30 de marzo de 2014

Cara y cruz del enigma (una lectura de Nietzsche)

EL jueves pasado Miriam Moreno, en una sesión del Seminario Nietzsche Complutense, celebrada en Matadero de Madrid, dio la réplica a la profesora Ana María Leyra, quien a su vez había leído un trabajo sobre Así habló Zaratustra del filófoso alemán, con este escrito.
* * *
Ana María Leyra nos ha invitado a realizar una lectura libre de doctrinas, una lectura creadora que despierte nuestras propias reflexiones a través de imágenes.  Un pensamiento visual que es un oír con los ojos y un mirar con los oídos, con la extrema atención que requieren los textos de Así habló  Zaratustra.
Un libro que parece evocar una época legendaria, remota y mítica, como lo es aquella del nacimiento de la filosofía que se remonta a los ritos de la Grecia arcaica en los que el éxtasis, la manía, la locura, son elementos comunes en los ritos del culto a Dionisos y Apolo. Estas serían las fuentes de la sabiduría, según el camino de la palabra, desde la oralidad a la escritura, trazado por Giorgio Colli. Un itinerario genealógico del paso de la sabiduría a la filosofía, o lo que es parecido, el paso del adivinar al deducir. Pero no me voy a detener en él porque me voy a centrar en este fragmento de De la visión y del enigma.[1] Aquí, Zaratustra se dirige, no a las multitudes, sino a sus compañeros de viaje, a los iniciados, ebrios de enigmas que gozan con la luz del crepúsculo. Únicamente a estos audaces les revela la visión del más solitario. A ellos les invita a la interpretación porque pueden adivinar y odian el deducir.
En mi tentativa de hacer una lectura sin traicionar el espíritu de Nietzsche, sin seguir las rutas ya trazadas, he explorado algunos textos autobiográficos suyos buscando pistas del enigma nietzscheano, de su lógica imposible. Les voy a proponer la lectura de unos textos que apenas voy a comentar. Son fragmentos de cartas escritas en la primera mitad de la década de los ochenta y algunos pasajes de Ecce homo en los que he seguido el rastro de las palabras de Zaratustra. Como saben, Ecce Homo, es un libro escrito por Nietzsche en 1888 con el subtítulo: Cómo se llega a ser lo que se es, que empieza con un párrafo en el que hace referencia a su edad: “No en vano he sepultado hoy mi año cuarenta y cuatro, me era lícito sepultarlo, –lo que en él era vida está salvado, es inmortal.”[2]
Pues bien, lo que Colli saca a la luz con su interpretación es la génesis común de la filosofía y de la poesía. Ana María nos acaba de leer La canción de la melancolía que nos muestra a un Nietzsche de la estirpe de los poetas. Así se lo dice a Erwin Rohde, en la carta desde Niza el 22 de febrero de 1884:
“Por lo demás, continúo siendo poeta hasta todas las fronteras de este concepto, y ello, a pesar de que me he tiranizado suficientemente con lo contrario de toda poesía.
¡Ay, amigo, qué vida tan desatinada y silenciada vivo! ¡Tan solo, tan solo! ¡Tan sin hijos!”[3]
Como poeta Nietzsche conoce la inspiración. He escogido este párrafo de Ecce homo, páginas 97 y 98 en el que encontramos a un Nietzsche no del todo descreído.
“– ¿Tiene alguien, a finales del siglo XIX, un concepto claro de lo que los poetas de épocas poderosas denominaron inspiración? En caso contrario, voy a describirlo. 
Si se conserva un mínimo residuo de superstición, resultaría difícil rechazar de hecho la idea de ser mera encarnación, mero instrumento sonoro, mero médium de fuerzas poderosísimas. El concepto de revelación, en el sentido de que de repente, con indecible seguridad y finura, se deja verse deja oír algo, algo que le conmueve y trastorna a uno en lo más hondo, describe sencillamente la realidad de los hechos. Se oye, no se busca; se toma, no se pregunta quién es el que da; como un rayo refulge un pensamiento, con necesidad, sin vacilación en la forma –yo no he tenido jamás que elegir. Un éxtasis cuya enorme tensión se desata a veces en un torrente de lágrimas, un éxtasis en el cual unas veces el paso se precipita involuntariamente y otras se torna lento; un completo estar-fuera-de-sí, con la clarísima consciencia de un sinnúmero de delicados temores y estremecimientos que llegan hasta los dedos de los pies; (…) Todo acontece de manera sumamente involuntaria, pero como en una tormenta de sentimiento de libertad, de incondicionalidad, de poder, de divinidad… La involuntariedad de la imagen, del símbolo, es lo más digno de atención; no se tiene ya concepto alguno; lo que es imagen, lo que es símbolo, todo se ofrece como la expresión más cercana, más exacta, más sencilla.”[4]
Nietzsche nos está describiendo la inspiración como una visión y una temporalidad. Una imagen que se deja ver, pero también oír. Quizá un mirar con los oídos o un oír con los ojos. La inspiración es involuntaria, convierte lo invisible en forma y desvela lo inefable con palabras. Así lo leemos en esta carta a Carl von Gersdorff del 28 de junio de 1883 donde escribe Nietzsche:
“De nuevo estoy en la Engadina, por tercera vez, y de nuevo siento que aquí, y no en otro sitio, se encuentra mi verdadera patria y mi lugar de incubación. ¡Cuántas cosas no se hallan ocultas en mí, que quieren convertirse en forma y palabra! Nunca podrá ser el ambiente bastante tranquilo, alto y solitario en torno de mí, si quiero oír mis voces más íntimas.”[5]
La soledad como condición. Otro título pensado por Nietzsche para De la visión y del enigma era “La visión del más solitario”. Esta visión ya sabemos que es la del Eterno Retorno. En Ecce homo leemos:
“Voy a contar ahora la historia del Zaratustra. La concepción fundamental de la obra, el pensamiento del eterno retorno, esa fórmula suprema de afirmación a que se puede llegar en absoluto, – es de agosto del año 1881: se encuentra anotado en una hoja a cuyo final está escrito: ‘A 6.000 pies más allá del hombre y del tiempo’. (…) Acaso sea lícito considerar el Zaratustra entero como música; – ciertamente una de sus condiciones previas fue un renacimiento en el arte de oír. En una pequeña localidad termal de montaña, no lejos de Vicenza, en Recoaro, donde pasé la primavera del año 1881, descubrí juntamente con mi maestro y amigo Peter Gast, también él un “renacido”, que el fénix Música pasaba volando a nuestro lado con un plumaje más ligero y más luminoso del que nunca había exhibido. [6]
