19 de agosto de 2011

Reclamos

VIO a lo lejos, en el alfoz del pueblo, la casita donde el carpintero tenía su taller. La suya en medio de otras, cinco o seis en ringlero, blancas, de una planta, todas humildes, separadas del pueblo por la carretera, un estanque donde nadaban unos patos sucios y una pradera cuyos yerbajos pastaban media docena de mulos y una cabra, atada a un largo cordel. El dueño de esas bestias, un merchán, y su extensa familia vivían allí como los bereberes, sin que nadie pudiera distinguir entre los chicos quién era hijo, quién era nieto ni de quién. Estas criaturas, medio desnudas, se entretenían en correr delante de la casa detrás de los patos, detrás de las gallinas, detrás de los gatos y de los perros. En cuanto al lugar, estaba tan apartado de todo, que de esos alborotos no lograba pasar la carretera ni un solo ruido. Se les veía a lo lejos, a humanos y animales, sin sonido, tras el estanque y los prados, como una fotografía muerta del siglo XIX.
El carpintero trabajaba en aquella casa, pero no vivía allí por ser a todas luces inapropiada conforme a la idea que tenía del decoro.
En las paredes encaladas de su carpintería se había ido posando el polvo fino de la madera, y que un polvo tan fino se quedara en la pared, sin caerse, daba al lugar un aire venerable, vetusto y tranquilo.
En una de esas paredes blancas, al lado de una sierra arcaica en forma de hache unida en su base por la lama dentada y en su cabeza por una cuerda, había seis clavos alineados y de cada clavo, a una altura considerable, colgadas, seis jaulas de perdiz. En todas ellas había siempre un macho. Si alguno se le moría era pronto sustituido por otro. Todo antes que desperdiciar una jaula.
Pensó muchas veces que de haber visto Rilke una de estas perdices, habría dejado de lado la pantera enjaulada del Jardín de las Plantas de París, conmovido por el trágico destino de un pájaro tan hermoso, y le habría dedicado su poema a él.
Tenían aquellas jaulas de perdiz, como todas, la forma de la punta de un obús y sus barrotes, de alambre, les venían tan justos a los pájaros, que estos apenas tenían espacio para girar sobre sí mismos. La mayor parte del tiempo sus picos repasaban los barrotes de su prisión, de los que arrancaban, como a un arpa, una monótona y desesperada canción que no cesaba ni un minuto, desde el amanecer a la noche. Era evidente que se habían vuelto locos.
Al pasar por allí, columbró, como tantas veces, aquellas casitas alineadas. De lejos le pareció abierta la puerta de la carpintería, nada extraño, porque aunque su amigo se había jubilado hacía años, seguía guardando allí sus reclamos de perdiz.
Cuando llegó no sólo encontró cerrada esa casa, sino todas las demás. De los contornos habían desaparecido las bestias, en el estanque tampoco había patos. Los pastos ralos y salitrosos de aquella pradera crecían sin provecho.
Se acercó a la carpintería y miró por el cristal de una ventana. A pesar de que también sobre él se había apelmazado el fino y rubio polvo de la madera, pudo ver las jaulas en una habitación de la que habían desaparecido herramientas, máquinas, tablones. Las jaulas seguían clavadas en la pared, pero vacías.
Se acordó de los tiempos en los que iba a visitar a su amigo. Le veía trabajar en silencio bajo la mirada desorbitada de las perdices locas. El mismo parecía igualmente enjaulado en aquel pequeño taller, día tras día.
Al llegar a su casa, como homenaje a su amigo, buscó en su biblioteca algunos libros curiosos que trataban de la cría y la caza de la perdiz. Le gustaba tener a mano esa clase de libros inútiles. No había sido cazador. Le producía congoja la visión de los pájaros en aquellas prisiones tan crueles y sólo la idea de la caza con reclamo le resultaba plebeya, indigna,  y sin embargo le gustaba leer los libros donde se describe. ¿Buscando en ellos qué? Sin duda encontrarse en las palabras con una naturaleza ya perdida, indagar quizá cómo podía nadie vivir sin libertad. Presentía acaso los tiempos en los que las especies, incluida la humana, sólo en cautividad podrían garantizar su supervivencia.



4 comentarios:

  1. Manuel Cañedo Gago19 de agosto de 2011, 1:26

    Uno ha tenido sensaciones parecidas al pasear por pueblos abandonados de Castilla. Qué se les pasaría por la cabeza a sus últimos habitantes antes de marcharse, al caminar por sus calles ya vacías, cuando el silencio recupera su espacio, cada hueco, cada esquina desierta y sólo el viento pugna por ser escuchado, y en medio de esa lucha, otra, la del hombre y sus recuerdos.

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  2. Un placer leerle cada día. Gracias. Smile A.

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  3. Me parece haber visto una película muda, en blanco y negro de principios de siglo, pero en vez de un instrumento de cuerda como acompañamiento, el pico de las perdices.Gracias por esa ternura con las cosas.¿Seremos felices?

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  4. Mientras leía la entrada, tenía la imagen del Delibes, cazador, tras los ojos.
    Un placer.

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