29 de junio de 2011

La navaja sueca de Chesterton

"¿POR QUÉ será la vista tan perezosa? Ejercitémosla hasta que aprendamos a ver esos hechos asombrosos tan anodinos como una valla pintada que se encuentra en el paisaje. Seamos atletas visuales. Aprendamos a escribir ensayos sobre un gato callejero o una nube de color. En las páginas que siguen yo he intentado algunas de estas cosas. Pero cualquiera podría hacerlo mejor que yo con sólo intentarlo”, dice Chesterton en Enormes minucias, que Juan Lamillar en un prólogo agudísimo, como suyo, para la edición de Renacimiento, propone que se titulara Minuciosas enormidades. También habría sido bonito para este libro suyo Gatos callejeros y otros ensayos.
Algo parecido escribiría años después Hannah Arendt a Jaspers: “No hay absolutamente nada que, teniendo un poco de talento, no pueda inspirarnos alguna cosa; y cuando se nos ha ocurrido algo, aunque sea por orden de otros, eso se convierte en «inspiración propia»”.
Leo con un lápiz. De los subrayados, este: “Concedo que los que tienen serios disgustos tienen verdadero derecho a refunfuñar, siempre que refunfuñen sobre algo que no sean esos disgustos”. “En el momento en cuestión me encontraba lanzando una gran navaja sueca al árbol, practicando, ay, sin éxito, ese útil ejercicio de lanzar el cuchillo, mediante el que los hombres se asesinan unos a otros en las novelas de Stevenson”. Qué privilegio vivir en un tiempo en el que alguien podía tomarse a guasa las novelas de Stevenson, por lo demás estupendas, o los nenúfares de los poemas de Villaespesa, con su encanto, sin ser expulsado de la comunidad. Bueno, lo cierto es que no lo echaron, pero le pusieron a comer aparte.

1 comentario:

  1. Los que lo mandaron a comer a la mesa de los niños, los que lo apartaron porque era capaz de escribir un ensayo sobre los gatos callejeros y que le saliera como si estuviese hablando del mismísimo dios del universo, ésos, son recordados por esa anécdota precisamente, por mirar por encima del hombro a Ch.que es el que se sigue leyendo, el que nos hace respetar lo que es sagrado hablando de lo más común. Que por cierto es, a mi parecer la única forma de veneración de lo sagrado, y de no caer en la idolatría. He dicho.
    Dominguero.

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