14 de octubre de 2011

Retrato de Pedro Luis de Gálvez cuando estaba en capilla

ENTRE las muchas curiosas historias que cuenta Girbal en su libro, esta, para mí desconocida. Se encontró después de la guerra a Diego San José. Venía aquel del penal del Dueso y este del de la isla de San Simón frente a Redondela, donde pasó cinco años. Tras un tiempo en Madrid, se instaló en Redondela. Tuvieron que ser razones muy poderosas las que le empujaron a vivir en el lugar donde había penado. San José, Dieguito, como le llamaban, le contó que le habían condenado a muerte por haber sido jefe de prensa de la temible Dirección General de Seguridad. Millán Astray, a quien fue a visitar la mujer de San José pidiendo clemencia, lo libró del pelotón de fusilamiento porque era un lector y admirador suyo, y ocurrió esto cuando esperaba en compañía de Pedro Luis de Galvez cumplimiento de sentencia en la cárcel de Porlier. Estos dos escritores se intercambiaron sendos sonetos, escritos según Girbal la víspera de su ejecución, estando ya en capilla y tratando de exorcizar la Muerte. Seguramente no fue la víspera: desde que los condenaron a muerte hasta la ejecución de Gálvez pasaron cuatro meses. Da igual. Llegados a ese punto, la vida es ya una novela. El de Gálvez por Diego es, sin lugar a duda, el último retrato que se le hizo al escritor más unánimemente denostado de la guerra civil, y no sé si ha sido editado en algún otro lugar aparte del libro de Girbal. Este es:

A este don Pedro Luis, de barba cana,
luenga melena y ojos con anteojos,
negra la cabellera y los ojos
claros, le conocí en mi edad lozana.
Ahora véngole a hallar, ¡miseria humana!
–por venganzas de azules contra rojos–
a través de una reja con cerrojos,
y mirando a la Muerte como hermana.
La Muerte no vendrá, mas si viniera,
presumo que al instante detuviera
su paso alucinante e inconcreto...
Y olvidándose, al fin, a qué venía,
absorta, a su pesar, se quedaría
oyendo a Gálvez su postrer soneto.


En cuanto al postrer soneto al que alude San José fue precisamente el que le dedicó a él, y figura en último lugar de los poemas completos de Gálvez que le editó La Veleta, probando de ese modo que la vida no es un juego de espejos, sino metalitaratura en estado puro y constante más allá de la muerte. La madrugada de aquella primavera de 1940 que siguió al día en que uno y otro se hicieron sus retratos, San José salió de la celda para el penal y Gálvez para el cementerio con una entereza que al parecer no siempre adornó su vida.
Foto que aportó Gálvez como prueba (número 19) de ejemplaridad cristiana con crucifijo al fondo en el Consejo de Guerra que lo condenó a muerte (tras cortar de la foto la parte izquierda, en la que presumiblemente estaría su compañera, a quien pretendía proteger de ese modo).

3 comentarios:

  1. La foto es sobrecogedora, y más conociendo sus funestas consecuencias. El pie de foto, en cambio, es esclarecedor: a él se asoman todos los usos de aquel tiempo oscuro.

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  2. Que Millán Astray se molestase en leer no lo sospechaba. Ahora me he quedado pensando que qué escribiría este pobre Diego San José.

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  3. Soy nieto de Diego San José y quisiera aclarar algunas cosas del texto de Andrés Trapiello y alguno de los comentarios. Mi abuelo se encontró efectivamente con Pedro Luis de Gálvez la víspera de su fusilamiento y fue su último visitante en la capilla de la cárcel. Está escrito en sus memorias carcelarias De Cárcel en Cárcel.
    En cuanto a su domicilio al salir de la cárcel, que no al cumplir condena. Salió en libertad provisional bajo la protección del industrial redondelano José Regojo que justificó su contratación como empleado en las oficinas de su fábrica de tejidos, aunque realmente si alguna vez hizo algo fue organizar algún tipo de actividad cultural, pues José Regojo no le exigió nada a cambio de su liberación tutelada. Mi abuelo sólo podía ir a Madrid un mes al año. Estos datos los conoció perfectamente Florentino Hernández Girbal, al que recuerdo como un entrañable amigo de mi madre.
    En cuanto a la relación entre Millán Astray y mi abuelo, no es que el militar fuera lector de mi abuelo sino que eran amigos, una amistad que posiblemente se forjó en los teatros, ya que Millán Astray era hermano de una escritora a la que siempre acompañaba como carabina.
    Este pobre Diego San José escribía obras de teatro, libros de poesía, novelas, casi siempre ambientadas en el siglo de oro o en otras etapas históricas. Uno de sus últimos libros publicados en vida fue una historia de las guerrillas españolas que enlazaba a Indibil y Mardonio con los combatientes antifascistas que defendían Madrid.

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