17 de agosto de 2011

Five o'clock tea

De vez en cuando llega a nosotros el mundo de los sentidos en un libro. Es difícil escribir de los sentidos, y que estos no desaparezcan: el color del mar, el perfume de la rosa, el canto del ruiseñor, la caricia de la brisa, el sabor de una magdalena capaz de abrirse al mismo tiempo en la bóveda del paladar y en la sima de la memoria, acaban por lo general siendo un montón de palabras apolilladas de no mediar el escritor adecuado.
De este librito nos llamó la atención, en primer término, la forma tan espartana y sobria de su tipografía, que recuerda a la que utilizaba JRJ en las ediciones de la editorial Calleja o en las de Jiménez Fraud, que él cuidó.
No ha sido uno nunca un gran lector de literatura gastrófila, reconociendo el virtuosismo de Camba, de Pla, de Cunqueiro, de Castroviejo, de Perucho en esos menesteres. Le ha admirado a uno de ellos ver cómo suplían su falta de fe en ideales trascendentes con el entusiasmo por la lamprea, por las gambas de Palamós, por las manitas de cerdo con puré de castañas. Será, tal vez, porque ninguno de los escritores que ha frecuentado desde chico parecían disfrutar de los placeres de la mesa como aquellos, tanto si fueron de la veta cuáquero-mística como Unamuno, Azorín o el mismo JRJ, de la secta de los epicúreos, como Baroja o Valle-Inclán o de la de los pitagóricos y carpantas como Machado. Curioso el hecho de que la mayor parte de estos padeciera alguna clase de dolencia relacionada con el aparato digestivo o, en el caso de Baroja, que se privó por ello de comer carne, con el reuma.
Acaso la excepción fuese Galdós, que sí disfrutaba relatando los placeres de la mesa (maravillosas páginas al respecto en Fortunata), pero, ¿no le pagaron ese amor con el más injusto y infamante de los insultos, llamándole garbancero?
También ha pensado uno que su escasa inclinación al cultivo de la gastronomía, pero sobre todo del hablar en sus libros de la comida que come o de las bebidas que bebe, fuese su paso prolongado por un internado, que echó a perder para siempre en él la afición a los peteretes y la acratoposia, o ansia desmedida de beber fermentos y destilados. No así la curiosidad de hojear los libros de otros, tal vez porque suelen llegarnos de los fogones, más que de las bibliotecas, incluyendo entre sus páginas a menudo recetas manuscritas añadidas por propietarias que cifraron en ellas Dios sabe cuántas legítimas ilusiones, exhumadas por nosotros entre secos vapores eruditos.
De este, tras la tipografía, nos sorprende además la discreción de la señora G.O. de P.T. y la de su traductora, la señora M.L. de M.S. Oh tiempos en los que se consideraba una vulgaridad (dirían entonces una ordinariez) cualquier forma de notoriedad pública, sin duda porque pensaban que en una mesa de comedor o de té debían concurrir las condiciones que hicieran posible una conversación inteligente, la celebración de la amistad, el humor saludable, y que todo ello sería más depurado, cuanto más discreto, o sea, que nos hablan de un tiempo en el que nadie en su sano juicio se permitiría pensar, y menos decir, que el necesario comer era una razón suficiente de nada, como parece que se nos sugiere hoy con tanta idolatría gastronómica.
¿Y, en relación a este Five o’clock tea, algo más? 
A menudo uno mismo se pregunta para qué compra esta clase de libros. Pero se dice: quién sabe si algún día a alguno de los personajes de tus novelas les servirán emparedados Montpellier, “pistols”, “pop-overs”, bizcochos genoveses, normandos, venecianos, “choux à la crême”, “éclairs”, pan de jengibre o "bollos Endecliffe"  y, entonces ¿cómo los reconocerán, si nadie se los ha descrito?
Así que sin pensarlo mucho, se lleva uno tales libros, con frecuencia con rastros patentes de haber estado muy cerca de las cacerolas, y aunque nunca le dé por hacer ninguna de las recetas que vienen en ellos, percibe que algo de la vida antigua que ellas representaban, le llega adherida en sus páginas, civilizando un poco la suya, como hoy. Hoy más que nunca, ante los sucesos de Birmingham o Londres, este Five o’clock tea nos recuerda que la vieja Inglaterra alguna vez fue grande a las cinco de la tarde.
“Ceremonia y costumbre”, lo llamó un irlandés, Yeats, condiciones necesarias también, aunque no suficientes, de la poesía.

13 comentarios:

  1. Querido Andrés Trapiello,
    Encontrei hoje o seu blogue, e foi uma descoberta muito feliz. Só espero é que este meio, no fundo tão afim do diário, não esgote o seu impulso de escritor de diários, pois Salón de Pasos Perdidos é já um monumento da literatura europeia (ainda que poucos o saibam) e merece ser continuado por muitos e muitos anos.
    Abraços portugueses,
    José

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  2. Lo que daríamos algunos por pasarnos una semana entera de vacaciones husmeando en su biblioteca...

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  3. Tiene usted de todo, envidiable. Por casualidad, no tendrá "Le cousinier française" de La Varenne?

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  4. Y menos mal que no pisa usted los callos de los cocineros "artistas".
    Sería asunto éste de mucha chirigota.

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  5. ¿No crees que la traductora al castellano pudo ser María Lejárraga de Martinez Sierra? Por cierto, he intentado buscar quien pudo ser la autora anglosajona y me sale una tal Mary L. Allen, no una G. O. de P. T.

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  6. La atribucion a María Lejárrega es más que pertinente. La tipografía es además muy parecida a la de los impresos en los que ella y su marido tuvieron que ver, desde la revista Renacimiento hasta los programas de la compañía de teatro. O sea, que enhorabuena y gracias. A. T.

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    1. Y azorin le dedica una entrada al libro en el ABC del 11 de septiembre de 1905

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  7. Y a Princesa: no tengo ese libro, ni casi ninguno importante, excepto los de la Paravere, Colombine, Picadillo, el de la S.F., y algunos otros poco reseñables. A.T.

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  8. ¿No podría añadirse por aquí a los libros de Pepe Carvalho?
    Saludos

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  9. Despierta de nuevo mi inquietud culinaria. Agradecimiento queda y de los que me rodean también.

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  10. Pero a Galdós no le colgaron el sambenito infamante de "garbancero" por su inclinación a relatar en sus novelas los crasos placeres de la mesa sino porque su estilo no supo ir mas lejos de los dichos y hechos de la gente común, de la lengua llana, porque no supo cruzar el umbral de la taberna, porque no pudo alcanzar la belleza que transciende lo prosaico, porque no supo ni quiso emular a Milton, Dante y Racine, en fin porque fue un castizo un tanto romo.

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  11. Estimado anónimo, no quisiera entrar en polémicas sobre Galdós, porque es un tema pooo dado a la controversia, pero me gustaría añadir que en mi modesto criterio, Galdós es un escritor como la copa de un pino, aunque la ortodoxia postmoderna reniegue de él.
    Un saludo

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