21 de octubre de 2011

Diente de león

AMANECE cuando Madrid empieza a quedar lejos, poco a poco el amanecer, poco a poco el alejarse. Hay algo sencillo y grato en esas madrugadas ferroviarias, como lo había en aquellas que le llevaban a la imprenta de Torrejón de Ardoz, La Ventura, Trieste, algo que tiene que ver con los oficios, con el honrado trabajo de tipógrafo. Si va uno por ahí hablando de literatura, de poesía, de sí mismo, es raro que no vuelva a casa vacío, de vacío. El oficio de tipógrafo le gusta, como le hubiera gustado el de jardinero, el de ebanista. Le esperaban en el viejo edificio de Salvat en Barcelona. Tenía que decirles: esto han hecho nuestras manos, y lo dijo en la lengua de las imprentas muertas, como quien ha trazado un surco recto. Dijo también: lo que importa en esa cubierta es lo que no se ve, el viento, pero está, y todos debiéramos sembrar en el viento, "cual estival vilano", como esos dientes de león que van a todas partes. Habló también de diccionarios. Dijo: el día que falten los diccionarios de papel, ¿qué haremos, cómo sabremos lo que son las palabras si no las vemos en una página al lado de otras muchas? En internet los diccionarios nos las dan de una en una, como en una probeta. Y habló de su amor por los diccionarios pequeños como hablaría de maderas, de plantas, de ruiseñores que no han perdido su "notable canto" como lo han perdido ya en otros diccionarios más famosos. Se sonrió también al descubrir el suyo en ese panteón de nombres ilustres del final, junto al de Trajano, ¡con las mismas líneas!, y todavía se sonrió más al comprobar que juntando las dos páginas, su nombre venía a besar el de Alonso de Madrigal, conocido como El Tostado, y pensó que un diccionario es la demostración más clara del principio de Arquímedes y que todo lo rige el sic transit gloria mundi. Y pensó en el desconocido al que habría desplazado él, y en el conocido que le desplazará un día también a él. Se dijo: un nombre pesa poco, menos aún que una semilla. El tren que lo traía de vuelta, doce horas después, entró en Atocha poco a poco, como había entrado poco a poco en la noche el crepúsculo rojo con sus vetas de oro. Las palabras, iba pensando, van con el viento sembrándose a todas partes, pero se recogen cada noche, como los pájaros, en un pequeño diccionario como este. Y al llegar a casa le mostró sus manos honradas por el trabajo de artesano, y dijo, estoy cansado, y el sueño le cubrió como caen las hojas secas sobre un vagabundo.
Cubierta de PLI, 2011. Ilustración: Guillermo Trapiello. Tipógrafos: Alfonso Meléndez y A.T.

12 comentarios:

  1. Preciosa portada, felicidades !

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  2. Hermosísmo. Pura emoción, puro amor a un laboreo necesario.

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  3. Descubrir una palabra, es descubrir un tesoro ...los diccionarios contienen algo más que palabras. Un saludo!

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  4. Preciosa portada, preciosa ilustración. Mi enhorabuena a Guillermo.

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  5. No viene a cuento de esta entrada pero he decubierto sus cuadernos ( a través del blog de Benítez Reyes, curiosamente) y me han gustado mucho. Saludos

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  6. Preciosa cubierta para un diccionario, por sí misma y también porque se sale del patrón previsible: un gran acierto sustituir las letras -tan recurrentes es estos casos- por un vilano. Los pelos del vilano como letras metafóricas... y aleatorias. Qué bien.

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  7. precioso texto, madrugadas ferroviarias, sol en almíbar,...brasas de sol crepuscular, y parodiando a Azarías (grande Delibes)... vilano bonito.

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  8. el viejo larousse ilustrado y El arca de las palabras son dos de dos "diccionarios" con los que más me he entretenido; lo digo por si alguien no conoce este último, que no se lo pierda, que no me reprochará la recomendación.

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  9. Las manos de un artesano y el corazón de un gran poeta.Qué maravilla de entrada. También Guillermo se ha lucido. Enhorabuena a los dos!

