9 de agosto de 2011

El niño muerto

La noticia de que había muerto corrió como la pólvora por el barrio de San Esteban. Todo el mundo estaba al tanto de su enfermedad, pero si le preguntaran a uno ahora, más de medio siglo después, de qué murió, no sabría decirlo. Seguramente de miseria, de frío, de ignorancia. Recuerdo cierto día que mi padre le decía a mi madre, en voz baja, como si pudieran oírle: “Mira, ahí va otra vez; pobre hombre”. Había en su voz una infinita compasión. Mi madre debía de saber ya de quién hablaba, porque dejó lo que estaba haciendo y se asomó a la ventana. Les vi a los dos mirando atentamente hacia la calle, en silencio. Era muy temprano, una de esas mañanas de invierno en León, negras, frías, con niebla, en las que lo más fácil de todo es morirse. Recuerdo que pregunté: “¿Quién?”. En realidad cuando un niño pregunta ¿quién? está preguntando al mismo tiempo ¿qué? ¿cómo? ¿por qué?, quiero decir que no hay ni una sola pregunta de un niño de cinco o seis años, los que yo debía de tener entonces, que no persiga la comprensión completa y súbita del mundo. Me subieron a una silla y me mostraron a un hombre joven que llevaba en brazos, envuelta en una manta, a una criatura de corta edad. Me explicaron en pocas palabras que aquel hombre llevaba a su hijo al dispensario cada vez que éste tenía una crisis, lo que podía suceder a cualquier hora del día o de la noche. Los médicos no dieron con lo que tenía y un día ese niño se murió.
La estampa de aquel hombre con el niño envuelto en las toquillas, a veces bajo la lluvia, corriendo al alejado ambulatorio, había llegado a hacerse familiar en los contornos y no hubo nadie a quien no se le partiese el alma al conocer su muerte, y eso en un momento en el que, como digo, la gente se moría de un día para otro sin que eso llamara mucho la atención, acaso porque la guerra tampoco había acabado del todo. De hecho había entierros en la ciudad a diario, unas carrozas fúnebres imponentes, monumentales, tiradas por unos pencos tristes a los que les ponían en la cabeza unas plumas negras y apolilladas, por no hablar de aquellos curas funéreos que, precedidos de un monaguillo y una campanilla, se abrían paso en las calles llevando la extremaunción a decenas de moribundos a todas horas, en todas partes.
Lo inaudito de la muerte de aquel niño no fue, pues, propiamente su muerte. Lo extraño fue el deseo de su padre de que acudiesen a su casa todos los niños del barrio a despedir a su hijo, así que allí fuimos todos, después de la escuela. La estampa del padre, sentado y vestido como un tanguista en una silla de enea al lado de la caja blanca, contrastaba con la nuestra, no diré que festiva pero sí jovial, una actitud que al padre lejos de importunarle o irritarle, parecía servirle de gran consuelo, como si su hijo siguiera viviendo en nosotros, y nuestros bríos incontenibles fuesen los de su hijo, de haber seguido vivo.
Fue aquel mi primer muerto. Pese a tener uno o dos años lo habían vestido con traje y corbata. El traje le venía grande y no se le veían más que las puntas de las dedos. Tenía los mofletes hinchados, como un jarro de Talavera, y el rostro extremadamente blanco, y los labios un poco azulados, cianóticos. No lo conocía, pero a su lado recuerdo que me hice de un modo vago esas preguntas, ¿qué?, ¿cómo?, ¿por qué?, para las que cincuenta años después aún sigue uno sin encontrar respuesta.
         [Publicado en El País el 8 de agosto 2011]
P.D.: EL administrador de este blog me remite unos cuantos comentarios reiterados de un mismo "anónimo", de ayer y de hoy, 10 de agosto, suprimidos por él por razones elementales, lo que no ha hecho sino exasperar más a ese interlocutor.  Incluso para disentir conviene no perder las formas, aunque entiende uno poco no ya a quienes llegan a un sitio con la necesidad de insultar sino con la de discutirle a nadie su propia vida. Supongo que son ellos a los que se refería JRJ en aforismo publicado aquí el otro día: además de locos, tontos, o tontos que se creen locos. En fin, como suele decirse, son los peligros del “directo”, aunque sea un directo moderado.
Encontraba "grotesco e indignante" el espontáneo en esa “estampita lírico-social” y "solanesca", como llama a la entrada de “El niño muerto”, y fuera de toda verosimilitud, el que se asegurara que nos habían llevado a los chicos de la escuela a ver el cadáver de aquel niño. No sólo fuimos, por deseo expreso de los padres de la criatura, los chicos de la escuela (mi hermano P., con quien acudí, lo recordaba tan bien o mejor que yo mismo), sino aun todos los del barrio, y mi madre ha recordado también al hilo de esas líneas la costumbre, cuando moría un niño, de atropar a  todos los niños de los contornos y llevárselos a modo de despedida al pequeño difunto (León ha sido siempre mucho León).



Y es cierto que no había ninguna necesidad de contestar al interlocutor anónimo (puede uno ser anónimo, si elogia, por pudor, pero si se insulta, señor nervioso, y como también se decía aquí el día pasado citando una vez más a JRJ: “De frente y con firma”), no había necesidad, cierto, pero ¿cómo no ser obsequioso en una mañanita como esta, inducidos a ello, qué duda cabe, por el cántico de los pájaros?

(Foto: El Rastro, 2009)

8 comentarios:

  1. Cuando la realidad se convierte en literatura que no parece literatura sino realidad,estamos ante un gran escritor.
    La entrada,maravillosa,me recuerda a El camino(urbano).

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  2. A mí me recuerda a cierto poema sobre la muerte de un albañil al caerse de un andamio que lei hac poco
    Saludos

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  3. A mi me parece un fragmento magnífico, digno de un gran escritor como es AT. Al leerlo podemos sentirlo todo: la ignorancia y pobreza de la época, la tristeza del padre, el ecuentro con la muerte...

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  4. Hay una verdad sobre todas las demás en la entrada, y es el deseo del padre de escenificar el luto, de celebrar el funeral, pues psicológicamente está demostrado que conviene a la psique del familiar que se lo veía venir; cuántas veces de modo anticipado se lo temía. Por otro lado, a estas alturas, AT no debe temer las irrupciones sin cuento de lectores obtusos.

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  5. Como siempre,extraordinario.Y respecto al envidioso,decir lo que dijo aquel,que en España ya no cabe un tonto más.En fin.

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  6. Yo me refería al poema 'El albañil' de la antología 'El volador de cometas' en Renacimiento, del propio Trapiello

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  7. Leyendo esta entrada en 2012. Tras ver tu primer comentario, Jean Sol, lo que se me vino a la cabeza fue el inicio de un poema de César Vallejo: Un albañil se cae del andamio y ya no almuerza. / ¿Voy a hablar después de André Breton?

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  8. Yo también me acuerdo de aquella carroza negra de caballos empenachados. Incluso tuve una pesadilla infantil con ese tema que aún recuerdo.

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