno tenía pertenecía también al otro. Cuando me regalaban algo corría inmediatamente diciendo: “¡Tengo que enseñárselo a Laurica!”. Entonces decidíamos en qué escondite lo guardaríamos y jamás nos peleábamos. Yo hacía lo que ella quería, ella hacía lo que yo quería, nos queríamos tanto que siempre queríamos lo mismo.

    » (...) Después, Laurica empezó a ir a la escuela ausentándose por las mañanas. La echaba mucho de menos. Jugaba solo, esperándola, y cuando volvía a casa la iba a buscar al portón del patio y le preguntaba qué había hecho en la escuela. Ella me lo contaba, yo me lo imaginaba y anhelaba acompañarla a la escuela para estar con ella. Un día, poco después, volvió con un cuaderno: estaba aprendiendo a leer y a escribir. Lo abrió solemnemente ante mis ojos, estaba lleno de letras en tinta azul que me fascinaron más que todo lo que había visto hasta entonces. Pero cuando quise tocarlo se puso repentinamente seria. Dijo que no debería hacerlo, solamente ella podía tocarlo, le estaba prohibido soltarlo. Esta primera negativa me hirió profundamente. Pero todo lo que conseguí con mis tiernas súplicas fue poder señalar las letras sin poder tocarlas, preguntando al mismo tiempo su significado. Una vez me contestó y me dio cierta explicación, pero me di cuenta de que no estaba segura y que se contradecía, y como estaba ofendido por su negativa, dije: “¡No sabes nada! ¡Eres una pésima alumna!”

    » Desde entonces mantuvo siempre el cuaderno apartado de mí. Pronto tuvo muchos cuadernos más y yo sentía envidia por cada uno de ellos; ella lo sabía muy bien y así empezó el terrible juego. Su relación conmigo cambió por completo y ahora me hacía sentir lo pequeño que yo era. Día a día se hacía de rogar, día a día me negaba el cuaderno. Quería atormentarme y prolongar la tortura. En realidad no me sorprende haber llegado a aquel desastre aunque nadie hubiera podido suponer que tomara semejante forma.

    (CONTINÚA EN OTRO COMENTARIO)

    ResponderEliminar
  2. (CONTINUACIÓN)

    » Un día, que ya nadie olvidaría jamás en la familia, estaba yo, como siempre, esperándola en el portalón: “¡Déjame ver lo que tienes escrito!”, le supliqué apenas hizo su aparición. No dijo ni una palabra, yo supe a partir de ahí que todo estaba por empezar otra vez y que ya nadie podría separarnos. Lentamente se desprendió de la mochila, lentamente sacó el cuaderno, lo hojeó lentamente y me lo pasó como una exhalación por delante de las narices. En esto lo agarré, ella tiró de él y salió disparada. De lejos me enseñó el cuaderno abierto mientras voceaba: “¡Eres demasiado pequeño! ¡Aún no puedes leer!”

    » Traté de atraparla, corrí tras ella de un lado a otro, imploré y supliqué por el cuaderno. A veces me dejaba acercarme mucho, al punto que casi creía agarrarlo y en el último instante lo retiraba y huía. Tras hábiles maniobras conseguí acorralarla a la sombra de un muro no muy alto de donde no podía escapárseme. Ahora estaba en mis manos y empecé a gritar furibundo: “¡Dámelo! ¡Dámelo!”, con lo que pedía tanto el cuaderno como la escritura que éste contenía, para mí una sola y misma cosa. Ella alzó los brazos con el cuaderno, muy alto, por encima de su cabeza; era mucho más alta que yo, y lo dejó encima del muro. Imposible alcanzarlo, era [yo] demasiado pequeño, salté, salté y jadeé, pero era inútil, ella estaba junto al muro y reía socarronamente. De pronto la dejé allí y me dirigí al patio de la cocina por el largo camino que rodeaba la casa: quería el hacha del armenio para matarla.

    » Allí estaba la leña amontonada y cortada, el hacha estaba al lado, el armenio no estaba. Levanté el hacha y llevándola recta frente a mí, volví a recorrer el camino con una canción homicida en los labios: “¡Agora vo a matar a Laurica! ¡Agora vo a matar a Laurica!”

    » Cuando me vio agarrando firmemente el hacha con las dos manos echó a correr a gritos. Chillaba como si ya la hubiera golpeado y herido con el hacha. No paraba de chillar cubriendo así mi grito de guerra que seguía recitando sin parar, aunque en voz no especialmente alta: “¡Agora vo a matar a Laurica!”

    » El abuelo salió precipitadamente de la casa armado de un bastón, corrió hacia mí, me arrebató el hacha de las manos y me vociferó encolerizado. Ahora las tres casas del patio ajardinado se pusieron en movimiento; mi padre estaba de viaje pero mi madre convocó una reunión familiar para deliberar sobre el niño homicida. Fue inútil que yo adujera al infinito que Laurica me había torturado. Que yo, a los cinco años de edad, hubiera tomado el hacha para matarla resultaba inconcebible para todos, como resultaba inconcebible que hubiera podido transportar la pesada hacha de aquella manera. Creo que comprendieron lo que para mí significaba la escritura, eran judíos y para ellos la “Escritura” tenía gran importancia; sin embargo debía de haber algo muy malo y muy peligroso dentro de mí como para que hubiera querido matar a mi compañera de juegos.

    » Fui severamente castigado, pero mi madre, también muy asustada, se consoló diciendo: “Tú mismo aprenderás muy pronto a leer y a escribir. No tienes por qué esperar para ir a la escuela. Aprenderás antes.»

    ResponderEliminar
  3. se le escapó viva entonces la trucha truculenta de la vida a este Daniel España.
    saludos

    ResponderEliminar
  4. Checas, paseos o paseíllos (horrendo símil taurino), sacas, paredones... Qué palabras tan feas y malsonantes se usaban en el aquelarre de la sangre y el odio.

    Aquello sólo podía acabar de dos maneras: con un Estado fascista (dictadura militar de derechas) o con un Estado comunista satélite de la URSS (dictadura stalinista).

    La tercera España (porque no había dos Españas, sino tres -sólo que esta última muy pequeñita-), o sea, la España liberal y democrática, no tenía opciones.

    (Hoy en zUmO dE pOeSíA publicamos un poema de Juan Gelman.)

    ResponderEliminar
  5. Tiene pinta que fue un delator
    Saludos

    ResponderEliminar
  6. "No tienes por qué esperar para ir a la escuela. Aprenderás antes".

    "No tienes que esperar a ir a la escuela. Aprenderás antes" parece mejor.

    Un fallo lo tiene cualquiera. Traductores tantas veces mal pagados, por otra parte.

    ResponderEliminar