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  10. Enhorabuena a Guillermo por la ilustración de la cubierta. Me gusta mucho su color de papel de embalar; el lema de la editorial es precioso. Todo tiene un algo de emblema de Alciato... moderno. De siempre.
    (Por cierto, ayer, los brujos de internet, no dejaban mandar mensajes desde estas latitudes septentrionales).

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  11. EL DICCIONARIO DE RENATO GÓMEZ
    Juan Vicente Yago
    Cuando Renato Gómez acabó el bachillerato, su padrino, inesperada y providencialmente, le regaló un diccionario. Pero no un diccionario cualquiera, de los que sólo sirven para consultas urgentes y básicas, y que suelen tener «lapsus» desesperantes en cuanto se busca una palabra que no sea elemental. Era un diccionario muy completo, de los buenos, en el que se encontraba todo, y que no se limitaba a resolver los conflictos de vocabulario, sino que también tenía su parte histórica, para dar cuerpo e identidad a los nombres vetustos y rimbombantes que aparecían de vez en cuando en los libros. Y para colmo de perfección había, en el centro del volumen, a modo de frontera entre la historia y el léxico, un manojo de páginas rosadas, en donde se explicaba el significado de un montón de expresiones latinas célebres, de ésas que pronunciaban lapidariamente los sabios antiguos y que sirven hoy para dar lustre y realce a los textos.
    Renato no tenía costumbre de utilizar ningún diccionario para vencer los arrecifes de sus lecturas. Un poco por desidia y otro poco por no perder el hilo, se limitaba a sortearlos apoyándose en el contexto, y así se iba apañando. Pero la llegada de aquel diccionario supuso un cambio. Incitado por la novedad de poseerlo, Renato probó a buscar en sus páginas alguna palabra desconocida de las que iba encontrando mientras leía. La sensación de claridad fue tal, que poco a poco la consulta del diccionario se convirtió en algo necesario e incluso imprescindible. Aquel tomo ilustrado, vasto, enciclopédico, de letra menuda organizada en columnas, y definiciones llenas de ejemplos, era para Renato, cuando leía, como los faros del coche para el conductor. Renato Gómez ya no sabía leer sin tener al lado su «vademécum»; no podía pasar adelante sin dilucidar cualquier dificultad que le saliera al paso.
    Renato y su diccionario se fueron identificando de tal modo que la búsqueda de términos confusos, que ya era una necesidad, se fue enriqueciendo con tornasoles bibliófilos y nuevos matices de fruición lexicográfica. Por medio de la costumbre y del conocimiento de su diccionario, Renato Gómez llegó al virtuosismo en la búsqueda de palabras, y el completísimo glosario, casi anticipándose a su dueño, parecía abrirse solo por la página adecuada en cuanto aparecía cualquier vocablo extraño.
    Aquel diccionario estupendo significó para Renato, que hasta entonces leía por intuición, una puerta que comunicaba directamente con la lectura en toda su amplitud: la lectura completa por el conocimiento, y no sesgada por la ignorancia.
    El libro se fue ajando por el uso, pero su dueño no lo sustituyó, ni siquiera por uno idéntico. Tenía que ser ése, el mismo, porque sus páginas gastadas y con los cantos oscurecidos por el continuo pasar y repasar de las manos le daban un encanto y un valor propios, individuales y casi espirituales. Sobre la superficie de sus hojas se acumulaban miles de búsquedas, hallazgos e iluminaciones, y esto les confería como una pátina grave, solemne, majestuosa, de vida propia; un aleteo profundo de personalidad y complicidad con su dueño que se había construido a base de tiempo y dudas compartidas. No: Renato no sustituyó su diccionario. Después de aguantar durante bastante tiempo la incomodidad que suponía para las consultas el lomo rasgado por diversas partes, éste se rompió del todo, y entonces lo llevó a un encuadernador para que le pusiera las tapas nuevas. Comenzaba una época más en la vida del magnífico diccionario. Con sus nuevas tapas y el contenido de siempre cobraba tintes de veterano de guerra, de vestigio arqueológico, de viejo explorador con la memoria cargada de leyendas. Definitivamente, aquel diccionario ya no era igual a ningún otro; era una pieza única, que había servido en incontables disquisiciones intelectuales, que son las batallas de lo abstracto.

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