1 de octubre de 2014

Baroja por Baroja

DE los casi ciento cincuenta aguafuertes conocidos que hizo Ricardo Baroja acaso este sea el más célebre (y por ello el más buscado): su hermano Pío caminando por uno de aquellos desmontes madrileños a los que iba a buscar escenarios para sus novelas anarquistas. Procede de la reciente venta en almoneda de los bienes del Hotel del Paular, perteneciente a la cadena Sheraton, a quien Franco dio un beneficio de explotación por cincuenta años. Quédese para otro momento la historia de esa subasta y la consideración de aquellos tiempos en los que en las habitaciones de los huéspedes de los hoteles de lujo estaban las sombrías estampas originales de Ricardo Baroja. Bástenos hoy mirar en el semblante de ese don Pío el de Nietzsche, a quien tanto citaba y a quien tanto quería parecerse el novelista vasco por aquellos años. Claro que en una cosa podemos distinguir al uno de otro, su andar. Si el de don Pío sólo podía ser ese andar cabizbajo y perdido, subido el cuello del abrigo, doblado el espinazo y todo él encogido, el de Nietzsche, aun con frío, sólo podía ser derecho, con la barbilla en alto y a cuerpo gentil.


3 comentarios:

  1. Pie, de “La busca”, para el aguafuerte.

    “MADRID, plano, blanquecino, bañado por la humedad, brotaba de la noche con sus tejados, que cortaban en una línea recta el cielo; sus torrecillas, sus altas chimeneas de fábrica y, en el silencio del amanecer, el pueblo y el paisaje lejano tenían algo de lo irreal y de lo inmóvil de una pintura.

    Clareaba más el cielo, azuleando poco a poco. Se destacaban ya de un modo preciso las casas nuevas, blancas; las medianerías altas de ladrillo, agujereadas por ventanucos simétricos; los tejados, los esquinazos, las balaustradas, las torres rojas, recién construidas; los ejércitos de chimeneas, todo envuelto en la atmósfera húmeda, fría y triste de la mañana, bajo un cielo bajo de color de cinc.

    Fuera del pueblo, a lo lejos, se extendía la llanura madrileña en suaves ondulaciones, por donde nadaban las neblinas del amanecer; serpenteaba el Manzanares, estrecho como un hilo de plata; se acercaba al cerrillo de los Ángeles, cruzando campos yermos y barriadas humildes, para curvarse después y perderse en el horizonte gris. Por encima de Madrid, el Guadarrama aparecía como una alta muralla azul, con las crestas blanqueadas por la nieve.

    En pleno silencio, el esquilón de una iglesia comenzó a sonar alegre olvidado en la ciudad dormida.

    Manuel sentía mucho frío, y comenzó a pasearse de un lado a otro, golpeándose con las manos en los hombros y en las piernas.”

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  2. ´... siempre lo he recordado -andando por los desmontes de Madrid en la época de La Busca parece un aguafuerte goyesco. Embutido en un abrigo negro, ligeramente encorvado, el sombrero –negro también– bajo un cielo en contraste rayado, la claridad del papel de la vida y el rasgo del dibujo a carbón, nos dan la pintura de este hombre de 32 años que avanza por los cortes del pesimismo, sobre los cascotes de la crudeza, esa frontera –no del “golfo” madrileño– sino del claroscuro entre el trabajador y el ocioso, el que formará en La lucha por la vida –la trilogía de La Busca, Mala hierba y Aurora roja– el personaje central –Manuel– y su unidad novelística. (Texto de José Antonio Perlado).

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  3. Se siente el viento, frío y seco de Madrid y los cielos azules. En la pintura española el cielo es inmenso sin nubes. La experiencia del cielo debe haber marcado una sensación del espacio. Una atmósfera que es a la vez compacta y ligera. Qué bueno el Prado.

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