26 de octubre de 2014

Diario de un inadaptado


AUNQUE al frente del Libro del desasosiego figura el nombre de Pessoa, sabemos que lo escribieron dos heterónimos suyos, Vicente Guedes y Bernardo Soares. ¿Eran necesarios? “Crear otro Yo que sea el encargado de sufrir por nosotros, de sufrir lo que hemos sufrido”, dirá, y esa es exactamente la puerta del sueño, la que traspasan los niños que juegan solos para formar de la propia costilla de su soledad su compañera, la vida. Y la vida como es, es tal como se sueña: “Hay criaturas que sufren por no haber vivido en la vida real con el señor Pickwick y haber estrechado la mano del señor Wardle. Soy uno de ellos. He vertido sobre esa novela lágrimas verdaderas, por no haber vivido en aquel tiempo, con aquella gente, gente real”.
Y así fue como Pessoa concibió este libro único, escrito a lo largo de veinticinco años. Se lo encomendó a Guedes, primero, y luego a Soares, gentes reales como Pickwick, para que sufrieran por él su incontenible tristeza, su “infortunio nato”. Y Soares, un oscuro auxiliar contable en la Rua dos Douradores, decide soñar su vida, que tanto se parece a la vida real del propio Pessoa, empleado gris, atento y sensitivo como Baudelaire (Mi corazón al desnudo le consuela de su desasosiego), insobornable y orgulloso como Nietzsche (¿no es Pessoa, “predicador de la renuncia”, un Zaratustra de la Baixa? Es “un error doloroso” dividir la humanidad en clases: adaptados o inadaptados, eso es todo). Así es como convirtió su Libro del desasosiego en el diario de un inadaptado. Todos los que escriben un diario lo son, pero nunca nadie habrá mirado con mayor delicadeza aquella Lisboa cosmopolita y provinciana, la de los pobres hombres, poetas, o barberos, empleados o rentistas que “tienen como yo su futuro en su pasado”. Si los encontramos tan valiosos hoy, es porque nos parecen más que reales, soñados.
Y sueña, pero no se engaña: sabía que los que le comprendiésemos en el futuro, seríamos los incomprendedores de los Soares de ahora. No es este un libro que nos enseñe a vivir, sino a algo mucho más difícil. Soñar, “pero sin ilusiones”, de eso se trata: “No he pretendido nunca a ser otra cosa que un soñador”. ¿De qué naturaleza? “Amo los paisajes imposibles y las grandes zonas desiertas de las llanuras donde nunca estaré. (…) Duermo cuando sueño lo que no existe; me despierto cuando sueño lo que puede existir”. Paradójicamente, y Pessoa es el paradójico por excelencia, sin la vida real su sueño no existiría, de ahí que enalteciendo la vida con su sueño, enaltezca su sueño, pero sobre todo la vida.
No sé, se dicen en este libro cosas tan abismales e íntimas de cada uno de nosotros, que cuesta hablar de él en público. Aunque sea la novela de Soares, el poema de Pessoa, el gran diario de Lisboa… es más que un libro, es nuestra propia y gris biografía, esa que él describe como “un trozo roto de algo”, consciente de que es mejor eso que no tener ni siquiera el recuerdo de esa fractura.
      [Publicado en El País, Babelia, el 25 de octubre de 2014]



4 comentarios:

  1. Coincidieron en el mundo a la vez
    así que podrían haberse reunido
    y Machado diría
    -yo soy triste desde que murió mi mujer
    de tuberculosis con 18 años
    y Kafka explicaría
    -yo soy triste a causa de mi padre
    era tan despótico y despreciativo
    y Proust por su parte
    -yo creo que soy triste por culpa del asma
    y entonces Pessoa
    -pues yo no soy triste por nada en concreto
    nací triste, eso es todo
    Y luego se habrían despedido
    -adiós, Fernando
    -Marcel, buenas noches
    -hasta más ver, Franz
    -fue un placer, Antonio
    se habría marchado cada uno a su hotel
    y en la soledad, con una hoja en blanco
    se aplicarían a escribir
    sin reparar en sus ojos de pronto encendidos
    sin atisbar ese extraño rictus de alegría
    sin entrever su propia
    felicidad

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  2. Qué remanso de paz leer este almanaque.Victoria

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  3. Pessoa vuelve a casa tras comprar para el día “sentimiento apocalíptico de la vida”. (El apocalíptico, menos individualista, menos agónico, sale mejor que el trágico y nada anónimo sentimiento de ‘siempre yo, yo, yo en carne y hueso’).

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