24 de junio de 2013

Elogio de las cosas que duran

“CUANDO Edison puso a la venta su primera bombilla en el año 1881, la duración de este artículo ascendía a las 1.500 horas. Tres décadas después se anunciaban unas bombillas con una duración certificada de 2.500 horas. Sin embargo, en 1924, los principales fabricantes de Europa y Estados Unidos pactaron limitar la vida útil de las bombillas eléctricas a 1.000 horas”. El informe de El Confidencial en el que viene esto incluye otros ejemplos: las medias de nylon (pasaron de ser  prácticamente indestructibles a algo delicadísimo que se rompía con un rasguño, lo que duplicó las ventas), las lavadoras, las impresoras, los coches... La cifras son escalofriantes.

Hay dos modos razonables de enfocar este asunto. Uno, tal y como lo hacen diferentes asociaciones de consumidores y organizaciones ecologistas, es decir, atendiendo al interés del consumidor y a la protección del medio ambiente, y dos, desde un punto de vista estético, es decir, ético. 

El primero no ofrece lugar a muchas interpretaciones. En Francia esas asociaciones y organizaciones, ante la obsolescencia programada y la intencionada perecebilidad de muchas manufacturas, llevan años exigiendo que se etiqueten “los productos con la vida útil estimada por el fabricante, así como obligar por ley a incrementar la duración media de una lista de productos y, si se estropean antes, la garantía debería cubrir su coste”. En cuanto al medioambiente, a nadie se les escapa que el incremento desbocado del consumo nos está llevando a un presente inhóspito y a un futuro tan incierto como inquietante: el planeta Tierra acabará como esa calavera que se mete en ácido para despojarla de todo rastro de materia orgánica y blanquearla, una colosal calavera deshabitada dando pausados giros alrededor del sol en medio de un silencio sobrehumano. 

El aspecto ético-estético ofrece no menos interesantes perspectivas. Ha sido necesaria esta crisis para que muchos hayan descubierto acaso la belleza de las cosas que duran en uso. Si las cosas viejas en su doble acepción de trastos viejos o antigüedades tienen su indudable nobleza, hay algo aún más conmovedor en las cosas que siguen a nuestro lado activas. Se diría que se van impregnando de nuestra vida y nosotros de la que ellas proporcionan: la camisa que, vueltos cuellos y puños, sigue “como nueva”, es más que una camisa; nuestros viejos cuchillos que cortan “como el primer día”, si no más, porque han sido afilados con mimo, nos traen a la memoria todos los años que han sabido permanecer a nuestro lado, y los conservamos por lo mismo que nadie tira a la basura las viejas fotografías sólo porque tiene de las personas queridas que aparecen en ellas otras más recientes. Los ejemplos podrían multiplicarse... Es decir, hay en las cosas que duran una épica especial (esa supervivencia no deja de ser heroica en muchas ocasiones y milagrosa), y esa épica despierta en nosotros sentimientos y emociones que nos ayudan a descubrir en ellas, y en nosotros, algo de naturaleza lírica, o sea algo que nos hace fuertes y delicados, como quienes saben que siempre habrá algo superior en los zapatos ahormados por el uso que en unos enteramente nuevos y rígidos: nos llevan más lejos.
          [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de junio de 2013]

4 comentarios:

  1. Las primeras lavadoras automáticas BRU que duraban casi 20 años, un producto heróico de los tiempos de maricastaña, siempre han tenido para mí ese aliento épico que Andrés tan bien describe.

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  2. Pues nada. Firmen este elogio unos cuantos sesentones más y a Dios en carta certificada.

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    1. Dos aforismos de J. Renard..., que con suerte caben en el sobre.

      -PAPÁ paga - dicen cruelmente mis niños.

      ¡CUÁNTAS palabras que todavía no he utilizado! Caduco, por ejemplo.

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  3. Supongo que por eso de la obsolescencia programada a ningún fabricante de cualquier producto "que dure" le daría pánico poner como logotipo de su empresa la silueta de una secuoia gigante.

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