13 de agosto de 2011

De la fiesta del mundo

De niño no entendía por qué a la luna llena no se la llamaba luna nueva, pues me parecía que cuando estaba llena, era más nueva que las otras, desgastadas por uno u otro lado, ni tampoco cómo podía decírsele nueva precisamente cuando estaba ausente, cuando se había escapado de casa. ¿Y no vestía ella siempre, cuando estaba llena, una camisa recién sacada del arca? ¿No fulgía por los caminos como esa joven que, aburrida, ha dejado la fiesta a la que fue invitada y regresa nadie sabe de dónde adónde?
Ha vuelto, pues, como tantas veces, la luna llena más joven y majestuosa que nunca, y se ha quedado en lo alto atendiendo a muchos, y escuchando a todos, haciendo que cada cual se sienta señalado por ella y elegido.
¡Cuántas lunas llenas habremos visto en nuestra vida y cómo todas nos parecieron en su día, como nos lo parece hoy esta, de una belleza insuperable y única! Nos decimos: es nuestra luna, la nuestra, y no echamos en este momento de menos ninguna otra, porque esa luna real parece dársenos a cada uno en particular, no en luz, siendo su luz tan misteriosa y serena, sino en carne y alma, como la amante más fascinante que nadie hubiera tenido nunca y de la que paradójicamente no necesitáramos saber más que el nombre por el que todos la conocen y por el que ella se deja llamar, no su nombre verdadero, el de pila, que no le ha dicho a nadie, sino ese otro, el apodo que les pone la vida a los seres errantes, Luna, el nombre con el que trabaja en ese Club llamado Noche en el que a veces se la encuentra sola y bellísima para consuelo de aquellos que aún esperan algo de la fiesta del mundo.


(Foto: 12 de agosto de 2011)

3 comentarios:

  1. Voy a comerme la luna a besos
    que allá arriba
    debe estar bien frsquita
    la condenada

    Voy a bañarme en sus ríos desbordados
    a sumirme en el caudal de esa leche
    por los fríos cielos
    condensada

    Voy a traer entre mis labios
    bien presos
    la escarcha de sus riberas
    y el glaciar de su ensenada,

    Para que te lo bebas todo de mi boca
    directamente,
    en el quicio de la hirviente noche
    sofocada.

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  2. Hermosa entrada. Es la misma luna, pero la vemos distinta. Aquí ayer, tras la tormenta, se coronó de una aura hecha de colores que más que luna era bailarina en contrapicado

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