30 de junio de 2011

A la buena de Dios

LA estrategia es el mejor ejemplo de la necesidad hecha virtud, por lo mismo que la astucia es propia de los animales que han de sobrevivir a otros más fuertes y poderosos. Un gran estratega, pues, aunque sea Napoleón, es alguien siempre a la defensiva, y la estrategia es propia de los hombres de mundo. Por el contrario, los hombres fuera del mundo, “gli uomini di Dio”, como Francesco, Il Poverello, o nuestro no menos desastrado don Quijote, van por la vida, eso, “a la buena de Dios”.
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AL mirar las estrellas, en una de estas ilimitadas noches de verano que se levantan sobre nosotros como la bóveda de una de esa catedrales góticas en ruinas de la que paradójicamente sólo han quedado en pie los muros y parte de las columnas, descubrimos, en primer lugar, la Osa Mayor, y a continuación la Osa Menor… y poco más, cierto, pero sabemos que entre todas esas estrellas están el centauro, el toro, los peces, el cangrejo, el gallo y otros más sutilmente dibujados si supiéramos unir las estrellas adecuadas, animales que están en la noche como imaginamos que estarían los animales en el arca de Noé, esperando que acabe un día ese big bang universal que los mantiene dentro ociosos para salir por ahí y reproducirse en paz. Pero acaso más prodigioso que todo ello es lo que un buen día sucede: buscando entre las estrellas hallamos el dibujo de nuestra vida, nuestro rostro de niño, de adulto, de viejo, el de los seres queridos, vivos y muertos, el de la copa de la cual bebimos la juventud y el de las puertas que nos fueron franqueadas y también el de aquellas otras que se cerraron para nosotros sin saber po qué. Basta buscar las estrellas adecuadas y trabarlas con el hilo de Ariadna. Una noche descubrimos la constelación del deseo, porque en ella aparece la cara de la primera persona de la que nos enamoramos (como aquellos tres puntitos blancos en una estampa negra en la que acababa viéndose el rostro de Santa Teresa si se tenía la paciencia de mirarla sin pestañear durante tres minutos y, claro,… si se tenía fe); otra, la constelación de la risa, porque hay algo en ella que nos causa una gracia infinita, con el rostro de Sancho, otra, la de la libertad, con un parecido extraordinario a la efigie de don Quijote… Y así, una noche y otra, hasta que el giro de la tierra empieza a hacerlas más largas y frías y nos devuelve a ese otro universo que llamamos memoria, donde espera el invierno.

4 comentarios:

  1. Un discurso francamente hermoso.
    También ocurre, a veces, que se nos mezclan un conjunto de constelaciones, creando una suerte de universo único e irrepetible. En esas ocasiones, también solemos ir "a la buena de Dios".

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  2. Bajo este "negro y brillante manto de oscuro esplendor"(La Flauta Mágica), Ariadna me ha abandonado y oigo mugir al Minotauro.

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  3. Manuel Cañedo Gago30 de junio de 2011, 18:44

    Orientarse en el firmamento puede resultar al principio bastante desalentador, por la dificultad de localizar formas y figuras. Aún así, encontrar constelaciones es un estímulo para cualquiera. ¿Cómo encontrarlas? Es fácil; hay que identificar al astro más brillante, para luego saltar de una estrella a otra... con cuidado de no caerse.

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  4. Gran entrada.

    Maravillosa fotografía, emocionante.

    Y he recordado este aforismo de Mario Quintana, que rima con ambas:
    CONSTELACIONES
    Cruces, Carros, hasta Osas, la Mayor y la Menor, la Cabellera de Berenice, la Lira, el Can, la Libra… cuánta bobada descubrieron en el cielo los astrónomos tarambanas. Yo, ignorante, cuando miro al cielo, no veo nada de eso. Apenas voy trazando tu nombre con las estrellas.
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