17 de junio de 2011

Las gallinas y Mallarmé

NO sabemos de qué modo ni desde qué tiempo inmemorial han podido las gallinas granjearse esa triste fama suya de estúpidas. Y sin embargo no dejan de ser unos animales simpáticos, con esos movimientos suyos espasmódicos, sin modulación, de resorte, como juguetes de lata, caminando siempre de perfil con su ojo redondo, un mundo. Se diría que para ellas la vida fuese un jeroglífico egipcio, por no hablar, desde luego, del día en que llegamos a descubrir en ellas la música que parecen oír por dentro, una música sincopada de jazz que las hace parecer chicas de conjunto en una revista de Broadway. Sin embargo, nada de esto ha conseguido redimirlas, y salvo los niños muy pequeños, que juegan con ellas a perseguirlas, pocos las aprecian en lo que son. El gallo, por el contrario, no hace mejor las cosas ni habla otro idioma que el que hablan ellas, y cuenta con todo el predicamento y el prestigio. Cierto que su canto, rompiendo albores, tan dramático y operístico, adquiere a menudo un significado simbólico inigualable. Es lo que ahora, en este mismo momento, sucede aquí cerca. ¿Lo oyes? Se diría que es él de quien depende que el sol salga, amaneciendo, y no al revés; que sea él quien tenga las llaves del día como tiene las de la plaza de toros el alguacilillo, no permitiendo este que se lidie allí res ninguna hasta que él no lo permite. El gallo ha tenido a lo largo de la historia muchos adeptos, como es justo, siendo por lo demás su trabajo tan agradable. En esta vida la jactancia ha tenido siempre muy buena prensa, pero las gallinas seguirán siendo, de momento, las únicas que pongan huevos. Quizá sea eso lo que les haya granjeado esa triste fama suya. En este mundo no se puede poner huevos todos los días impunemente, y en apariencia sin esfuerzo. Hoy le gustaría a uno, sin embargo, que las gallinas vinieran a esta página y que empezando por esta línea, se fueran comiendo una a una todas las letras, en fila, como granos de maíz, dejando la página en blanco como hizo, con muchísimo más ruido, y alborotando el corral de los poetas modernos, el mismísimo Mallarmé.


7 comentarios:

  1. En los ojos de las gallinas veo muy mala leche, son ojos de vieja amargada.

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  2. Qué bonita fábula moral, además. Aunque las gallinas se comiesen todas las letras, no se me iba a despintar. ¿Y cómo empezaría todo esto? ¿Qué sería primero: lo de las gallinas o lo nuestro?

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  3. Esta entrada es de fábula, y además fabulosa. A mí me gustaban muchísimo estos cuentos con animales,con cuervos vanidosillos a los que perdía la boca, zorras que despreciaban uvas inalcanzables...pero con gallinas ponedoras de auténticos huevos simbólicos, así de modernas siendo tan eternas, no recuerdo que hubiese. Si de mí dependiera pondría la historia de la gallina y de Mallarmé en una de esas colecciones de cuentos que se sabe todo el mundo porque una vez que los lees nunca se olvidan, y porque "enseñan deleitando", bueno, yo le llamo deleite a que me reí ya con el título y no paré de sonreír hasta el final. Es Vd. un gran cuentista. Gracias.

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  4. Del cervantino AT al cervantino JJL en "las gallinas del licenciado". Gracias.

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  5. Y luego lo inexplicable de que para llamarlas se esboce un recurrente pitas/pitas, que, algo anfetamínicas las pobres,como actrices fracasati de la Movida, de tanto agachar el pico y elevar las ancas en pos de los granos de maíz, acaban por ver resbalar su propia fama y en una sola vocal, un grano más,un gramo más, y de pitas acaban las gallinas como más rabizas que naide. ¿Por qué? que diría el otro.

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