10 de noviembre de 2014

Parad esta locura (y 2)


SÍ, esta es la pregunta: ¿Qué vemos en un museo en el  que nuestra presencia, y la de otros miles de visitantes, impide que se vea nada? Aglomeraciones, atascos, ruido, distracción permanente, zombis que parecen haber escapado de alguna de las sepulturas y entierros que tanto abundan en los cuadros de los museos, velocistas que los recorren a la carrera, grupos organizados escuchando las explicaciones de un experto y expertos tratando de mantener a voces la atención del grupo... En efecto, ¿qué podremos ver en esas condiciones?

No quiere uno hacer demagogia, y menos desde que sabe que la obra de uno de los poetas más silenciosos de la historia, Paul Verlaine, se escribió en los cafés más concurridos y alborotados de París. ¿No visitamos Venecia abrumados por un gentío del que formamos parte, pese a lo cual somos capaces de obtener de esa ciudad algo único, se diría que especialmente destinado a cada uno de nosotros? Por esa razón quizá la pregunta que debiéramos formular es otra:   ¿De verdad que todos los que acuden en masa a ver la Gioconda, la Victoria de Samotracia, Venecia o la exposición de moda, necesitan de esas obras y viajar, a veces desde los más lejanos confines, hasta esas ciudades? ¿Acuden a ellas buscando respuestas estéticas, existenciales, sentimentales que no han encontrado en otra parte? ¿Son verdaderamente conscientes del sufrimiento, soledad y esfuerzo sobrehumano en que muchas fueron creadas? 

Contaba uno aquí la semana pasada la experiencia abrumadora que dio origen en el museo del Louvre a estos dos artículos: la inmensa mayoría de quienes fotografiaban la Gioconda levantando por encima de sus cabezas su móvil o buscando un selfie, se marchaban sin haber visto la Gioconda, nunca mejor dicho, ni en pintura. ¿Eran conscientes esas personas de que con su agitación y tumulto estorbaban o impedían que la viesen gentes a las que acaso les estaba yendo literalmente la vida en ello? Porque a estas alturas hay que decir que el arte es cosa seria, tal vez la más seria que ha salido de manos del hombre, que ha empeñado en cuadros, esculturas o sonatas su propia salvación como ser humano. Sí, alguien tendrá que recordarlo, porque destruir los museos, y los estamos destruyendo, es destruir el sentido que la vida no tiene, pero que sí tiene el arte que nos ayuda a encontrarle sentido a la vida.
       [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 9 de noviembre de 2014]

11 comentarios:

  1. josé maría del monte10 de noviembre de 2014, 10:20

    lo que llevo sintiendo hace tiempo es que los museos deberían tener sus días restringidos, en los que sólo puedan entrar los que acrediten un interés especial; por ejemplo, un pintor, un estudiante de historia del arte, un restaurador... o alguien que acredite su interés en relación a otros temas, o que abone una entrada superior para poder entrar en ese día restringido

    y eso sin que ello quiera decir que considere que yo mismo tuviera derecho a esos días especiales... creo que uno es el primero al que la visión de ciertos museos le dejaría indiferente, pero hay lugares en que me dan ganas de llorar por no poder disfrutar de una visita verdadera; por ejemplo, poder entrar a las zonas de un edificio a las que no se puede dejar entrar al público, subir a las cubiertas, ver los secretos constructivos... vamos, hacer una visita en la que se me reconozca que no debo ser tratado como los visitantes capaces de grabar a navaja "este memo estuvo aquí"

    acabarán extendiendo el efecto placebo en los museos: copias que sacien a la multitud a la que le da exactamente igual lo que ven, sólo importa el valor irónico de lo que ven

    y otra sugerencia: confiscación de teléfonos y cámaras a la entrada de un museo; ¿para qué fotografiar a la gioconda si no es para marcar paquete y contar ostentosamente "yo estuve aquí"?; siempre será mejor la reproducción de un libro o la que se pueda encontrar en internet que una birria de foto hecha por uno mismo... pero se sigue estúpidamente sacando la fotito que no acredita más que la propia estupidez

    y no sigo que me enciendo

    saludos y enhorabuena por tantas buenas entradas
    jm

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  2. Me alegra, por fin, estar de acuerdo en materia artística con mi admirado AT.: "el arte es cosa seria, tal vez la más seria que ha salido de manos del hombre, y nos ayuda a encontrarle sentido a la vida"

