15 de octubre de 2012

Y después, nada

A raíz de la muerte de Santiago Carrillo se publicaron muchas necrológicas. El tono general, como corresponde a esa hora de las alabanzas, era encomiástico, casi querube. Sólo una, entre las que uno leyó, no se dejaba arrastrar por las hipérboles efusivas propias de los corpori insepulti. En ella el historiador Santos Juliá recordaba no sólo los largos años estalinistas del político, sino las muy inconvincentes razones que dio sobre las matanzas de Paracuellos. El contraataque no se hizo esperar. Sólo un día después de su incineración se dio a conocer una encuesta según la cual más del ochenta por ciento de los españoles valoraba positivamente su figura, al tiempo que se publicó un artículo de Paul Preston y otros, cuyo propósito era el de la exculpación de Carrillo en esas matanzas, presentadas como excepcionales y ajenas a las autoridades republicanas, frente a las decenas de “miniparacuellos” del otro bando organizados desde la cúpula militar fascista.

Creo que hay dos clases de personas: los que no se creen lo primero que les cuentan y los que quieren ser los últimos en contarlo. Pero sabemos que “la última palabra” no existe, como tampoco verdades definitivas. Este es un hecho.  

Vale la pena reproducir aquí el primer párrafo de ese artículo. Aunque no lo hayan leído, el tono les dará una idea. Es como el preludio de una sinfonía. Los que hemos escrito algo de la guerra civil corremos siempre el riesgo de ponernos sinfónicos: “A comienzos de noviembre de 1936 las columnas franquistas habían llegado a las puertas de Madrid, sembrando de cadáveres su camino. Los bombardeos causaban estragos en la población. Entre los presos de las cárceles había centenares de militares dispuestos a unirse a los rebeldes. Su liberación parecía inminente”. Usted, que ha leído con atención este párrafo, habrá entendido acaso lo mismo que yo: se lo tenían merecido; ¿iban a dejar que aquellos militares quedaran en libertad para seguir sembrando cadáveres por donde fueren? Dejando a un lado algunas cosas menudas (en Paracuellos la mayor parte de las dos mil cuatrocientas víctimas asesinadas a lo largo de un mes en veintitantas sacas fueron civiles, no siempre con significación política, y  hubo decenas más de “miniparacuellos” en zona republicana), lo que está en juego es aquello que queremos recordar y que se recuerde. Dos días después de aquel artículo, el escritor Jorge Martínez Reverte publicó otro. Reverte descubrió hace un par de años datos cruciales que incriminan directamente a Carrillo en esas matanzas, no citados por Preston et allii: sin la menor duda Carrillo puso en marcha aquellas masacres. Con otros, desde luego. Con su camarada, por ejemplo, el joven escritor Segundo Serrano Poncela. Esto es algo que lo sabía todo el mundo. Hasta alguien aparentemente tan en las nubes como Juan Ramón Jiménez, que se negó a saludar a ese Serrano Poncela en Puerto Rico quince años más tarde: “No me he exiliado para acabar dándole la mano a un asesino”, dijo. La vida de Carrillo fue larga, como acaso sea corta su posteridad. Él mismo lo dijo en una de sus últimas entrevistas: “No espero que la posteridad me trate bien, pero no me importa. Uno se muere, y después, nada”.
            [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de octubre de 2012]

6 comentarios:

  1. Bueno este es un personaje necesario en la parodia , un palmero de la plutocracia .
    Si cometió esos crímenes nunca se arrepintió y deja su historia con un final muy triste .
    Acabo de ver " los hijos de Hitler " ( TVE a la carta ) que trata como intentan conciliarse con su historia algunos de los descendientes de los criminales nazis condenados en Nuremberg . Es muy positiva la actitud del nieto de Rudolf Hess y su encuentro con víctimas de Auschwitz .
    Chao

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  2. Yo también me quedé asombrado con ese artículo al que Preston añadía su firma. Claro que, en este momento tiene a la venta su Holocausto y más venderá si se incorpora a la exculpación de Carrillo. Por cierto, los diez puntos que argumentan en el susodicho resultaban surrealistas en algunos casos: verdaderas piruetas. Si aceptamos, como nadie niega, que las sacas de Paracuellos fueron no menos de veinticinco, hasta a un niño le resulta imposible comprender que el ilustre Consejero de Orden Público ignorara el hecho, como pretenden convencernos los compañeros de Preston.
    Tal vez haga falta escuchar otra opinión cualificada como la de Ian Gibson. Pero eso será cuando el filón inagotable de Lorca termine de darle los últimos y sabrosos réditos. A no ser que a Javier Marías le exijan en El País que a partir de ahora deje de vomitar sobre el PP en su infumable columna dominical y se incorpore a la fiesta de las especulaciones sobre don Santiago.

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  3. El propio Carrillo no se autoexculpaba de Paracuellos. En una de sus últimas entrevistas, que leí pero no recuerdo dónde, decía que no podía sentirse ajeno a aquella matanza, al igual que ningún ministro de Franco podía sentirse irresponsable al 100% de los crímenes del franquismo.

    En Canal Plus venían haciendo entrevistas a personas longevas, para emitirlas después de su muerte, comprometiéndose el Canal ante notario a no divulgar el contenido de la entrevista hasta después de morir el entrevistado. El programa se llama "Epílogo". A Carrillo le ofrecieron participar, pero se negó. Me parece triste porque habría sido una gran oportunidad para, después de muerto, haber desvelado algunas claves y secretos que seguramente se ha llevado a la tumba. Y al mismo tiempo para hacerse comprender y perdonar.

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    1. Algo parecido se hizo en tiempos de la transicion con la famosisima coleccion ESPEJO DE ESPANA (1973-1995) ideada y dirigida por el editor Rafael Borràs Betriu en Planeta, por cuyas paginas pasaron muchos de los testigos y protagonistas insoslayables de la Guerra Civil, de la dictadura y de la oposicion al franquismo (entre los cuales Santiago Carrillo). Por cierto, don Andrés Trapiello publico por primera vez en aquella coleccion una de sus obras maestras, Las armas y las letras (1994).

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  4. Todos sabían que, si Madrid caía, a continuación vendría la gran represión y exterminio a manos de los franquistas. Esto no es especulación: la historia nos lo ha mostrado, pues tras la guerra civil se institucionalizó una terrible violencia sistemática a base de pseudojuicios sumarísimos, fusilándose y encarcelándose a miles de personas por el mero hecho de haber defendido la República, incluso sin haber causado muerte alguna (dirigentes de partidos políticos como Julián Besteiro, intelectuales como Miguel Hernández, etc). Creo, sin pretender en modo alguno eximir de culpa a los autores de aquella matanza, que Paracuellos ha de situarse en este contexto.

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  5. "Uno se muere y después nada", ese descreimiento total, ese nihilismo radical es desde luego asombroso. Es como si Carrillo dijera se acabó, la muerte es cerrar la última puerta, chas. Chas...carrillos, claro.Pero los historiadores se afanan en encontrar y en contar la realidad de lo que pasó, de lo que no debería jamás repetirse.saludos

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