31 de octubre de 2012

Aurora y tramonto de la luna

ACASO lo que caracteriza la aparición de la luna sea el paso siempre misterioso con que lo hace, la majestad con la que asoma, la soledad que lleva consigo, palpable en el modo silencioso con el que las estrellas todas se van apartando de su lado hasta dejarla en lo más alto completamente sola.
Pero de todo su recorrido, el amplio trazo con el que apuntala la bóveda celeste, tal vez sean esos primeros momentos, los de su aurora, en los que se desembaraza de su horizonte, los más hermosos, los más estremecedores. Asistimos a ellos con el ánimo encogido, como a la aparición de una gran actriz que al salir a escena ha hecho que cesen hasta los roces de las sedas y satenes de los espectadores del teatro abarrotado, quienes acaso temen que no vaya a estar a la altura de la expectación que ha despertado, bien porque haya olvidado su papel, bien porque no siempre podemos estar a la altura de los silencios sobrehumanos. 
Así la luna ayer. Se fue abriendo paso entre las ramas de los seculares e inmobles alcornoques de lontananza y de las muy ligeras y pascalianas cañas de nuestro lado, para acabar subiéndose a un cielo que la iba a arropar con nubes negras de tormenta. Lo que luego sucedió fue aún más misterioso, pues apenas había asomado, cerró de nuevo la puerta tras de sí. Su aparición apenas duró unos minutos, y la aurora y el tramonto se confundieron, como si fuesen anverso y reverso de una misma moneda. En realidad, la gran actriz, la emperactriz de las tablas, podríamos decir, salió a escena para leer este breve comunicado: "Por razones ajenas a la empresa, se ha suspendido la sesión".
Y así, mohínos y desconcertados, vednos a los espectadores levantarnos e irnos sin saber cuándo podremos verla de nuevo, y en qué papel.

Las Viñas, 29 de octubre de 2012.

2 comentarios:

  1. la luna es diva que a algunos hombres más que en lobos transforma en ruiseñores.
    saludos

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  2. Cuántos poemas, músicas y apasionamientos se ha guardado consigo la luna de todas las noches. Cuántas muertes y vidas ha sabido acoger en su regazo como una madre insomne.

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