9 de junio de 2011

Cernuda, con su leyenda a cuestas

Antonio Rivero Taravillo ha culminado su biografía de Cernuda (Tusquets), y lo ha hecho como la comenzó hace unos años, de una manera serena y ejemplar. Contrasta la de su biógrafo con la personalidad nerviosa de Cernuda, tan hiperestésico y expuesto a menudo a quebrase de sotil, de susceptible, de vidriera. Rivero Taravillo le ha seguido los pasos hasta donde ha podido, y llama la atención que quien hizo girar su vida de modo obsesivo sobre lo que él llamó en el Historial de un libro su “problema decisivo”, apenas dejara de este huellas, conjeturas, nada. Acaso porque para Cernuda, ahora lo vemos, como para Leonardo la pintura, el amor fue sobre todo “una cosa mentale” en la medida en que como “problema” sólo podía ser resuelto, ni comprendido ni vivido con naturalidad. Naturalidad fue algo que no conoció nunca, se lo impidió su afectación en el vivir, en el vestir, en el escribir, y hasta en el morir. ¡Cuánta afectación la de esa errata en la lápida de su tumba, inducida por él mismo para camuflar un apellido que le mortificaba y que acaso pensara que rebajaría su leyenda: “seremos entonces, en el futuro, tan legendarios como Bécquer y Garcilaso”, dirá. Esa intelectualización de la poesía, con su prosodia neoclásica (ese parecerse a un poeta traducido del inglés, que tantas veces se le dijo para su desesperación), ha acabado acartonando una buena parte de sus poemas: ni Bécquer ni Garcilaso, sólo la máquina de vapor o un cuerpo. ¿Qué diferencia hay entre una y otro cuando se abordan como problema?
Rivero Taravillo, que no escamotea ni siquiera las rebabas problemáticas de su pedofilia, lo trata, me ha parecido ver a mí, con más respeto que veneración, lo cual es lo mejor que podemos pedirle a un biófrago, sobre todo después de cierta moda reciente en la que los biógrafos, a cuenta de la devoción que aseguran sentir hacia su biografiado, se complacen en atacarlo despiadadamente.
Tras una consideración mezquina y desdeñosa de sus contemporáneos (“¿Qué tenemos que ver tú y yo con un marica?”, le preguntará en carta Salinas a Guillén) y una primera posteridad apoteósica (ahí están ese álbum de la Residencia y tantas publicaciones y festejos que jalonaron el centenario de su nacimiento con fastos que no han conocido hasta hoy, sí, ni Bécquer ni Garcilaso), la obra de Cernuda irá reposándose en un puñado de poemas extraordinarios: “Atardecer en la catedral”, “Lázaro”, “Jardín antiguo”, “El ruiseñor sobre la piedra”, “A un poeta futuro”, “Tierra nativa”, “Los espinos”, “Elegía anticipada”, “Río vespertino” o “Vereda del cuco”… Y aunque así lo vaticinara Juan Ramón para él y los otros de su grupo, “poetas de un cancionero”, en nada se le rebaja. A Ramón Gaya, distanciado personal y poéticamente de su amigo en los últimos años, le oímos decir alguna vez con mucha gracia que había que defenderlo, sobre todo, de tantos defensores de su “côté” (como “poeta homosexual” aparece en la mayor parte de los listados de los libreros de Internet, facilitando las búsquedas)  y, claro, de los detractores de cualquier “côté”: “De acuerdo, Luis Cernuda era un loco… pero es que además era Luis Cernuda”.  
Y eso, en cierto modo, ha hecho RiveroTaravillo con esta minuciosa, excelente, tranquila biografía, defenderlo de unos y de otros, y aunque él se haya tenido que ocupar de una persona que por lo que se ve era intratable y en muchos aspectos ridícula, nos recuerda esos poemas maravillosos con los que nunca dejaremos de tratarnos.


6 comentarios:

  1. No estoy yo muy de acuerdo en lo de que "poetas de un cancionero" no fuese rebajador para alguien de la talla de Cernuda, para mí uno de los mayores poetas españoles del siglo. No me parece que esa calificación fuera justa para poetas como Antonio Machado o el propio JRJ, a los que no creo superiores al propio Cernuda. Y no porque los rebaje (me siguen pareciendo verdaderamente grandes), sino porque Cernuda, a mi entender, no les es en nada inferior.

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  2. Aunque he de reconocerle que mi debilidad por el sevillano se debe -en parte, pero no poco importante- a ciertas coincidencias en nuestros gustos y aficiones que por el momento me permitiré mantener ocultas. Acabo de descubrir l presente blog y la ya lo guardo entre mis favoritos para continuar manifestando mis desacuerdos, disciplina en la que me he especializado.

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  3. ¡Hombre, también aquí! El firmante de la nota de las 9.48 no soy yo, sino un suplantador que últimamente anda tan activo que me temo estar ocupando -de modo totalmente involuntario, eso sí- una parte bien grande de su valioso tiempo. Respecto a lo bajo del nivel que emplea en sus desahogos, él es el único responsable. Una buena caricatura puede conseguir que la gente se divierta a costa del caricaturizado; una mala sólo consigue que se rían del caricato. Aplíquese un poco más, hombre.

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  4. umm...... y cómo saber si se trata de dos personas distintas o del mismo marinero en diálogo consigo mismo?

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  5. No sea ud. inocente sr. Anónimo, los soliloquios los practico ante el espejo. No crea ningún falso "marinero" ¿en tierra? que me privará de disentir -cordialmente o no- a la primera de cambio. Mis anotaciones (cualquiera que me siga podrá comprobarlo) resultan muy necesarias en la blogosfera.

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  6. Hombre, me parece claro que el nivel de ambos es del todo distintiguible, y no por mérito del mío, sino por lo bajo (yo diría: rastrero) del suyo. Por ejemplo, la alusión, aquí un poco oscura, a "ciertas coincidencias en nuestros gustos y aficiones", se refiere a la homosexualidad de Cernuda, homosexualidad que ya se ha "divertido" en atribuirme en alguna otra ocasión, como se comprenderá sin ningún fundamento, ya que no puede conocerme. Una atribución que no sólo es falsa (eso no tendría mayor importancia), sino que demuestra el nivel mental, y ético, de quien puede "divertirse" con semejantes zafiedades.

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