8 de junio de 2011

El libro de los susurros, y dos variaciones

En el maravilloso y constelado Libro de los susurros (Pre-Textos) del armenio rumano Varugan Vosganian se relata  esta historia. Cierto jenízaro, tras haber asesinado a toda la familia de un muchacho, le agarró a este del pelo, le levantó la cabeza y le obligó a mirarlo a los ojos. Le dijo, me llamo tal y tal. Luego le obligó a repetir ese nombre. A continuación le dijo: “Tú vas a vivir. Eres lo bastante mayor para entenderlo. Les dirás a todos quién soy y lo que os he hecho a ti y a tu pueblo”. Vosganian nos cuenta que aquel muchacho, su abuelo, “se vengó de la única manera que podía: no lo olvidó, pero jamás pronunció su nombre”.
Si se piensa bien, el mayor poder de un escritor para con los abyectos, hasta donde sabe uno por su experiencia, mucho más insignificante, desde luego, no es tanto airear sus nombres, sino no revelarlos a nadie ni ensuciarse el corazón con ellos. No hay cosa que el infame sufra con mayor desesperación que su impresencia en la memoria del mundo. Y eso valdría también para la mayor parte de los enemigos.
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VARIACIÓN virgiliana, pasada por Marcial: Cultiva los enemigos grandes, olvida los pequeños. Y qué desgracia tenerlos sólo pequeños, cómo olvidarlos.
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LOS enemigos que vienen por la literatura se los lleva la vida como los sarampiones. Por eso una disputa literaria, pasados los sesenta, produce siempre una gran tristeza, cuando no, como decía sentir aquella amiga de una gata suya que cogió la tiña, entre pena y asco.

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