31 de octubre de 2011

Músicos callados contrapuntos

Empecemos por el concepto: lo que hasta hace poco se denominaba gordura u obesidad ha pasado a llamarse sobrepeso. ¿Hay en tal cambio razones médicas, sicológicas, estéticas? No lo sé. Es decir, la propia palabra ha sufrido un ligero maquillaje, una pequeña operación de adelgazamiento, un lifting. La obesidad o gordura de las sociedades desarrolladas se percibe no sólo en las personas. La encontramos en nuestras casas, en la decoración de bares y restaurantes,  en la saturación musical de los espacios públicos, incluso en nuestras bibliotecas particulares.

Ha citado uno otras veces este aforismo de Juan Ramón Jiménez: “Para leer muchos libros, comprar pocos”. No sabemos cómo (sí lo sabemos) nuestras casas se van llenado de libros, ocupando de ellas pertinaces, implacables cualquier hueco. Por no salir de Juan Ramón y de los institucionistas, tan cuáqueros: si a diferencia de las abigarradas mansiones burguesas les gustaban tanto las casas populares, era por su “pobreza”, porque sus paredes estaban desnudas,  encaladas, y no había en ellas sino pocos y escogidos muebles, tan refinados como sencillos.

La vida sana, saludable, exige un número justo de calorías, de hidratos de carbono, de azúcares, por encima del cual nuestras arterias y nuestro corazón se resentirían. ¿No precisarían entonces nuestras casas, nuestros espacios públicos, nuestras bibliotecas particulares una rigurosa dieta de adelgazamiento?

La publicidad literaria, musical, cultural de nuestra sociedad es tan abrumadora e invasiva como la de cualquier mercancía rentable. Se objetará a esto que en muchas casas no ha entrado aún ni siquiera un libro. Cierto. Lo mismo que en muchas donde los hay a cientos ni siquiera se leen. Imaginemos por un momento que expurgamos nuestras bibliotecas hasta dejarlas abarcables, que en las paredes queda un número razonable de estampas o cuadros como para fijarnos en ellos (los vemos pero no los miramos; tantos son), que no pondremos más música en nuestros tocadiscos que la que podamos escuchar atentamente (no sólo oír), que guardaremos todos los bibelots, a menudo aterradores, que han ido invadiendo nuestras habitaciones sin que nos diéramos cuenta, que... En fin. No será sencillo. Ninguna dieta de adelgazamiento es fácil de seguir, ninguna es milagrosa, pero lo cierto es que, más delgados, caminaríamos no sólo más ligeros, sino más contentos, leeríamos más y viviríamos, en suma, mejor. “Para leer muchos, comprar pocos”. Noble aspiración. Se lo ha sugerido a uno ahora cierto libro reciente en el que aparece la suya junto a las bibliotecas de otros colegas: ver tanto acopio de libros me ha parecido, paradójicamente, una disipación, y constatarlo le ha dejado a uno borgiano y melancólico, pensando en el tiempo que perdió, acaso, acabalándolos, en lo que ganaríamos si pudiéramos decir un día como Quevedo en la Torre de Juan Abad aquel memorable “retirado en la paz de estos desiertos, con pocos pero doctos libros juntos [que] en músicos callados contrapuntos al sueño de la vida hablan despiertos.”
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 30 de octubre de 2011]

5 comentarios:

  1. Manuel Cañedo Gago31 de octubre de 2011, 1:16

    Si uno tiene la intención de querer expurgar su biblioteca particular, sería buen momento para donar sus fondos a bibliotecas públicas, ahora que las administraciones están reduciendo el presupuesto dedicado para la compra de libros (un 83% en el caso de la Generalidad de Cataluña), pero se corre el riego de que te espeten con un "sólo admitimos ejemplares de especial valor bibliográfico". Ésta es la respuesta que recibió uno cuando quiso donar un rimero de libros a la Biblioteca Pública Pedro Salinas, en Madrid. Visto lo cual, que vuelvan al río de la vida: al Rastro, a la Cuesta de Moyano... Al agua, patos.

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  2. y desde luego no comprar ningún libro, no ir a ver ninguna película, hasta pasados al menos cinco años de su salida: poner así distancia y defensa contra su grito publicitario.
    muy problemático, claro, dada la creciente complejidad social, que a veces parece desierto y otras ubérrimo vergel, a veces góngora, a vecs quevedo, a veces JRJ, otras ONG

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  3. En mi caso, la aglomeración de libros en casa es una esclavitud. Me desespera carecer de tiempo para atenderlos como es debido. Saludos

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  4. Los libros duran muy poco en las librerías,como te descuides,te quedas sin él.

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  5. No he leído su opinión, Sr Trapiello, sobre la edición digital. Qué recomendaría a alguien que quisiera comenzar a editar libros. Libros por el placer de la lectura y por el placer estético del objeto. He visitado su sitio y he visto su labor editorial extensa y variada, sus collages. Algún buen consejo desde su experiencia será un tesoro. Gracias.

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