Sabemos que la figura de Zaratustra comparece ya en algunos aforismos desde 1881 y en la carta a Peter Gast desde Sils-María, el 14 de agosto de ese año Nietzsche escribe:
“No, mi querido y buen amigo. El sol de agosto está sobre nuestras cabezas, el año corre hacia su fin, y en las montañas y en los bosques se extiende mayor tranquilidad y mayor paz. En mi horizonte han surgido ideas, como nunca las he contemplado; (…) A veces me pasa por la cabeza la idea de que, en realidad, vivo una vida altamente peligrosa, pues pertenezco a la clase de máquinas que pueden saltar en pedazos. Las intensidades de mi sentimiento me hacen estremecer y reír; unas cuantas veces no he podido abandonar mi habitación por la ridícula razón de que mis ojos estaban irritados. ¿Por qué causa? Era que cada vez el día anterior había llorado demasiado durante mis caminatas, y no lágrimas sentimentales, sino lágrimas de júbilo, mientras que cantaba y hablaba cosas disparatadas, penetrado por una visión nueva, que es mi delantera frente a todos los demás hombres.”[7]
Esta visión nueva es la del Eterno Retorno. De ella nos dice Vattimo, siguiendo a Löwith que es la resistencia de la voluntad frente al carácter lineal del tiempo.  Linealidad como trascendencia que lo hace depender de un origen y lo vincula a un final, ambos fuera del poder del hombre.[8] Entonces no hay un telos predeterminado en la historia porque también hay una voluntad de resistencia individual que implica una decisión y un esfuerzo. Por lo tanto, el Eterno Retorno es un principio, no tanto cosmológico, como axiológico, que afirma la voluntad de poder. Más allá del “deber ser” kantiano,  está el “querer” nietzscheano. Una temporalidad, que, como dice la profesora Leyra, abre un espacio imaginal de retorno a fuentes griegas, no como retorno al pasado, sino como insistencia de figuras que escapan al tiempo lineal.
Veremos cómo Nietzsche persigue la resistencia de su voluntad en la escritura de Así habló Zaratustra. Una escritura que oculta y fortalece a la vez. Lo confiesa así en su carta a Peter Gast desde Sils-María, el 2 de septiembre de 1884:
“Por ahora, Zaratustra sólo tiene el sentido eminentemente personal de ser mi ‘libro de edificación y aliento’; por lo demás, oscuro, y oculto y risible para cualquiera.
Heinrich von Stein, una persona de magníficas cualidades, que me ha procurado mucha alegría, me ha dicho con toda sinceridad que del mencionado ‘Zaratustra’ ha entendido “doce frases y nada más”. Ello me hizo mucho bien.” [9]
Reconocemos aquí la voluntad de oscuridad de Nietzsche como si conjurara el pensamiento de Heráclito, amante de los enigmas. En Ecce homo también nos topamos con su desafío:
“La felicidad de mi existencia, tal vez su carácter único, se debe a su fatalidad: yo, para expresarme en forma enigmática, como mi padre ya he muerto, y como mi madre todavía vivo y voy haciéndome viejo.”[10]
Nietzsche nos pone delante una contradicción, al decirnos que él está muerto como su padre, pero a la vez vivo como su madre. Habitante de una tierra imposible, entre los vivos y los muertos, tal como sugería la profesora Leyra. De nuevo Nietzsche se expresa de forma enigmática para destacar otro rasgo determinante de su biografía: su salud. Nos dice que sufre a menudo de fuertes dolores de cabeza y vómitos que se pueden prolongar hasta tres días y una dolencia de la vista que, según nos confiesa en Ecce homo:  “a veces se aproxima peligrosamente  a la ceguera.”[11] Esta fatalidad a la que alude Nietzsche se inscribe en un espacio intermedio de tensión entre la enfermedad y la salud,  en un movimiento circular de decadencia y emergencia, de dolor y jovialidad. Bipolaridad en la que ambos estados son igualmente necesarios: para recobrar la salud es necesaria la recaída. Esta mirada, nos sigue diciendo en Ecce homo, es la óptica del enfermo que consiste en: “elevar la vista hacia conceptos y valores más sanos, y luego a la inversa, desde la plenitud y autoseguridad de la vida rica, bajar los ojos hasta el secreto trabajo del instinto de décadence.”[12]  Un esfuerzo que, continua diciendo, le ha hecho maestro en dar la vuelta a las perspectivas. Lo que parece decirnos Nietzsche es que su mala salud es una consecuencia de su sufrimiento al morirse su padre en 1849. Nos dice que en el mismo año en que la vida de este se hundió, se hundió también la suya [13].
Quizá, para Nietzsche, el hacerse cargo de su enfermedad implica la decisión de suministrarse esta medicina, este farmakon, que da forma y palabra a las cosas ocultas en lo más íntimo y propio suyo. Entonces, si seguimos esta línea interpretativa, resulta muy reveladora la carta a Franz Overbeck desde Rapallo, el 25 de diciembre de 1882, un mes después de su ruptura con Lou Salomé, en la que escribe refiriéndose a esta experiencia dolorosa: 
“Este último bocado de la vida ha sido el más duro de los que he masticado hasta ahora, y todavía es posible que me ahogue con él.”[14]
Pero si volvemos al texto de De la visión y el enigma encontramos estas palabras de Zaratustra:
“Y en verdad, lo que vi no lo había visto nunca. Vi a un joven pastor retorciéndose, ahogándose, convulso, con el rostro descompuesto, de cuya boca colgaba una pesada serpiente negra. (…) ¡Resolvedme, pues, el enigma que yo contemplé entonces, interpretadme la visión del más solitario! Pues fue una visión y una previsión:  – ¿qué vi yo entonces en símbolo? ¿Y quién es el que algún día tiene que venir aún? ¿Quién es el pastor a quien la serpiente se le introdujo en la garganta? ¿Quién es el hombre a quien todas las cosas más pesadas y negras se le introducirán así en la garganta?
 –Pero el pastor mordió, como se lo aconsejó mi grito; ¡dio un buen mordisco! Lejos de sí escupió la cabeza de la serpiente: – y se puso de pie de un salto.  –Ya no pastor, ya no hombre, – ¡un transfigurado, iluminado, que reía!” [15]
Observamos ciertas analogías en ambos textos. Tenemos por una parte el verbo “ahogarse”, y por otra la operación de “masticar” el duro bocado de la vida en la carta a Overbeckasí como “morder” la cabeza de la serpiente en el enigma que plantea Zaratustra. Pero continuamos leyendo en la misma carta a Franz Overbeck desde Rapallo, el 25 de diciembre de 1882, a un Nietzsche hundido por la reciente ruptura con Lou Salomé:

