20 de marzo de 2012

El tesoro del pajarero (y 3)

NUNCA hubo en España tantos pájaros en jaula ni tanta afición a enjaularlos como en la posguerra. Esta afición dio al traste con otra anterior, la colombofilia, surgida de las legendarias historias que se contaban, acaecidas durante la primera guerra mundial. Después de la guerra civil, sin embargo, había muerto ya tanta gente que las palomas no hubieran sabido ir a ninguna parte, sin contar que fue tan aguda el hambre, que a la mayoría se las comieron. Desaparecieron, pues, las palomas mensajeras, y prosperaron las aves de jaula y canto. Fueron las únicas que podían traer un poco de consuelo a tantos huérfanos y viudas. En ellas tal vez muchos veían una metáfora de la libertad, consolándose así con un canto que a pesar de nacer entre barrotes, o precisamente por ello, era enteramente libre. Años después también esa afición a criar pájaros en jaula fue decreciendo: tal vez nos resultaba demasiado dolorosa la visión de un animal que estando en una jaula tanto recuerda la condición humana. Paradójicamente, el canto de las aves, nos distrae de tales negocios melancólicos.
Cada pájaro sabe el suyo y lo canta como sabe, nos dice nuestro pajarero, en tanto algunos, no satisfechos, les enseñan algunos nuevos, por variarles su tristeza y con esta, variarse la suya propia.
De esto trata el Tesoro del pajarero en las páginas dedicadas a los canarios, "pájaros indígenas de la gran Canaria, de donde tomaron el nombre, y de donde se trajeron por los años de 1417, cuando se conquistó aquella isla", y de cómo puede enseñárseles a cantar: "Después del ruiseñor, el canario es entre todos los pájaros el que mejor pecho tiene para el canto, y cuando es nuevo aprende con facilidad todas las tocatas que se le enseñan, con tal de que se tenga una flauta, organillo, etcétera, para tocar repetidamente los sones que se quiera que aprenda (...) pero téngase entendido que no se le deben enseñar más que una o dos tocatas, porque si se les hace aprender más las confunden unas con otras y nada aprenden con perfección".
Aconseja el pajarero a continuación ni enseñarles muchas ni en otro tono del suyo, porque no atinando en el tono, los pájaros se fuerzan al cantar, y revientan, que es lo que puede pasarnos también a todos.
Quedémonos aquí,  por no alargar más la cosa. Ya irán vinieron currucas, verderones, pardillos o petirrojos, calandrias, chamarices, reyezuelos, hortelanos, pinzones, mirlos, avefrías, tordos, estorninos, tórtolas...

2 comentarios:

  1. Cuanto habla de las "aves de jaula y canto", la "metáfora de libertad... entre barrotes", me recuerda -con "escenario contrario"- al Romance del Prisionero: "que vivo en esta prisión,/ que ni sé cuándo es de día/ ni cuándo las noches son,/ sino por una avecilla/ que me cantaba al albor". Sí, el canto de las aves nos acompaña con su sonido de libertad, estén enjauladas ellas o lo estemos nosotros. ¡O lo estemos todos! "¿Y cómo vas a recoger el trigo/ y a alimentar el fuego/ si yo me llevo la canción" (León Felipe).

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  2. curioso, se le enseña al canario con una flauta una cantata y la aprende y reproduce él con facilidad...solo cuando es nuevo, y curiosa también esa indicación a la neoliberal especialización de su canto, y a no querer dominar todos los palos,pues revientan: una fábula ya en sí.
    saludos

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