27 de junio de 2011

Elogio ingenuo del corro de la patata

Hace unas semanas encontró uno, en un álbum familiar de fotografías de los años treinta y cuarenta, una bien notable. Qué tristeza dan, cuando nos los tropezamos en el Rastro o en cualquier otro desguace del mundo, esos álbumes familiares. Ve uno allí, en un rato, únicamente los momentos felices, tanto más felices cuanto más fugaces, reunidos y ordenados primorosamente mientras fue posible. Luego, un buen día, ante una ráfaga de viento helado y desabrido, todas esas imágenes felices de un viaje, de un banquete, de  un baile, acaban dispersas, rotas, descabaladas sobre cualquier acera, entre despojos. ¿Quién, qué las ha llevado hasta allí? ¿El desamor, el olvido, la desidia, la miseria, la muerte? Se diría que algo de todo ello quedará impregnado en tales fotos para siempre, y por esa razón al pasar por nuestras manos  nos dejan en los dedos también algo de todo ello, como el polvillo de las alas de una mariposa prisionera.

La foto de la que hablamos es bellísima, y sobresalía de todas las demás por ser mucho más grande que el resto, y por la calidad. Llama también en ella la atención el tema, que nada parecía tener que ver directamente con aquella familia. O quizá sí. Querer saber qué hacía en aquel álbum sería tanto como querer conocer la novela humana de principio a fin. Eso, si acaso, el día del Juicio Final, en el que todos, al parecer, lo sabremos todo de todos, el sueño de todo novelista, el sueño de todo gran lector. Sólo por esa razón no nos importaría quedarnos coceados a los pies de los caballos de los cuatro jinetes del Apocalipsis. 

Volviendo a la foto: representa a un grupo de niños y niñas, de entre los cinco o seis años a los doce o catorce jugando al corro de la patata. Contados, salen veintinueve. Es, pues, un corro grande. Un poco más lejos, hay otros dos niños, uno juega solo con una pelota, y otro mira. Dondequiera que vayamos, siempre hay solitarios. A un lado de la foto se ve la trasera de uno de aquellos coches de línea, grandes, pesados, orondos. Al fondo un edificio, probablemente un colegio, de estilo indefinido y neoalgo, que, con el corte de pelo, los zapatos y los bombachos nos  indican... en realidad nos indican poco: podríamos estar en los años treinta, pero también en los cuarenta. No sabemos por tanto si han pasado o no  el Rubicón de la guerra. Su alegría parece negarla en cualquier caso, haya sucedido o no. Eso es lo que hacen, cogidos de la mano y girando sobre sí mismos, hablar de la igualdad. Y esto, que estén juntos los niños y las niñas cogidos de la mano nos inclina finalmente a suponer que acaso sean aún los años treinta.

Será difícil explicar a los niños de ahora lo que eran esos corros de la patata, que acaso aún sobrevivan en algunas guarderías. Pero resultará más difícil aún recordárselo a los adultos. No sólo eran el pasatiempo ingenuo y pobre de quienes apenas tenían otra manera de divertirse, sino la excusa de cogerse de la mano y mirarse a los ojos, y reírse y girar, girar, girar igual que el universo, conscientes de que todo lo valioso, el universo, por ejemplo, sólo podrá hacerse entre todos, cogidos de la mano y sin avergonzarse de tal ingenuidad, de su inocencia.
                 [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de junio de 2011]

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