 “Pongo en tensión todas las fibras de mi autosuperación (…) Si no invento la maravilla alquimista de convertir también en oro esta basura, estoy perdido. Tengo aquí la más preciada ocasión para demostrar que para mí “todas las experiencias son útiles, todos los días sagrados y todos los hombres divinos”. [16]
Un deseo que en su fórmula suprema de afirmación del Eterno Retorno Zaratustra lo expresa así: “¿Era esto la vida? ¡Bien! ¡Otra vez!”[17] 
La profesora Leyra ha destacado que la escritura aspira una transfiguración. Y ahora, después de estas palabras de Nietzsche, nos atrevemos a añadir que la transfiguración se ha realizado como si la escritura fuera la pócima del alquimista, el farmakon, que convierte las cosas en oro.  Así vemos que “la maravilla del alquimista” ha traspasado la cruz de la experiencia de Nietzsche dándole la vuelta. La cara, el reverso es Así habló Zaratustra y así lo declara el filósofo-poeta en esta carta que le escribe a Erwin Rohde desde Niza, el 22 de febrero de 1884:
“Mi “Zaratustra” está terminado, en sus tres actos. El primero lo tienes ya, los otros dos espero poder enviártelos en mes o mes y medio. Es una especie de abismo del futuro, algo escalofriante, especialmente en su alegría. Todo en el libro es mío propio, sin modelo, comparación ni predecesores; quien ha vivido una vez en él, vuelve otra vez al mundo con un rostro completamente distinto”[18]

