1 de junio de 2013

Lo mejor de Madrid

HACE unas semanas ha visto la luz este libro, para el que su autor, Martín Carrasco, quien mejor conoce y estudiado el mundo de las postales españolas, le pidió a uno el prólogo que va a continuación.
* * *

Sólo hay una afición tan poética como la del colombófilo: la del cartófilo o amante de las postales.
Se da fe en este libro de todas las que se hicieron de Madrid desde 1887 hasta 1905. 1887 es la fecha en que se publicó la primera de Madrid y también la primera que se hizo en España, y 1905 la que cierra la edad dorada de la postal.
Muchas de las que aquí se reproducen, alrededor de quinientas, se circularon entonces, quiero decir, se timbraron y salieron a los destinos más diversos, pero, como las palomas mensajeras, han vuelto a Madrid, cien años después.
Decir que “han vuelto” es una licencia poética; en realidad las ha traído, a la inmensa mayoría de ellas al menos y a lo largo de cuarenta años, un hombre singular, Martín Carrasco. Hablaremos luego de él; hagámoslo ahora de las postales, y, especialmente, de las que aparecen en este libro.
En el prólogo que tuvo a bien pedirme el propio Martín Carrasco para otro de sus libros, decía uno que acaso la razón por la cual las gentes rompen sus cartas y conservan, en cambio, las tarjetas postales que han recibido a lo largo de su vida (el número de postales escritas y circuladas por la gente es infinitamente superior al de las cartas que ha escrito: en España la gente ha escrito cartas en los noviazgos y, de pascuas a ramos, para comunicar hechos reseñables, nacimientos, muertes, herencias, pleitos y rendimientos de cuentas de salud –“aquí todos estamos bien”– más o menos sumarios), la razón por la que la gente conserva sus postales, decía, es porque cada postal encierra una doble felicidad, verso y reverso; dicho de otro modo, las postales sólo portan buenas noticias.
El haz de la postal, es decir, la fotografía, ilustración o motivo que se recoge en ella, es no sólo algo singular y representativo de esa ciudad (monumentos, calles, panoramas, jardines, hoteles, costumbres típicas o alardes de la ingeniería), sino, con frecuencia, lo más hermoso, agradable y circulable de ella, aquello que llena de orgullo a sus habitantes y de admiración, acaso, a quienes vayan a recibirla. En el envés o reverso figuran y se abrochan igualmente otras dos felicidades, la de la persona que la envía y la de aquella a la que se dirige, una declaración de afecto de quien la circula (“quiero que sepas que cuando estaba lejos, disfrutando de ese lugar tan hermoso que figura en la postal, me acordé de ti, y mi felicidad habría sido completa si hubiera podido tenerte al lado, disfrutando juntos de este momento”) y de reconocimiento en quien la recibe (“en el momento en que nuestro amigo o pariente era feliz, justamente cuando no necesitaba de nada ni de nadie, porque la felicidad es así de egoísta, ha pensado en mí o en nosotros, y ha querido contárnoslo con esta postal”).
Quien colecciona postales, por tanto, colecciona momentos felices del mundo, imperecederos, memorables. Y lo hace, creo, porque, de modo consciente o no, trata de preservar lo que acaso sea más frágil de todo: la alegría y la dicha, o sea, la plenitud.
Martín Carrasco es uno de estos cartófilos que ha ido juntando momentos felices, plenos y a menudo pródigos, buscándolos y acopiándolos en un redil fabuloso, como el buen pastor, en los lugares más remotos del globo y con una tenacidad y paciencia admirables (cerca de 800.000 postales, de las cuales 80.000 forman su colección personal).
El libro que hoy da él a la luz es, como he dicho, fruto de muchos años de pesquisas, ordenación y catalogación. Es, y él insiste mucho en ello, no sólo un libro para ver, sino para leer, pues hay detrás un minucioso trabajo en torno a las más de tres mil postales de Madrid conocidas de ese periodo de dieciocho años que van, como hemos dicho, de 1887 a 1905.
El que se tome la molestia de leer este libro, hallará en él no sólo informaciones interesantes de los editores de estas postales, de los más modestos a los más importantes, como Laurent o Hauser y Menet (el rey de las postales, de quien Carrasco escribió hace años un estudio canónico), pasando por muchos francotiradores. Uno de estos, don Antonio Cánovas del Castillo, pariente del Cánovas ilustre, certificó ya en 1901 el nacimiento de la cartofilia: “Lo que nadie espera era que una cosa que nació para simplificar y abaratar la correspondencia se convirtiese, de la manera que se ha convertido, en objeto casi de boato y ostentación, a menudo diez veces ,más cara que el coste de una carta corriente, y, sobre todo, en material fundamental para una de las modernas y más extendidas debilidades: el coleccionismo”.