    Por eso vengo aquí todos los días.
    Gracias. Victoria

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  3. Digamos que la democracia solo puede perdurar si no se aplica a rajatabla, sobre todo en esta España de derechos infinitos y nulas obligaciones, donde se confunde el acceso con la exceso.

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  4. El Arte, incluido el de la letra, es el único lenguaje exclusivamente humano, y lo único que hace que el hombre "recuerde" (en vertical) lo que es. Y tanto que es cosa seria, quizás una de sus necesidades básicas, tanto como el alimentarse o dormir a estas alturas de la Historia. A ver cuándo se aplican el cuento los Estados, y hasta la carta de Derechos humanos.
    Restricción para visita en Museos, no. Solo vivimos el camino para cierta más profunda conciencización. Hay que aguantar.
    (fdo: una historiadora del Arte)

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    1. Sofía, seguro que alguien la avisó de que en el Bar Trapiello se sirven hoy tapas de arte y ha acudido a probarlas con espontaneidad juvenil para ofrecer gratis su opinión. Que no sea una ocasión excepcional, desengáñeme y visítenos con mas frecuencia, aunque se sirvan croquetas literarias mal fritas o humildes revueltos de ajo y agua.

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    2. Estimado Jose Cancio, le agradezco profundamente sus palabras ( y más esaa que aluden a mi espontaneidad "juvenil" ;) y su invitación. Tengo por costumbre venir al Bar Trapiello todos los días, adoro sus tapas, ligeras, sabrosas y que satisfacen con excelencia mis exigencias palatales (y digestivas). Solo que me quedo en la mesita del rincón, eso sí, con las antenas bien puestas. El Arte " me puede", supongo que porque me puede el ser humano, quizás a mi pesar. Por eso, esta vez he opinado, como si me fuera la vida en ello. Si a eso se le puede llamar espontaneidad juvenil, bienvenidos mis casi 52 años ;).
      Agradecida por su invitación, procuraré superar mi timidez (en los bares) y opinar en más ocasiones.

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    3. Pues según compruebo en la entrada de hoy martes me tiene que estar usted muy agradecida por haberle dado ese empujoncito que la ha animado a desvelar por fin su identidad y compartir el menú de la casa con los parroquianos acodada en esta barra de noble mármol. De arte hablaremos, esté segura. Y siento haberla asociado al mundo juvenil, cuando en realidad es usted todavía una niña encantadora.

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    4. Le estoy muy agradecida, con sinceridad, mi querido Jose Cancio, pero usted mismo puede comprobar, si lee mi respuesta a la respuesta que ha recibido mi comentario en la siguiente entrada, por qué hace años que me siento en la mesa del rincón de este bar (y otros). Niña, sí ;), una y otra vez.

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    5. A veces en los foros las discrepancias se expresan con un cierto exceso de vehemencia. Pero esa incomodidad que a usted le supone recibirla no debe ser razón para que nos deje y vuelva a la penumbra. Creo que este espacio merece la pena lo suficiente como para encontrar el modo de integrarse. Un saludo afectuoso.

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    6. Este espacio merece toda la pena, querido Jose, hasta el esfuerzo ( por mi forma de ser, enorme) de permanecer callada.
      Con mi gratitud y mi afecto.

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  5. No me gusta ver cruceros en las aguas de Venecia, pero luego pienso en el individuo a secas que ahorra para hacer el viaje soñado y contemplar los puentes, plazas, palacios, jardines y museos...

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