Esta ha sido mi lectura imposible. Muchas gracias.

Leído en el Seminario Nietzsche Complutense en Matadero-Madrid, el 27 de marzo de 2014.



[1] Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Madrid, Alianza Editorial, introducción, traducción y notas de Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza Editorial, 1975, pp. 223 y 224.
[2] Friedrich Nietzsche, Ecce homo, Madrid, Alianza Editorial, 1979, p. 18.

[3] Friedrich Nietzsche, Correspondencia, Presentación de Fernando Savater, traducción y edición de Felipe González Vicen, Madrid, Aguilar, 1989, p. 336.
[4] Friedrich Nietzsche,  Ecce homo, introducción y notas de Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza Editorial, 1979, pp. 97 y 98.
[5]  Friedrich Nietzsche, Correspondencia, Presentación de Fernando Savater, traducción y edición de Felipe González Vicen, Madrid, Aguilar, 1989, p. 319.
[6] Friedrich Nietzsche,  Ecce homo, introducción y notas de Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza Editorial, 1979, p. 93 y 94.
[7] Friedrich Nietzsche, Correspondencia, Presentación de Fernando Savater, traducción y edición de Felipe González Vicen, Madrid, Aguilar, 1989, p. 278.
[8] Gianni Vattimo, Diálogo con Nietzsche, Barcelona, Paidós, 2002, p. 262.
[9] Friedrich Nietzsche, Correspondencia, Presentación de Fernando Savater, traducción y edición de Felipe González Vicen, Madrid, Aguilar, 1989, p. 341.
[10] Friedrich Nietzsche,  Ecce homo, introducción y notas de Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza Editorial, p. 21.
[11] Op. Cit. , p. 23.
[12] Op. Cit. , p. 23.
[13] Op. Cit., pp. 21 y 22.
[14] Friedrich Nietzsche, Correspondencia, presentación de Fernando Savater, traducción y edición de Felipe González Vicen, Madrid, Aguilar, 1989, p. 304.
[15] Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Madrid, Alianza Editorial, introducción, traducción y notas de Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza Editorial, 1975, pp. 227 y 228.
[16] Friedrich Nietzsche, Correspondencia, presentación de Fernando Savater, traducción y edición de Felipe González Vicen, Madrid, Aguilar, 1989, pp. 304 y 305.
[17] Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Madrid, Alianza Editorial, introducción, traducción y notas de Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza Editorial, 1975, p. 225.
[18] Friedrich Nietzsche, Correspondencia, presentación de Fernando Savater, traducción y edición de Felipe González Vicen, Madrid, Aguilar, 1989, p. 335 

Madrid, 29 de marzo de 2014

6 comentarios:

  1. Nietzsche levantó un monumento al escepticismo cuando afirmó que "Fe es no querer saber la verdad", y ahora Miriam, aludiéndole, invoca varias veces a la sinestesia. Interesante juego entre la razón absoluta y la percepción desviada. Intransigencia y especulación.

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  2. Por muchos años se apagaron las Luces, se hizo de Nietzsche.

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  3. Querido Friedrich: da las gracias a Miriam por esta estupenda lectura y a Andrés por compartirla con nosotros. También a los solitarios se nos pone el rostro distinto cada vez que -a diario- salimos de Hemeroflexia y volvemos al mundo.

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  4. “Endurecernos lentamente, lentamente, como una piedra preciosa – y, al final, yacer inmóviles, para alegría de la eternidad”.
    (Nietzsche)

    Sólo el eterno retorno del diamante, sólo.

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  5. Un texto realmente esclarecedor, muchas gracias por compartirlol

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  6. 2001 odisea en el espacio , el enigma del eslabón perdido se explica con el monolito negro que cae del cielo ( cuando los monos lo tocan adquieren un nuevo sentido del espacio y del tiempo ) . Este monolito simboliza a Zaratrusta ( Dios ) y la película es una interpretación o recreación de Así habló Zaratrusta ( música incluida )

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