1 de noviembre de 2011

La Góndola (Misericordia Herrera)

EN el Rastro (tienen razón los que se compadecen de mi vida viendo que casi todo lo que le sucede a uno, transcurre en aquel arrabal de los deshechos y de los desechados, de los desengaños, de la miseria, de las postrimerías) emergen de dónde vestigios admirables de la vida pasada todavía vivos, buscando su primera resurrección. 
En una caja de cartón estos papeles de lo que fue, seguramente, una fábrica de harinas salmantina. Llegan de los años en los que España salía adelante a base de fideos. Así lo abonan sobres, papeles timbrados, viejos talonarios ya inservibles de bancas desaparecidas y la correspondencia con otras industrias del ramo: la fábrica de harinas por cilindros San José, de Macotera, la de Galletas Trigal-Domínguez, de Salamanca, las Mantequerías Marcos de la calle Concejo y, principalmente, La Góndola, con todas las fichas de sus empleados. Las va mirando uno, y algo en todas y cada una de ellas le conmueve: los retratos, los nombres, su historial de artesanos. Misericordia Herrera Martín, nacida en 1944 en San Pablo de los Montes, Toledo, tenía catorce años cuando empezó a trabajar como aprendiza en el Obrador de La Góndola. Es probable que viva todavía. Y como ella otras, las muchachas en flor. Ellas mismas fueron flor de harina en las negras rastrojeras de la posguerra. Qué quedará en sus sueños de la lozanía que sonríe en estas viejas fotos: Carmen García Malcriado, Pilar Librado Cortés, Josefa Hernández... No sabemos qué novela les estaba destinada a esas criaturas de nombre tan galdosiano, pero sí que en cada una de esas vidas habrá un relato, como mínimo, de Chejov... o de cualquiera al que aún le conmuevan las vidas de las gentes humildes.




3 comentarios:

  1. La intrahistoria perfilada por los recuerdos escondidos. Cada vez que abrimos un cajón, activamos los esquemas del pasado. Saludos cordiales.

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  2. más la promesa de magia y de nieve que siempre se agazapa tras la blanca mano de la harina, como el cutis de la zarina.

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  3. Seguro que todas esas caras,hoy en día,albergan novelas llenas de humanidad.De aquellas épocas que se vivía únicamente para sobrevivir.
    Me acuerdo,hace años,la última vez que fui al Rastro,de ver una mesa llena de gafas usadas,aún graduadas.Vestigios,como narra,de una ilusión,de un remedio para alguien posiblemente enterrado.
    Un saludo.

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