18 de agosto de 2011

De rerum natura

¿De dónde la fascinación de la lectura del libo de Lucrecio? La mayor parte de las leyes sobre las que él fundamentó el mundo físico, sus famosos primordios, han sido descartados y refutados como tales, pero hay algo primitivo y esencial en él que subyuga. No sólo sus palabras, bellísimas, desde luego, ni la atención extrema con la que permanece en medio de los fenómenos de la naturaleza, sino un decir tanto más expuesto por haberse hecho oír en medio de los templos, a los pies de los dioses: “No hay cosa que se engendre a partir de nada por obra divina jamás”, y acaso, o justo por ello, “nada nos impide llevar una vida de dioses”. Es decir, una vida virtuosa.
Precisamente estos días que la religión (las religiones, deberíamos decir) reclama nuestra atención, parece que estemos oyéndole a él: nuestra alma es mortal, como son mortales el alma profunda del alma y las almas de las cosas que vemos, como mortal es incluso el ansia de inmortalidad que alentamos mientras vivimos, sin angustiarnos el más allá del mismo modo que tampoco “nada nos importan aquellos nosotros que antes fuimos”.
Conoce Lucrecio el mal que aqueja al hombre: “como siempre ansías lo que falta y desprecias lo que hay, la vida se te ha escurrido sin logro ni gusto, y sin darte cuenta la muerte está a tu cabecera”. Y acordándose de su maestro Epicuro, nos dice: “Más adelante se inventó la propiedad y se halló el oro, que sin más a los fuertes y hermosos quitó su predominio: porque en la comitiva del más rico casi siempre marchan los más valientes y guapos de nacimiento. Pero si uno maneja su vida con razón y verdad, las riquezas mayores son para el hombre el vivir tranquilo, con poco, pues de lo poco, bien se sabe, nunca falta”.
Y cuánta razón, una vez más, iba a tener JRJ al recordarnos que “la poesía no es descripción sino creación; pero Virgilio es un descriptor; Lucrecio un creador. En Virgilio leemos lo que él ve; en Lucrecio lo que él es. A Virgilio lo dejamos y él se queda, al marjen de sus campos, a la orilla de sus ríos. Lucrecio va siempre delante de nosotros. Virgilio nos alimenta de ganados, nos da de beber el agua de los ríos. Lucrecio de su misma sangre y su misma carne. Virgilio nos hace, Lucrecio nos hace Lucrecios. Pero Virgilio egoísta se gasta. Lucrecio generoso se crea cada vez más a sí mismo. Virgilio permanece ajeno. Lucrecio se trasmuta en palabra”.
¿Y no pudo haber escrito Lucrecio este aforismo de JRJ: “La sombra está llena de luz, como el cuerpo de sangre. No hay más que cortar, que herir, y la luz, y la sangre, brotan” o “La forma de la rosa dura lo que dura la forma de su esencia”?
De lo poco, bien se sabe, nunca falta. Saberlo, es mucho.









(Las citas de este asiento proceden de las traducciones de Francisco Socas, Editorial Gredos, y de la muy recomendable de Agustín García Calvo (Editorial Lucina), a quienes han de agradecer nuestras tardes agosteñas tan buenas horas).

4 comentarios:

  1. A la mayoría de la gente les resulta insoportable o estrambótica la idea de que las religiones, tan llenas de hermosos cuentos, degradan el espíritu en lugar de elevarlo. Lucrecio la emprende contra los dioses con el mismo éxito conque Cervantes la tomó con las novelas de caballerías.

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  2. Hay un pequeño malentendido al final: la traducción de Lucrecio en la colección Letras Universales, de Cátedra, es del Abate Marchena, aunque García Calvo escribe la introducción. Hay traducción, posterior, de AGC en su editorial, Lucina (en una interesante versión bilingüe que es también edición crítica del texto latino).

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  3. Noticia de ambas, aquí: http://librosdeagustingarciacalvo.blogspot.com/2007/06/de-rerum-natura-de-la-realidad.html

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  4. Gracias. Queda corregido el error. La edición de Socas recurre igualmente y sigue a menudo las propuestas filológicas de García Calvo. En cuanto a la del abate Marchena, menos fiel, como advierte G.C. en su prólogo, tiene en cambio una sonoridad poética y una belleza formal de la que carecen, a mi modo de ver, otras versiones más rigurosas filológicamente, incluida la de Socas. A.T.

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