2 de junio de 2011

Este rey (con estrambote)

Dejemos de lado las prisas que se ha dado la prensa española, tan palaciega cuando trata los asuntos de la casa real, para enjuagar el rapto de mal humor que tuvo el rey ante unos cuantos periodistas a preguntas de estos sobre su estado de salud. Podemos comprender su humanísima irritación. Si envejecer puede contrariarle a cualquiera, tanto más a un rey. El resto de los mortales perdemos la vida. Él pierde la vida y la corona. Por lo demás, ¿cómo no comprender su mal humor, si al caminar le duele la rodilla? Pero lo extraño de esa frase sarcástica, nunca oída antes a nadie, fue el final: “Lo que os gusta es matarme… y ponerme un pino en la tripa”. De haber sido un poeta, un caballero de la Table Ronde, por ejemplo, nunca habría dicho tripa, sino cualquier otra cosa, pecho, por ejemplo, “un pino en el pecho”, y habría sido una imagen preciosa, con su misterio (por no referirnos ahora a la tosquedad de su habla, en general, o, en particular, a ese tono que parecía salir sobrando). Pero esa distancia que media de la nobleza del pecho al intestino es insalvable. Es también la misma que hay entre un surrealista, alguien que como Dalí comprende que la monarquía es surrealista por naturaleza, y el romántico cantor de Mio Cid, que escribió, viéndole a  este en el destierro, aquello de “Dios, que buen vassallo, si oviese buen señore!”.
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ESTRAMBOTE. España parece llevar camino de no poder hablar de sus reyes hasta que no lleven estos con un pino en la tripa medio siglo, como poco.

1 comentario:

  1. Tripa tiene connotaciones familiares, infantiles, íntimas. El pino es el árbol más común, la madera más barata (por no hablar del "vete a plantar un pino" Una prueba más de el señor rey, en sí, es muy llano, casi liso y que la grandeza se la reserva para reinearnos.
    Nos lo han dejado ver entusiasmado con las motos, los toros, la caza, los amigotes... cargando con una señora pulida, vegetariana, melómana, catoliquísima y desafecta al feminismo.
    Todo tan en lo suyo que, si los hubiésemos escogido a dedo, no habríamos acertado mejor.
    ¿Qué necesidad podríamos tener de hablar libremente de ellos si ya habrán hecho el esfuerzo de ser así para que les queramos? ¿Y si aparece luego alguien que sueñe con mejorarnos en vez de hacerse como lo no mejor de nosotros?

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