8 de agosto de 2011

Vivimos para contarlo

He de empezar pidiendo disculpas: llevando mediadas como llevamos las vacaciones, si acaso muchos no las han acabado ya, no tiene perdón que se le haya ido a uno el santo al cielo y no les haya hablado antes de la vida de Diego Galán, como había pensado allá por el mes de mayo o junio, cuando tuve conocimiento de ella. Ningún amigo mejor para acompañarnos durante las vacaciones, y no sólo porque fuese a contrastar tanto la nuestra, regalada y relajada en la playa o en el campo, con la suya, aperreada y penosa. No sólo por eso. Aunque, claro, tratándose de una vida como la de Diego Galán cualquier momento es bueno para dejarlo todo y pedirle a él que nos la cuente.

Porque aunque está escrita en un libro y la leemos, en realidad, es como si le tuviéramos al lado y nos la fuese relatando de viva voz. Le ha gustado a uno repetir aquel aforismo de Juan Ramón Jiménez que en esta Relación del cautiverio y libertad de Diego Galán (Ed. Renacimiento) se ha cumplido sobradamente: “Quien escribe como se habla, será más hablado e irá más lejos en lo porvenir que quien escribe como se escribe”. 

Para el erudito que descubrió el manuscrito en el siglo XIX, esta obra del siglo XVI estaba, sin embargo, mal escrita, confirmando con ello aquel verso de Góngora: “es sordo el mar, la erudición engaña”. Lo han dicho siempre de los más grandes. Se dijo de Cervantes, de Galdós, de Baroja. A los señores eruditos y académicos les ha parecido siempre que otros estilaban mejor. Pero lo cierto es que estamos ante una obra maravillosa, amenísima, llena de informaciones tan prodigiosas como precisas de la vida de los cautivos en los presidios o baños de Argel, Turquía y otros lugares del proceloso Mediterráneo, infectado de piratas y corsarios que tenían castigadísimas las navegaciones cristianas, y todo ello en un castellano tan andadero y puro que se bebe como el agua limpia, sin el menor esfuerzo.

Quien la cuenta, Diego Galán, es un muchacho que sale de su pueblo, Consuegra, Toledo, a correr aventuras y tiene la desdicha de que su barco sea asaltado por piratas berberiscos apenas las empezaba, trocándosele, pues, en desventuras. Todo lo que relata a partir de ese momento, la tristeza del cautiverio, la crueldad de sus amos, la esperanza de ser rescatado o el sueño de huir,  el desasosiego o las pequeñas alegrías a las que se aferra como un náufrago, es un portento de naturalidad y gracia. Sin poder apartar los ojos del libro nos va llevando como si se tratara en realidad de una novela. Pues llegados a este punto hemos de aclarar que nadie puede decidir aquí, como tampoco en el caso del Lazarillo de Tormes, si lo que se nos cuenta es una novela o una vida. Diríamos, más bien, que es ambas cosas, novela y vida. Pero hay algo que hace de la de Diego Galán algo único también. Si no hay vida que vivida al límite no sea una novela, no todas las novelas alcanzan el estatuto de gran literatura, sólo aquellas que conservan en sus palabras la semilla del habla. Las vacaciones llevan su deriva, pero estás a tiempo de buscar a ese muchacho, Diego Galán, deseoso de contarte la suya. Lo decían los dioses y lo repitió Homero: vivimos para contarlo.
                 [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 7 de agosto de 2011]

ERRATA. El artículo titulado "La España peregrina podrá al fin entrar en casa" se publicó en su edición de papel con una errata misteriosa, toda vez que no se ha podido dilucidar su origen: "La extraña peregrina podrá al fin entrar en casa", decía, errata, hay que reconocer, que parece completar aún si cabe el significado de España, aquella y todas.

1 comentario:

  1. http://literaturaconciencia.blogspot.com/2011/06/locuras-sin-fundamento-andres-trapiello.html
    Un saludo

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