27 de agosto de 2011

Nuevo Libro de Yerbas (y 3)

Nos dice de ellas si son dehesas de pasto o de labor, montaneras, boyales. Ha ido a buscar las fuentes, los manantiales y pozos y nos habla de su caudal, si es abundante o escaso, si corren las aguas todo el año o si se secan en verano. Sabe que una casa sin agua es inhóspita, y por eso es puntilloso en averiguar si la tiene, si es buena y copiosa, si están bien o mal surtidas de ella las propiedades, si el acceso a ella es fácil o no. Nos señala igualmente las casas, tinados, cuadras, trojes, corrales, pajares, zahúrdas que hay en esas fincas, así como de las majadas, palomares, gallineros y paveras. De las casas nos informa de las habitaciones que tiene cada una y su importancia. De sus dueños nos dice nombre y apellido, y título, si lo tienen, si son propietarios, condóminos, renteros, pegujaleros. Nos dice, claro, su extensión en hectáreas  o fanegas de la región, y sus lindes al norte, a mediodía, a poniente y al sur. Y los caminos, los ríos, las ermitas, si las hay. Nada se escapa a su curiosidad, porque su autor piensa en nosotros, en nuestra curiosidad. La vida, sabe, es afán de saber; la literatura afán de contarlo.
Y claro, los nombres, siempre fascinantes. Los de las fincas tienen su aquel, todos nos gustan, unos por la intriga que llevan dentro, como el Alcoz de Juan Robles, que contaba con un polvorín arruinado, o Reyerta, tinto en sangre: otros por su simplicidad: Aguas Vivas o Garabato; otros por su sonoridad, como las Suertes del Desposado, o por su lirismo, Rosal, Palacio de la Golondrina, Gavilanes.
Quienes escriben una novela saben lo difícil que es hallar nombres convincentes. La realidad siempre supera la ficción. ¿Podría ningún escritor idear nombre mejor que Puerto Urraco para el drama que iba a tener lugar en ese lugar egregio de la España negra? ¿Alguien, de no ser Galdós, se habría atrevido a emprender la novela de doña Luisa Pérez de Guzmán el Bueno, duquesa de Valencia, dueña del Heredamiento de Santiago de Vencaliz? 
Vamos leyendo sus páginas sin importarnos la monotonía de sus recuentos.
Aunque no conozcamos a ninguno de sus propietarios percibimos de inmediato los afanes, las disputas hereditarias, sus alianzas matrimoniales. Y hay algo opiáceo en esos nombres también: Montenegros, Mogollones, Higueros, Chaves, Mayoralgos, Carvajales, la Vizcondesa de Tapia, la Duquesa de Hernán Núñez, la Condesa de los Corios, el Marqués de Oquendo... 
Tampoco nos resulta difícil imaginar la mísera vida de los que cultivaron esas tierras. No se les cita, desde luego, pero están cada vez que aquí aparece la palabra labor… Fueron la sal de esas tierras, quedaron regadas con su sudor. Unos y otros, señores, propietarios y criados han muerto. Lo percibimos como cuando paseamos entre las lápidas de un cementerio. Nos decimos, esos nombres, esos apellidos, ya no contienen nada, son vainas secas y hueras. Algunas o muchas de esas propiedades habrán desaparecido, se habrán convertido en otra cosa. Muchas de ellas, si sus dueños resucitaran, las hallarían irreconocibles, como se irreconocerían a ellos mismos. Y sin embargo, aquí, en El Libro de Yerbas, están como entonces, tal y como las vio aquel don Alfredo Villegas, autor de esta empresa colosal. Algunos, apuntará su prologuista, dirán que es anacrónica. ¿Lo fue? Nada tan actual como este libro. Nos ha traído la vida de hace un siglo, y eso sólo lo logran las grandes obras de arte, las grandes novelas y poemas. A su modo esto es este Nuevo Libro de Yerbas.
Nada más. El libro se vendió al precio considerable de 15 pesetas en la papelería de El Noticiero, en la calle de Alfonso XIII, y en la casa del autor, el Palacio de las Veletas, en el más hermoso, recoleto y sosegado rincón de la ciudad.

1 comentario:

  1. Este Libro de Yerbas ahora sería muy útil para la propiedad rústica si el denodado redactor no contara con los mapas catastrales y la informatización del Registro de la Propiedad; pues en estos tiempos la actualización en sus registros obligaría a una tira de fascículos cada semana; tiene un interés restrospectivo impagable, cuando el agro mantenía su vida jurídica casi inmutable, así como los nombres de sus haciendas y las sangres de sus moradores. Me gustaría pesar que en cierto lugar querido existiera el correspondiente Libro para así obtener una descripción quizás más próxima al alma de las cosas.

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