Lo decíamos, sí, el cartófilo quiere coleccionar junto a testimonios históricos, paisajísticos, culturales o sociales escogidos por su belleza o su relevancia, testimonios personales tanto como la impronta histórica de un momento especialmente señalado. Por si no bastara, la postal es un invento perfecto: fácil de conservar y agradable de manejar (da vértigo y una infinita tristeza pensar que, con la irrupción de los teléfonos móviles provistos de cámaras de fotos, estemos viendo el fin de aquello que Cánovas vio nacer hace cien años). Añádase a esto el hecho que hace las delicias de un coleccionista: las tiradas de las postales, que pueden ir de uno o dos únicos ejemplares a millares de ellos, le darán a su búsqueda alicientes propios.
De Cánovas precisamente es una serie extraordinaria, reproducida en parte aquí, sobre la fiesta de los toros, muy criticada en su tiempo, por dar con ella una visión de la España negra que prefigura a José Gutiérrez Solana. Lo que hoy diríamos políticamente incorrecto en un mundo como el de las postales, que es el reino de la corrección. Otros editores postalistas buscaron temas más atractivos, incluso nimios, pero que hoy encontramos bellísimos y líricos, como el que nos ofreció las imágenes de la poda del Retiro. En otras palabras, este libro entero es, en miniatura, lo mejor del Madrid de esos años. Y si Carrasco ha catalogado todas las postales conocidas de ese periodo, ha puesto también buen cuidado en elegir aquellas que se reproducen, tratando de que quedaran representados todos los aspectos de la vida de entonces. Todos, claro, de los que se ocuparon los editores, que pensaban, como es natural, en el público al que iban dirigidas, turistas en su mayor parte, y en dar de la ciudad lo más pintón suyo: El Prado, los toros y el Palacio Real (con la saga de personajes reales) son los temas más requeridos, pero al lector atento no se le escaparán las series, raras por excepcionales, que parecen ilustrar el Madrid de La Busca, de Baroja, con sus arrabales y tipos miserables, incluso con su cárcel modelo; o el del Galdós que no renunció ni al côté-Fortunata ni al côté-Jacinta, tan bien representados aquí, ni al côté Guillermina, con todas esas vistas de instituciones benéficas neogóticas; o el del Solana, del Rastro y de los cafés cantantes; o el de los escritores costumbristas amantes de los rincones y los tipos… típicos; Martín Carrasco no ha querido tampoco ser un coleccionista pasivo, y ha hecho crecer entre postal y postal, como la hierba entre las llagas de los adoquines, informaciones curiosas sobre lugares, oficios, negocios, personajes históricos o apenas conocidos, que completarán esta visión.
Conozco a Martín Marrasco desde hace muchos años. Admira en él la dedicación constante en lo que empezó siendo una curiosidad para convertirse en un empleo que no ha dejado de ser en él nunca una afición, y admira y asombra su determinación de ir acopiando esos monumentos a la fragilidad del bien que son las humildes postales.
Hablábamos al principio de que sólo había una afición comparable a la del colombófilo: la del cartófilo. Y nos referíamos a las postales como palomas mensajeras, que hubieran vuelto a casa. Hoy Martín Carrasco las echa a volar de nuevo en forma de libro. Se diría que dejan el Arca de Martín como aquella otra famosa paloma dejó el Arca de Noé. Con la que está cayendo, nuestro diluvio universal europeo, estas postales, testimonios de plenitud, vuelven a ser palomas mensajeras de la paz.

Martín Carrasco, Tarjetas postales ilustradas de Madrid, 1887-1905. Ediciones La Librería, Madrid, 2013

3 comentarios:

  1. Las colecciones no dejan de ser un loable trabajo de arqueología , con una componente espiritual no exenta de generosidad . Es de agradecer que existan personas con tanta pasión por algo bueno .

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  2. Muy interesante , más si se tiene en cuenta que apenas hay imágenes cinematográficas de esa época

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  3. Una docena de curiosas fotos y postales en

    http://cultura.elpais.com/cultura/2013/05/21/actualidad/1369167610_674210.html

    COLECCIÓN FERNÁNDEZ RIVERO DE FOTOGRAFÍA ANTIGUA. Don Juan Antonio está digitalizándola. Su página

    http://www.cfrivero.com/

    sólo admite por ahora una "visita rápida". Sí pueden verse como muestra ("Exposición Temporal") fotos y postales del Palacio de San Telmo de Sevilla, sus publicaciones y el acceso a su interesante blog:

    http://cfrivero.wordpress.com/

    El terrible encanto de las fotografías antiguas. Con este material el coleccionismo se comprende algo mejor.

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