24 de enero de 2012

Ajos, marsopas, voces de gesta

EN las minimemorias de Luis G. Candamo (remitidas por JMB, qué sería de nosotros sin sus pesquisas. "Eres genial, jamás me habría fijado en esos dos detalles", escribió luego. En realidad, querido JM, a cada cual le esperan sus propios hallazgos, que ningún otro verá, y eso no tiene ningún mérito, como también sucede con las erratas, que cada cual ve unas distintas de las que ve otro, destinadas a cada uno de nosotros desde el origen de los tiempos para que sólo cada uno de nosotros distingamos las nuestras), en esas memorias del hijo del ilustre bibliotecario, decía, estos dos detalles:

1. Que en los años treinta Unamuno llevaba en el bolsillo de su chaqueta ajos pelados para comerlos crudos a lo largo del día, sin recatarse de emplear en público ese remedio que le habían indicado pastores salmantinos para combatir la artrosis.

y 2. Que en el Madrid sitiado de la guerra, donde tantos alimentos empezaban a escasear y racionarse, empezó a venderse carne de marsopa.

Los ajos nos hacen aún más simpático a don Miguel, pero alguien, entre los muchos y eruditos lectores de este almanaque, podrá decirnos, primero, si por marsopas hemos de entender lo que dice el diccionario, y en segundo lugar, si fuere así, qué diablos habían venido a hacer a Madrid, tan lejos de su hábitat natural. ¿Traídas acaso del Mar del Norte o del Negro por los rusos?
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Y para que el asiento de hoy sea enteramente el de un almanaque en el que entra todo, esta dedicatoria autógrafa de Valle-Inclán en mi ejemplar de Voces de gesta, encontrado quién puede decir dónde ni hace cuánto tiempo. No habrían podido quedar expresados en menos palabras el genio y la malicia bradominesca de su autor: "Este ejemplar de Voces de Gesta para Juanita, magnífico ejemplar".
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Esta es la clase de historias que nunca suelen aparecer en los ensayos serios sobre escritores, pero lo cierto es que en ellas hallamos a veces más del carácter y la personalidad de un autor que en muchos de sus escritos. Al fin y al cabo saber que a Cervantes le gustaban los juegos de cartas es infinitamente más importante que conocer dónde nació, asunto este sobre el que corrieron ríos de tinta durante dos siglos. 
Entrada, salida (Parqueadero de la calle Castelló), 15 de enero, 2012










4 comentarios:

  1. Meu caro, es mentar a las erratas y... Se te ha colado "artosis". Saludos, Álvaro

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  2. Los manuales de literatura excluyen todo lo que tenga que ver con la literatura, ese tipo de detalles tan especiales como la afición de Cervantes por el juego, y todo lo que la literatura pudiera tener de vida, bueno, de vivo. Es más, yo creo que los hacen adrede secos y amojamados para que nadie pueda darles ni un bocado, mucho menos saborearlos y ya ni hablar de sacar beneficio alimentario... A ningún "manualista" (que son casi todos los que se dedican a la literatura) le interesan lo más mínimo las memorias de nadie que no esté ya previamente encumbrado. Y a mí que los encumbrados se me dan todos un ardite...Y me perezco por los escritos de alguien que me cuente qué se comía en el cerco de Madrid, por ejemplo. ¡Marsopas en Madrid!como los simples boquerones. Ahora mismo me pongo a ver dónde se pueden leer esas memorias completas.

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  3. Y la historia -en el Madrid sitiado y de la posguerra- del alquiler del hueso de jamón, es cierta?

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  4. Los peces del franquismo venian del Aral, por eso habia más gatos que perros. LOM

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