13 de marzo de 2012

Aproximación a la verdad

La revista Mercurio, del grupo Planeta, a cuyo consejo editorial pertenecía el propio Carlos Pujol, acaba de publicar unas páginas dedicadas a su memoria, de las que forman parte estas cuartillas: 

Si la página que escribí sobre Carlos Pujol hace dos meses fue una de las más difíciles que haya tenido que escribir nunca, pues lo hacía ante su cuerpo sin vida, esta será acaso la que menos me cueste, ya que no deja de ser algo que escriba ante el cuerpo vivo de su poesía.
Creo que Carlos Pujol fue ante todo un poeta, antes incluso de empezar a publicar sus versos, lo que hizo de forma tardía a sus cincuentaiún años acaso sólo por respeto, aquel Gian Lorenzo de 1987 que prologó su amigo Juan Perucho. “La prosa es más difícil, pero el verso vale más”, leemos en esa inagotable fuente de saberse literarios y poéticos que son sus “Cuadernos de escritura”, para decir en otro lugar de ese mismo libro: “El poeta está para ver lo que no se ve, para lo que se ve ya está el resto de la gente”.
En 2007 reunió en un tomo que publicó La Veleta sus doce libros de poemas editados hasta entonces, y le añadió otro más inédito, Me llamo Robert Browning, al que se sumó hace unos meses el último, El corazón de Dios, a esperas de que se publiquen acaso los que estaba escribiendo, “poemas píos como tú los llamas”, de los que hablamos la víspera de su muerte, por no hablar de toda la poesía propia que vertió en la de otros, en sus muchas y ejemplares traducciones de Shakespeare, Dickinson, Barret Browning, Verlaine, Jammes, Hopkins y tantos más.
Para el tomo de su poesía reunida escribió apenas una cuartilla y media que bastaría reproducir aquí para que el lector supiera qué pensaba de la poesía en general y qué pensaba de la suya propia. Lo que yo dijera, ni lo que diga nadie de ella, va a ir más lejos ni más alto ni más hondo: “ “La poesía me parece una cosa inagotable y modesta”, escribió en 1961 José María Valverde; y yo no sé qué añadir a estas palabras tan sencillas; una cosa –un objeto, no la vida, aunque hecha de resonancias personales– a cuyo fondo nunca llegamos, y que se traiciona si no se ve con humildad (…) Dar más explicaciones acerca de esta poesía de los últimos veinte años sería un capricho impertinente; lo que queremos y creemos decir siempre es oscuro para nosotros, y la opinión de los demás no sirve de casi nada (…) Los versos dignos de este nombre dicen lo que cada lector cree entender o sentir. Y en el curso de los años sólo se salvan si alguien los revive como propios (la indiferencia o el olvido tampoco son situaciones trágicas, si tuviéramos que recordar toda la poesía escrita hasta hoy, la memoria sería un infierno, o como mínimo el camarote de los hermanos Marx)”.
Parece que le estamos oyendo. Esta manera de escribir suyo que le  era propia, quitándole énfasis y solemnidad (o sea, retórica) a todo lo que pudiera tenerlas.
Como Unamuno, sabía que había dado sus poemas a la indiferencia del público. “Estos libros han sido acogidos con una cariñosa indiferencia, lo cual no es ningún mérito, sólo un accidente”, volverá a decir con ironía, para acabar recordando la cita que puso de Paul Claudel al frente de Retrato de París, uno de los libros que publicó en La Veleta: “siempre decimos una sola cosa, tal vez minúscula  e inacabable, que se viste de mil maneras, porque no disponemos de otra verdad”.
La verdad poética de Carlos Pujol era sencilla y compleja al mismo tiempo, los trajes que usó para ella fueron siempre sencillos, clásicos (“en literatura se es un clásico o no se es nada, se escribe con perennidad o para el olvido”, decía), cuando no disfraces, otras voces en las que él se sentía cómodo, Bernini, Vermeer o Browning, avenidos a decir y a sentir lo que Carlos Pujol quería que dijeran, naturalmente (“hay que robar a otros. Si se tiene talento lo robado será ya inevitablemente muy propio y personal, originalísimo, y si no se tiene talento ¿qué más da robar o no?”).
En todos sus poemas se trasluce un fondo de soledad y tristeza, tal vez las de su propia infancia solitaria y triste: “Infierno es lo que se lleva dentro / sofocado para que no nos pueda”, dice por boca de Browning, pero como no era dado al teatrismo, estoy viéndole salirnos al paso en esta línea con otro de sus versos: “¿Explicar la poesía? ¡Nunca, nunca!”. En otro sitio nos dice que la poesía es  “Una aspiración a la verdad, y a quien aspire a lo definitivo, / a lo claro y tajante, / que no pregunte a los poetas”. Es cierto; pero no dijo nada de los poemas. A los suyos se les puede preguntar todo, porque suelen responder siempre de una manera clara, humilde, sencilla, por intricado y obtuso que sea el sentimiento con que hagamos la pregunta.



7 comentarios:

  1. "Hay que robar a otros...". Es que es imposible escribir o decir algo que no esté ya dicho o escrito. La diferencia está en el sello personal, en como lo mismo suena diferente. Y los buenos poetas como Carlos Pujol lo consiguen. Y usted también, no hay más que leerle hoy. Precisamente esto que yo digo, está influenciado por una carta que el señor Holmes envía a Mark Twain, en respuesta a otra, que éste le envió pidiéndole perdón por un plagio inconsciente.

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  2. Magníficas y emocionantes palabras, Andrés. Yo también creo que él fue ante todo poeta. Estoy leyendo desde hace tiempo, poco a poco, paladeando bien cada verso, sin prisa -que es como ha de leerse la buena poesía- su Poesía completa, la que publicaste en La Veleta, y me tiene bien cogido, deslumbrado por su exquisitez y su esplendor. Disfrutando a placer y aprendiendo.

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  3. la poesía entonces... como un alma cargada de humildad

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  4. Una concepción poética con la que coincido. Lástima que he llegado tarde, como casi siempre, a sus versos. Saludos

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  5. Precioso. Recuerdo ahora su voz cuando llevó una conversación pública contigo sobre tu obra en la Fundación Juan March (se puede descargar).

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  6. Gracias a Mr. Quaker por su recordatorio de la charla en la Fundación Juan March, a la que asistí en su día y que ya me he descargado. La recomiendo de veras.

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