8 de noviembre de 2011

La muerte de un poeta

El día 7 de noviembre, hace una hora, ha muerto en Méjico, a la edad de ochenta y cuatro años, el poeta Tomás Segovia. Desde hacía unos años sufría una grave enfermedad, a la que le era muy difícil no tratar con displicencia. Escribió bellísimos poemas hasta el final y arrostró la muerte, columbrada por él desde hacía tiempo, como el propio Cervantes, con grandísima presencia de ánimo, tanto que parece haber quedado con su ausencia entre nosotros, en el aire de este otoño madrileño que tanto le inspiró a él, su "adiós, donaires".

Tomás Segovia en casa de Cuca y Ramón Gaya, 2008


    HUBO UNA VEZ


Salir a cualquier hora
Era siempre salir a la gran plaza
Al espacio central sobre el que gira el mundo
Era salir a ver
Cómo las cosas se regocijaban
De que quisiéramos salir a verlas
Y cómo las personas todas
Haciéndose tal vez las distraídas
En realidad estaban esperándonos
En su fondo más limpio.


Todo se desplegaba ante los ojos
Igual que los joviales
Tenderetes de fruta del mercado
Todo estaba en oferta
Todo esperaba nuestra mano
Todo el frescor era llamada
Todo era nuestro
                               puesto que existía.


  (De Estuario, 2011)

4 comentarios:

  1. desde luego sorprendente la estrofa final, ese encadenado de tenderetes-mercado-oferta-nuestro todo...
    puesto que existía

    ResponderEliminar
  2. Gran poeta y gran poema el que aquí se copia. Tuve la suerte de conocerlo el año pasado. Descanse en paz.

    ResponderEliminar
  3. Comparto ese sentimiento de melancolía del que habla el poeta; sí, las cosas, la vida, fueron de esa manera una vez, para que él las celebrara en estos versos. Un hermoso poema.

    (Gracias Andrés, por poner siempre poesía y belleza en este día a día nuestro tan mediatizado por política y demás circunstancias)

    ResponderEliminar
  4. Una vez me acerqué a saludarle después de una conferencia en El Escorial. Le dije que había leído "Fiel imagen" y que me había emocionado. "¿Ah pero fuiste tú?", me contestó. Yo no supe entenderle y me quedé desconcertado. "Sí hombre, ¿fuiste tú entonces el que compró el libro?", me aclaró con una sonrisa.
    Después tuve la suerte de llevarle hasta Madrid en mi coche. Qué idiota fui por no transcribir esa conversación. Trece años después, solo guardo retazos en mi mala memoria, recuerdos que ahora tienen más valor, precisamente por todo lo que hemos perdido.
    Un saludo y gracias de nuevo.

    ResponderEliminar