16 de junio de 2011

Luna llena

CADA vez que va a producirse un eclipse, principalmente si es de luna, de visión menos molesta que los de sol, se anuncia en los periódicos y los telediarios, y la población curiosa se apresta en lugares estratégicos y despejados desde horas antes con máquinas de fotos de potentes objetivos y telescopios, formando por lo general grupos abigarrados y animosos propios de romerías y festejos públicos. Se percibe en esas gentes, al tiempo, una gran excitación que recuerda también esas noches en las que se nos previene del paso, por lo general decepcionante, de un cometa. El aclipse de luna de ayer, fue, en verdad, digno de ese nombre, pues pudimos ver durante dos horas cómo la sombra de la tierra la velaba de lado a lado, y siempre que entra en escena una gran sombra, merece un respeto. Durante ese tiempo, incluso, cuando el eclipse fue total, la luna adquirió una inquietante tonalidad de oro sanguinolento, y sus cráteres famosos dejaron en ella el más orinecido de los cuños. A los pocos minutos todo pasó, y la gente, los periódicos y los telediarios se volvieron a casa, convencidos de llevarse en sus cámaras y en su memoria, a modo de trofeo, el vellocino de plata. Y sin embargo el gran misterio sucedía antes del eclipse, y sucedió después. En realidad llevaba sucediendo unas noches antes y aún sucederá algunas noches más. El prodigio, la maravilla, lo asombroso, nunca es el eclipse, sino el cénit, la plenitud de esa luna majestuosa que durante horas iluminará la tierra con la claridad más íntima. Esa luminosidad que diríamos paradójica y fascinante pues no sabemos lo que en ella hay de luz y de tiniebla. Es, sí, lo más cerca que está una sombra de dar luz, y no a la inversa. Y aunque lo hace para todos y para ninguno, lo cierto es que la luna ama sobre todo brillar en lo más alto para los solitarios. Acaso porque mientras brilla arriba, atenuando e incluso apagando el resplandor de las estrellas, también ella es la gran solitaria.
Es la que aquí comparece hoy. La luna solitaria que habla el lenguaje de los solitarios para los solitarios, la que sobrecoge con su belleza y la que acompaña con su cercanía, a un tiempo común e inalcanzable. La consoladora, porque todo parece comprenderlo; la paciente, porque no tiene prisa; la cercana, porque, como una gran amante, a todos y cada uno de nosotros parece persuadirnos de que no hay nadie más importante para ella, mientras permanecemos a su lado, que cada uno de nosotros. La inmortal y los mortales. La de antesdeayer, la que saldrá esta noche y mañana, es esta misma. Comparece, sí, aquí y lo hace en esta foto hecha con el móvil. Lo que se ve recuerda un poco a una estampa simbolista que a su vez quisiera recordar una vieja estampa japonesa que a su vez recordara a una pintura de Van Gogh que a su vez nos recordara los versos de Leopardi en los que se acomodaba la luna que iluminaba el campo de batalla donde griegos y troyanos se ofendían…
Esta luna es esa, y también la que no necesita de nada ni de nadie para esplender en lo más alto, la que hablará por nosotros, con o sin nombre, cuando al fin nos eclipsemos.

9 comentarios:

  1. ¡Otra foto preciosa para Capricho extremeño!
    Enhorabuena.Gracias.

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  2. Esta página, desde la primera línea a la última, ¿no es la de un gran escritor?, me pregunto yo, señores. Y me contesto: sí.

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  3. La luna eclipsada, compareció incluso a la ventana del séptimo del 29 del Paseo de la chopera en la Arganzuela. Y no hay cantidad suficiente de luz artificial ni de ruido de tráfico para eclipsarla a ella. Dios, qué magnífica, entre cipreses o sobre los tejados.
    Y yo reitero: sólo un gran poeta puede ser capaz de hablar así, con esta exquisita sencillez, de nuestra Sra. La Luna.

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  4. Igual esa luz, esa sombra, nos dicen la verdad como quería E. Dickinson, sesgada y por eso calma, como sus palabras y la foto. Gracias

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  5. Una bellísima reflexión. Pues sí..., los grandes misterios ocurren más a menudo de lo que creemos, a veces casi a diario, sólo hay que estar atentos y quizá en soledad para vislumbrarlos.

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  6. Mientras leía, he recordado de pronto un texto en prosa de Juan Ramón Jiménez que estaba en mi libro de Lengua de 5º de Egb. No me he vuelto a encontrar con él (tampoco lo he buscado), pero la forma en que lo recuerdo es que el poeta ponía el origen de su sentimiento como tal en una ocasión en la que pudo contemplar la luna a través de un telescopio, lo que le devolvía el aspecto de un objeto único, singular.

    J.B.L.

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  7. Manuel Cañedo Gago16 de junio de 2011, 19:19

    La luna nos acompaña en ese extraño viaje por el firmamento, sostenidos por la nada aparente.

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  8. http://www.youtube.com/watch?v=WDmsqnOLRFM

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  9. He tenido hoy la pequeña suerte de leer sobre la existencia de este blog,lo cual agradezco a través de este comentario. Cuando alguien dijo que leer enriquece el alma, seguramente fue después de leer alguna cosa como ésta del famoso eclipse, que dicho sea de paso, no tuve la oportunidad de ver, quizá porque la luna estuviera atareada en proporcionar al cielo que a uno le cubre, de una soledad aún mayor.

    Enhorabuena por tan feliz idea.

    Un saludo,

    Joan

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